En la pira de la experimentación narrativa prendida en los cincuenta, ardieron nombres, apellidos y títulos, echados a la hoguera por el simple y banal delito de ser «realistas», un pecado de lesa literatura para los pirómanos de la postmodernidad y la deconstrucción.
Entre esos nombres que ardieron como Juana de Arco, el de Ignacio Agustí ha demostrado con el tiempo que el rescoldo de su obra sigue vivo y que sus obras no se convirtieron en cenizas, aunque su pentalogía fundamental lleve por título, precisamente, La ceniza fue árbol, cinco títulos que en su día fueron devorados por los lectores: Mariona Rebull, El viudo Rius, Desiderio, 19 de julio y Guerra Civil. Ahora, las novelas (la pentalogía aludida más su debut, Los surcos) del escritor catalán vuelven a las estanterías en una primorosa edición (Biblioteca Castro) dirigida por el periodista y crítico de ABC Sergi Doria. Pasen y no lo duden, lean.
Barcelona mítica
Para empezar, Agustí nos abre de par en par las puertas de una Barcelona casi mítica, de anarquistas iluminados y burgueses apoltronados en sus despachos y en la butacas del Liceo. Una Ciudad Condal de industria y progreso, pero también de desigualdades y luchas sociales, de contrastes, de pareceres y contrastes de bombas y barricadas. «No existe otra serie novelesca como La ceniza fue árbol -explica Sergi Doria-, tanto por su unidad temática y cronológica como por su valor testimonial. Tenemos, qué duda cabe, novelas de Barcelona sobresalientes como La ciudad de los prodigios de Eduardo Mendoza, La plaza del Diamante de Merc_ Rodoreda, Vida privada de José María de Sagarra, Últimas tardes con Teresa de Juan Marsé... pero se inscriben en un periodo concreto y no aspiran a reflejar la continuidad histórica. En su pentalogía novelística, Agustí abarca del siglo XIX al final de la Guerra Civil y conjuga la vivencia particular de una familia industrial y burguesa -los Rius- con la agitada crónica social y política del país».
Los tiempos han cambiado
Agustí fue periodista, y sus cinco novelas nos muestran a un narrador que escribía con luz y taquígrafos, como un notario de aquel tiempo pasado. «Después de leer casi tres mil páginas -continúa Doria- me ha admirado el rigor y la minuciosidad documental de las novelas, lo que denota la condición periodística del autor, sobre todo, en las dos últimas -19 de julio y Guerra civil- centradas en los años republicanos y la contienda fratricida. Estamos ante una muestra ejemplar de realismo, eso sí, destilado en algún pasaje con cierto tono poético que no significa mistificación y que Agustí mantuvo siempre: el primer libro que publicó fue un poemario, El Veler, en 1932».
Hace años, la televisión se encargó de hacer justicia (poética y narrativa) a la obra de Agustí con una serie, La saga de los Rius, que el público hizo completamente suya. «Agustí publicó su tercera, cuarta y quinta novela en 1957, 1965 y 1972, respectivamente -explica el editor-: justo cuando los experimentalismos narrativos y sus profetas despreciaban el formato realista, que tachaban de arcaico y decimonónico».
La bendita manía de contar
Doria añade que «llegó un momento en que tanta preocupación por la forma, tanto nouveau roman y tanta metaliteratura se olvidaron de la principal función del escritor, eso que García Márqeuz llama «la bendita manía de contar». Los tiempos han cambiado; hoy, los lectores quieren que les cuenten una historia y no les vendan deconstrucciones. Ese contexto ayuda a la recuperación de la obra agustina y la hace más atractiva. Las novelas más vendidas de ahora mismo han recuperado la estructura tradicional del relato». Finalmente, Sergi Doria considera que la obra de Ignacio Agustí está «muy cercana a Proust por la obsesión por conservar la memoria en un ciclo de novelas y a Lampedusa, por la observación de cambios sociales y políticos traumáticos».


