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El magisterio de la reconciliación

PARA nosotros,pertenecientes a la generación que en los años sesenta adquirimos el uso de la razón política, Ruiz-Giménez

Actualizado 28/08/2009 - 03:11:24
PARA nosotros,pertenecientes a la generación que en los años sesenta adquirimos el uso de la razón política, Ruiz-Giménezsiempre fue don Joaquín, aunque más tarde las costumbres forzaban a prescindir de cualquier tratamiento. Pero era la forma más natural y más auténtica en nosotros de expresarel magisterio que ejerció sobre un buen puñado de españoles hijos de la postguerra. Por eso, cuando ayer por la mañana nos llegó la triste noticia, nos telefoneamos desolados diciéndonos simplemente «ha muerto don Joaquín».
Su magisterio puede cifrarse en una palabra, de la que todo lo demás viene por añadidura. La palabra era y esreconciliación. Reconciliación que en el don Joaquín ya maduro significó mucho más que un programa. Significó una misión para él y la razón de ser del compromiso público que nos infundió. Se trataba de la reconciliación de España consigo misma, como cuestión previa para poder edificar el «proyecto sugestivo en común», que de una u otra maneratodos anhelábamos. Ese proyecto consistía, desde luego, en incorporarnos a Europa, acabando con la anomalía de «España es diferente»; consistía en devolver la libertad y las instituciones democráticas; consistía en hacer compartir a todos los beneficios de la prosperidad que ya se iniciaba en la España de aquellos años; consistía en modernizar nuestra vida social y cultural.
Pero el magisterio de don Joaquín fue que la democracia no necesitaba sólo unas bases materiales, en lasque la politología de entonces tanto insistía, sino unas bases espirituales, que en nuestro país deberían tener como primordial motor la «superación de las dos Españas», de las que unos y otros éramos de alguna manera hijos. Para llevar a cabo esa obra Ruiz Giménez, de profundas convicciones religiosas, recibió el aliento del Concilio y contribuyó decisivamente a que el catolicismo español abrazara como tarea histórica propia la causa de la reconciliación.
Don Joaquín, para llevar adelante esta misión, a la que dedicó todas sus energías, se valió de un modesto instrumento, elaborado casi artesanalmente, que fue Cuadernos para el Diálogo, pero sin el cual no es posible entender el cambio político de la Transición, de la que, por paradojas de la política, sin embargo, no fue uno de sus actores principales. Pero estoy convencido de que se merece el justo título de ser considerado uno de los «padres espirituales» de la Transición.
Acaso, tengo para mí que con miopía histórica, algunos piensen hoy que el mensaje de la reconciliación, que de manera tan vital asumió don Joaquín,es algo que ya pertenece al pasado, una cuestión superada y, por lo tanto, no debe considerarse vigente: que el origen y la razón de ser de nuestra democracia ya no nos afecta ni nos incumbe y, en consecuencia, debe ser un asunto a orillar. Creo que se equivocan y que pretender prescindir de las bases espirituales de nuestra democracia es tanto como eliminar su espesor histórico y, a la postre, negarla. Acaso algunos de nuestros males de hoy obedecen a esta renuncia.
El legado de don Joaquín debe preservarse y transmitirse. Nos interpela a todos, a los españoles procedentes de cualquier orilla. Nos sitúa ante la realidad y la continuidad histórica de España. Nos invita a trabajar por una España a la altura de nuestro tiempo.
Muchas son las facetas que se podrían glosar de la desbordante personalidad de don Joaquín y de sus ejemplares cualidades humanas, de las que algunos somos tan deudores.Pero, hoy, el día en que le damos el adiós, he querido sólo dedicar estas líneas a lo esencial. En la esperanza cristiana, descanse en paz, don Joaquín.
Diputado
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