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Radicalismo y riesgo

TEATRO«Marat-Sade»Autor: P. Weiss. Versión: A. Sastre (adaptada por A. Lima, A. San Juan, J. L. Barrientos y C. León). Dir.: A. Lima. Int.: A. San Juan, P. Casablanc, N. Poza, L. Bermejo, L

Actualizado 28/02/2007 - 03:05:20
TEATRO
«Marat-Sade»
Autor: P. Weiss. Versión: A. Sastre (adaptada por A. Lima, A. San Juan, J. L. Barrientos y C. León). Dir.: A. Lima. Int.: A. San Juan, P. Casablanc, N. Poza, L. Bermejo, L. Casamayor, J. Gil Valle, P. Quero, M. Rellán, F. Tejero y R. Álamo Teatro Fígaro. Madrid.
JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN
Cuánta agua ha corrido bajo los puentes desde 1968 hasta llegar a la legalidad democrática que hoy vivimos. Una legalidad cuyas raíces, como las de otros Estados modernos, hallan inspiración en los ideales revolucionarios de libertad, igualdad y fraternidad y que, como debe de ser, ampara la libertad de expresión y permite que desde el escenario de un teatro oficial -o desde cualquier otro- se ironice sobre la labor humanitaria de las fuerzas de interposición del Ejército, se recomiende al Rey y a su heredero que abdiquen, y que haya un monarca lelo que, mientras el público ocupa sus butacas, lo saluda con la frase «Yo paré un golpe de Estado».
Algo que ni pudo plantearse el entonces radical, arriesgado y legendario montaje de la obra de Peter Weiss que, en el Teatro Español y en circunstancias políticas ominosas, dirigió Adolfo Marsillach. Firmaba entonces la versión Salvador Moreno Zarza; hoy, es justo y necesario, la puede firmar quien realmente la realizó, Alfonso Sastre. Su texto ha sido ahora adaptado y se le han añadido algunos elementos, como los ya mencionados al principio, diferenciándolos con oportunos y divertidos subrayados metateatrales: una actriz advierte acusadora «Eso no está en el texto».
En esta nueva aproximación, la obra de Weiss es la representación de una representación, pues se supone que son los pacientes del sanatorio psiquiátrico Doctor Nervión quienes interpretan la pieza, que a su vez aborda la representación de la muerte de Marat por los orates de la casa de salud de Charenton dirigidos por el Señor de Sade. Un juego dentro del juego.
Recapitulemos: el «Marat-Sade» que presenta la compañía Animalario en el María Guerrero, aunque tarda en arrancar casi una hora, es espectacular, vibrante, con una espina dorsal sacudida por el escalofrío del gran teatro; contemplado desde un cierto punto de vista, puede decirse que tiene talante radical aunque no sea nada arriesgado. Redundaré en lo ya dicho: en la España democrática de nuestros días no tiene ningún riesgo en enjaretar en una función proclamas de izquierdismo de almanaque y escenas de osadía sexual casi de colegio mayor, pese a lo cual, y tal vez para curarse en salud, la dirección del CDN ha incluido en el programa de mano un texto, que no recuerdo haber visto en los de anteriores espectáculos: «El Centro Dramático Nacional no comparte necesariamente todas las opiniones y contenidos incluidos en sus montajes».
La puesta en escena tampoco se enfrenta a riesgos reseñables: se desarrolla en un escenario a la italiana con alguna incursión de los actores en el patio de butacas. A un grupo con la trayectoria de calidad y atrevimiento de Animalario, con montajes de la fuerza y originalidad de «Alejandro y Ana», «Hamelín» o el extraordinario «Pornografía barata», hay que exigirle que arriesgue algo más cuando se ponen a su disposición los medios de un teatro nacional.
Los mejores momentos de este vigoroso espectáculo son los que ofrecen el enfrentamiento entre Sade y Marat, entre el individualismo de los deseos desatados, la moral dinamitada y la revolución de los sentidos que propone el primero, y la transformadora violencia colectiva, la revolución política y social, acribillada de matices personalistas y mesiánicos, que encarna el segundo. Una dialéctica que Weiss, heredero de Brecht, convierte en eje de su obra y que el montaje de Lima mantiene en tensión con algunos momentos extraordinarios, como el alegato que pronuncia Sade (un prodigioso Alberto San Juan) mientras es azotado por Carlota Corday (estupenda Nathalie Poza). La escenografía y el vestuario de Bárbara San Juan y la bien trabajada iluminación de Valentín Álvarez aportan una atmósfera de caos acumulativo muy apropiada para la temperaura de la obra, entre las pesadillas de la razón y la lógica de la locura.
Un montaje lleno de ruido y de furia, con interpretaciones sobresalientes: además de las mencionadas, el ajustado Marat de Pedro Casablanc, el verriondo Duperret de Luis Bermejo, la atribulada doctora Coulmier de Lola Casamajor, el sentencioso Kokol de Miguel Rellán... Una función llena de atractivos y erizada de cuestiones discutibles, materia para debate; o dicho de otra forma: puro y vivo teatro.
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