
RUIZ DE ALMODOVAR
En momentos de dificultad, como los que actualmente atravesamos, queda ante nosotros un paisaje en el que sólo las referencias más sólidas, aquellas fundadas y construidas desde el rigor y la seriedad intelectual, permanecen en pie. Sin duda, Joaquín Ruiz-Giménez es una de ellas. Porque su desaparición en ningún caso debe suponer -sería un error que así ocurriera- el olvido de su intensa vida profesional, política y académica. Su larga trayectoria se vinculó, hace ya muchas décadas, a un objetivo muy concreto: facilitar la concordia entre españoles. En su caso, como miembro de una generación dividida, no fue fácil ni cómodo trabajar por alcanzar esa meta. A pesar de las incomprensiones, no dudó en ser una de las pocas voces que rompieron el impuesto silencio, reivindicando la palabra como instrumento para el debate y la reflexión. A través de Cuadernos para el diálogo convocó a todos los que, aunque fuera desde diferentes posicionamientos ideológicos, estuvieran dispuestos a construir la España de las libertades. Esa España es la realidad en la que hoy todos convivimos, y que sólo fue posible gracias al ejercicio de generosidad de quienes, como Ruiz-Giménez, rechazaron mirar un pasado lleno de rencores y apostaron por abrir espacios de encuentro.
Por todo ello, el último adiós al que fuera, entre las numerosas responsabilidades que ejerció, un joven miembro de la Corporación Municipal del Madrid de la posguerra o el primer Defensor del Pueblo no puede ser sólo una despedida. En mi caso está acompañado de una, ya permanente, deuda de gratitud y de un compromiso de fidelidad a los valores de tolerancia, justicia y libertad. Los mismos que hacen de Joaquín Ruiz-Giménez una sólida y necesaria referencia para todos nosotros.
ALBERTO RUIZ-GALLARDÓN


