
El nitrato de potasio, que se mezcla con la glucosa, procede de Israel y entra en la franja de Gaza como fertilizante, en sacos como los que se aprecian a la izquierda. En la imagen, momento en que el nitrato es pesado a fin de calcular el porcentaje adecuado para su mezcla
«¡Y ahora nos vamos todos al paraíso..., nos esperan cuarenta mujeres vírgenes!». Quizás un taxi con tres milicianos de la Yihad Islámica a bordo, que ha cambiado dos veces de rumbo para perderse sin ser visto por caminos de niebla negra, y que se dirige a uno de los cuarteles donde se fabrican los cohetes kassam, no sea el mejor lugar para recordar el «premio» que Alá reserva a los «mártires» que caen bajo el fuego «infiel» de Israel.
A Abu Shuhaib, nombre de guerra del único combatiente que hablará, le divierte su maldita gracia. Y, por lo que parece, también la pistola egipcia «comprada por mil dólares, hace cuatro años» de la que alardea, infantil, jugando a que está a punto de disparársele en los pies.
Hace ya rato, desde que el coche atravesó el campo de refugiados de Jabalya, con sus paredes tapizadas con fotos de muertos, que no se ve un alma por esta ruta clandestina del fin del mundo. Los cortes de luz tienen Gaza tan a oscuras que no hay puntos de referencia, más allá de las industrias de la ciudad israelí de Ashkelón. Estamos pegados a la frontera norte de la franja, el campo de tiro desde donde se lanzan los kassam. Al Bureij. Y la bruma hace la noche tan espesa, que estos soldados de la resistencia han olvidado su condición de tapar con una capucha los ojos de la periodista. Para qué.
Apagan los teléfonos moviles a la vez para evitar ser localizados. Son órdenes de la banda. Nos acercamos al punto de destino. Más de una veintena de los suyos ha sido abatida en el último mes en media docena de ataques selectivos lanzados desde el aire por Israel, en situaciones exactamente iguales a esta: cuando culebrean al despiste, de ida o de vuelta de sus reuniones clandestinas.
No en vano son la Yihad, los amos del terror. Por eso esta vez han optado por eludir riesgos al eligir un taxi «de confianza» y una noche turbia -la del sábado-, de difícil visión para los aviones espía. «¡Nos vamos al paraíso!», resuena en el vacío tenso el chiste del portavoz.
Y nada más abrir la puerta, uno se da de frente con los kassam. En la sangre de estos jóvenes fluye la guerra desde la cuna, glorifican las armas, su memoria se limita a cuentos de resistencia, y entran en el escondite con la reverencia silenciosa de quien pasa a un santuario. Pero esto es la cocina del infierno.
Objetivo, Sderot
A la izquierda, las carcasas de los cohetes, con tres kilos de TNT en la punta y el tronco vacío, fabricadas ya «por otra célula», que los chicos de Abu Shuhaib tienen que llenar de combustible sólido y ensamblar. «Es la fase más peligrosa, la última», sólo para milicianos intrépidos, presume el jefe. Que para eso ha estado en Irán. A la derecha, los cohetes ya listos, que «alguien» -no hay más palabras- recogerá pronto de un zulo secreto y disparará a Israel. Nueve kilómetros de alcance seguros, suficiente para pegar en Sderot.
«Nada de fumar, nada de fotos donde se nos vea la cara». Empieza el aquelarre, que han venido a trabajar.
Son unos niños con cara de niños. Ninguno pasa de los veintidós años, pero ya uno, con un rosario islámico en la muñeca, coloca el peso sobre una silla para que su camarada, el de la máscara enrollada sobre la frente, cribe bien fino 4,5 kilos de nitrato de potasio destinado al primer cohete de la tarde. Un cuarto artesano, que aparece por aquí, separa mientras tanto con una cuchara oxidada medio kilo de glucosa. Podrían hacerlo con los ojos cerrados, aunque aquí sí hay luz porque no falta la electricidad. Desde que formaron la célula a mediados de 2005, calculan, han cargado «miles», algunos días hasta un centenar. A razón de seis horas por jornada.
Nitrato israelí
«Los nitratos son de Israel, y la glucosa», se jacta sin disimulo Abu Shuhaib. Las letras en hebreo escritas en los sacos demuestran que no miente. «Casi todo procede de Israel, mira para qué sirve su boicot..., y por los túneles -los que unen Gaza con Egipto por debajo de la frontera ahora derribada- conseguimos cualquier cosa: las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, y a través de los barcos de Europa del Este que llegan a la costa».
Abu Shuhaib relata con una bola de TNT entre las manos que ha sacado de una bolsa rota: «Viene de Sudán, por Egipto». Mientras, el de la máscara ya prepara el detonador y el del peso, ya enciende el infiernillo sobre el que, durante los próximos veinte minutos, batirá sin descanso la mezcla de nitratos, de glucosa, de un chorro líquido y un puñado de polvos -«química, que no podemos desvelar»-, que luego llenará las tripas del kassam para dispararlo contra la ocupación. En nombre de Alá.
La cocción es el momento crítico durante el que, si se pasan de llama, todo puede explotar.
Fuera se escuchan bombazos, tan cerca que el aire se queda quieto en los pulmones. También tiros. Nadie se inmuta. «Nosotros elegimos esto, sabemos que nos pueden matar en cualquier momento, pero es el precio de nuestra libertad». «¿Qué si fabricamos este cohete pensando en matar?... si es un soldado judío, estaremos felices, si es un civil, no, pero Israel tiene F-16 que pueden apuntar con precisión, y apuntan a nuestros niños y mujeres... al fin y al cabo, nosotros no tenemos esa tecnología para distinguir objetivos. Nuestros kassam son lo que ves, primitivos».
Si la mezcla revienta. Si Israel les abate. Si pierden dos dedos. Si se quedan paralíticos... Ahí estará la Yihad Islámica para pagar hospitales, sepelios, alimentar familias. Pero si todo falla, recuerda Abu Shuhaib, cuarenta vírgenes les esperan en el paraíso prometido por Alá.



