
M. MOREIRA
VALENCIA. Hasta que el cómic comenzó a desvelarse como una industria editorial pujante, apoyada incondicionalmente por hordas de aficionados enfebrecidos en la espera de nuevos títulos, las instituciones de la «cultura oficial» en España no mostraron demasiado interés en este género.
Pero la evidencia de las cifras ha cambiado este panorama, y por primera vez este año los Premios Nacionales que concede el Ministerio de Cultura han incorporado un apartado de cómic, en igualdad de condiciones que la música, el diseño o las artes plásticas. La reciente concesión de un premio a la librería Futurama por su labor a la difusión del libro es otro gesto en el mismo sentido.
La irrupción de esta librería en Valencia en 1981 -llamada entonces 1984, en alusión a la novela de George Orwell- fue causa y efecto de la eclosión del tebeo adulto y el cómic underground en España. El desmantelamiento de la dictadura franquista abrió las puertas a nuevos productos editoriales extranjeros de ciencia ficción y crítica social, y a nuevas revistas como la desaparecida Víbora, que nació como una reacción a todo aquel tiempo perdido para la libertad de expresión.
La apertura de 1984, ubicada entonces en el barrio de Velluters, implicó también un cambio de mentalidad en los consumidores de cómics valencianos, que hasta entonces debían recurrir a los escasos catálogos disponibles en los quioscos.
Pocos pero enardecidos
Para afianzar a una nueva clientela «y demostrar que sabía lo que hacía», Manolo Molero abrió la tienda con sus propias colecciones particulares. Las vendió «en cuatro horas» y aunque lo ha intentado, más de dos décadas después sigue sin poder recuperarlas en ninguna feria ni tebeoteca. Era el precio que tenía que pagar por fidelizar a sus clientes, muchos de los cuales todavía conserva.
Una de las principales ventajas de este negocio reside precisamente en el perfil de los aficionados «pocos pero enardecidos», según los describe la copropietaria de la tienda. Nuria Vera conoció a su marido como clienta y comparte con él «militancia y devoción» por los cómics.
Tierra de ilustradores
La Comunidad Valenciana ha sido cuna de grandes ilustradores desde los años cuarenta. Las aventuras de «El Guerrero del Antifaz» de Manuel Gago, y las amables historias de «Jaimito» y «Pumby», a pesar de ser consideradas hoy como obras maestras, reflejaban inevitablemente el espíritu acrítico de una sociedad embargada por la posguerra. El «hambre de libertad» llevó la mirada a Iberoamérica en los setenta, años en los que la editorial Bruguera en Barcelona sorteaba los tentáculos de la censura con un humor ácido, solo apolítico para el escaparate.
Crisis en los noventa
Los inicios de Futurama coinciden por tanto con el boom de los fanzines (que continúa hoy en día), la afición al tebeo alternativo americano y la aparición de la llamada Nueva Escuela Valenciana -con autores como Sento Llobell, Calatayud, Micharmut, Mique Beltrán, Torres o Gimeno-, que encontraron en esta librería un lugar casi diario de encuentro, una mina de material «y un sitio donde te dan crédito», bromea Sento.
Sin embargo, en la década de los noventa la industria del cómic, y con ella la de las librerías especializadas, sufre una recaída, que los propietarios asocian en parte a que se dejan de lado los tebeos hechos por y para mujeres, «lo que supone la mitad del mercado». «En ese momento no te das cuenta, pero si lo comparas con el momento actual, la producción fue muy sosa», recuerda Vera.
Pero como todo lo que sube baja, la situación se ha revertido totalmente, y en la actualidad «casi diría que tenemos demasiado trabajo». Los fanzines, como plataformas totalmente libres de prendas, proliferan sin descanso, y el mundo del cómic en Valencia se nutre de nuevos autores, como Paco Roca y Sebastián Hernández, y prometedores ilustradores como Luis de Mano y Mar Malota.
La evolución de la librería, asentada ahora en dos locales de Guillén de Castro -uno dedicado al material europeo y otro al manga y los superhéroes- ha derivado hasta convertirse en un parque de atracciones de memorabilia, juguetes y productos relacionados con la ilustración. Entre las «reliquias» -que raramente se quedan sin vender, a pesar de su precio- disponibles se pueden encontrar desde una serigrafía firmada de Frank King hasta una medalla conmemorativa de Tintín.
El «noveno arte» vive pues un momento dorado bajo la sombra de este genuino concepto de librería, que subsiste gracias al motor del fetichismo de los coleccionistas y a la filantropía de muchos autores.
La veterana librería valenciana, la primera especializada en cómic, ha sido premiada por su labor en la difusión de un género que ha dado grandes creadores en la Comunidad a lo largo de la historia
MIKEL PONCE
Nuria Vera, propietaria de Futurama



