
«El último metro» fue un éxito en taquilla y, aunque no ganó el Oscar como mejor película extranjera, obtuvo los mejores reconocimientos en los premios César
François Truffaut rodó «El último metro» muy pocos años antes de morir, prematuramente, de un tumor cerebral. Fue el primero (y por ahora, el único) en desaparecer de aquel repóker de ases que formó la avanzadilla de la «nouvelle vague», el movimiento que sirvió de modelo a todos los nuevos cines nacionales y que impuso, en su anterior encarnación de críticos airados de la revista «Cahiers du Cinéma», la noción de cine de autor que permanece vigente. Polémico y taxativo, elegante y sintético, mezclando erudición, cinefilia y arbitrarias fobias y filias «subjetivas», Truffaut estableció todo un modelo para la crítica posterior. Y pese a que luego osciló hacia un cierto conservadurismo que le hizo renegar de autorías -e incluso reservó el papel de villano en «El último metro» a un crítico que simpatiza con los nazis...-, lo cierto es que su obra confirma aquella observación de su compañero de filas, Godard: ellos fueron la primera generación de realizadores que hizo cine conociendo su historia anterior, dialogando con ella desde la modernidad, eligiendo a sus «padres» entre los cineastas que les habían precedido (preferibles a sus propios padres, cuyo hogar familiar abandonó de adolescente).
Épica de la Resistencia
En el caso de «El último metro», esta filiación apunta a dos de sus cineastas de cabecera. De Hitchcock (sobre el que publicó un libro-entrevista leído incluso por quienes no leen libros de cine) hay ecos en el suspense de la secuencia de la redada nazi. Y de Renoir, su favorito, en haber utilizado como fuente parcial una de sus obras de teatro («Carola») y en el sentido global que tiene la película de homenaje a la profesión teatral. Pero, quizá, la inspiración más directa fue el documental de Marcel Ophuls (hijo de Max, otro de sus cineastas amados) «Le chagrin et la pitié», que Truffaut admiraba por ser la primera película en haber mostrado cómo fue la vida cotidiana en Francia bajo la ocupación alemana.
El cine francés, en efecto, ha construido una imagen mítica de esa época presidida por la épica de la Resistencia, y todas las películas que han mostrado el otro lado, de «Lacombe Lucien» a la reciente «Salvoconducto», han tocado una herida sin cerrar. Menos polémica que las anteriormente citadas y, aunque muestre el activismo del personaje que encarna Gérard Depardieu , «El último metro» no se libró de injustas acusaciones por preferir centrarse en explorar las relaciones entre los miembros de la compañía del teatro de Montmartre, que preparan una función en un clima de inseguridad que refleja la oscuridad del mundo exterior al escenario.
Truffaut quiso celebrar, como antes había hecho con el mundo del cine en «La noche americana», ese mundo del espectáculo que, aun bajo una dictadura militar, se rige por la ley de que la función debe continuar, aunque deba acabar antes del toque de queda y aunque el director del teatro, el judío Steiner, deba vivir oculto en el sótano del edificio y transmitir sus instrucciones por medio de su mujer, la estrella de aspecto ario que interpreta una espléndida Catherine Deneuve: ella encarna la postura de contención ante la coyuntura política frente al carácter excesivo, neurótico e imprudente del cómico que interpreta Depardieu. La sutil historia de amor entre ambos, casi inevitable por exigencias de libreto e impulsada indirectamente por Steiner desde el sótano, tiene una resolución de impecable lógica teatral y renoiriana cuando todos ellos se juntan por fin en el escenario para el saludo final..., conjugando también el viejo dilema de Truffaut sobre si es más importante el cine (aquí, el teatro) o la vida.
Apoyado en un gran reparto coral y con la ayuda de cómplices, como el músico Georges Delerue y el director de fotografía Néstor Almendros, ese crítico duro reconvertido en cineasta sensible que era por entonces François Truffaut cosechó con «El último metro» uno de los más grandes éxitos de taquilla de su carrera. La película fue nominada para el Oscar al mejor film de lengua extranjera. Se lo dieron, como es costumbre, a un título -soviético- hoy olvidado; pero arrasó en la ceremonia de los César de ese año, cosechando diez en todas las categorías importantes.
Épica de la Resistencia
En el caso de «El último metro», esta filiación apunta a dos de sus cineastas de cabecera. De Hitchcock (sobre el que publicó un libro-entrevista leído incluso por quienes no leen libros de cine) hay ecos en el suspense de la secuencia de la redada nazi. Y de Renoir, su favorito, en haber utilizado como fuente parcial una de sus obras de teatro («Carola») y en el sentido global que tiene la película de homenaje a la profesión teatral. Pero, quizá, la inspiración más directa fue el documental de Marcel Ophuls (hijo de Max, otro de sus cineastas amados) «Le chagrin et la pitié», que Truffaut admiraba por ser la primera película en haber mostrado cómo fue la vida cotidiana en Francia bajo la ocupación alemana.
El cine francés, en efecto, ha construido una imagen mítica de esa época presidida por la épica de la Resistencia, y todas las películas que han mostrado el otro lado, de «Lacombe Lucien» a la reciente «Salvoconducto», han tocado una herida sin cerrar. Menos polémica que las anteriormente citadas y, aunque muestre el activismo del personaje que encarna Gérard Depardieu , «El último metro» no se libró de injustas acusaciones por preferir centrarse en explorar las relaciones entre los miembros de la compañía del teatro de Montmartre, que preparan una función en un clima de inseguridad que refleja la oscuridad del mundo exterior al escenario.
Truffaut quiso celebrar, como antes había hecho con el mundo del cine en «La noche americana», ese mundo del espectáculo que, aun bajo una dictadura militar, se rige por la ley de que la función debe continuar, aunque deba acabar antes del toque de queda y aunque el director del teatro, el judío Steiner, deba vivir oculto en el sótano del edificio y transmitir sus instrucciones por medio de su mujer, la estrella de aspecto ario que interpreta una espléndida Catherine Deneuve: ella encarna la postura de contención ante la coyuntura política frente al carácter excesivo, neurótico e imprudente del cómico que interpreta Depardieu. La sutil historia de amor entre ambos, casi inevitable por exigencias de libreto e impulsada indirectamente por Steiner desde el sótano, tiene una resolución de impecable lógica teatral y renoiriana cuando todos ellos se juntan por fin en el escenario para el saludo final..., conjugando también el viejo dilema de Truffaut sobre si es más importante el cine (aquí, el teatro) o la vida.
Apoyado en un gran reparto coral y con la ayuda de cómplices, como el músico Georges Delerue y el director de fotografía Néstor Almendros, ese crítico duro reconvertido en cineasta sensible que era por entonces François Truffaut cosechó con «El último metro» uno de los más grandes éxitos de taquilla de su carrera. La película fue nominada para el Oscar al mejor film de lengua extranjera. Se lo dieron, como es costumbre, a un título -soviético- hoy olvidado; pero arrasó en la ceremonia de los César de ese año, cosechando diez en todas las categorías importantes.



