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LOS NACIONALISTAS ESPAÑOLES

Actualizado 28/01/2005 - 08:26:02

UNO de los aspectos más confusos del debate sobre el modelo territorial de nuestro país es la definición e identificación del llamado nacionalismo español. Y ahora que el presidente del Gobierno ha dado nuevos impulsos a ese debate con su propuesta de segunda fase de la Transición o nuevo pacto de articulación territorial con nacionalistas catalanes y vascos, conviene clarificar qué es eso del nacionalismo español y quiénes son los nacionalistas españoles, porque una y otra cosa tienen muy poco que ver con lo que dicen sus críticos.

Esta cuestión es especialmente interesante si tenemos en cuenta que los defensores de la teoría de la Transición inconclusa utilizan como uno de sus argumentos que quienes nos oponemos a modificaciones sustanciales del Estado autonómico somos nacionalistas españoles situados en el otro extremo de los nacionalistas vascos y catalanes más radicales. Unos y otros, dicen los teóricos de la reforma territorial de Zapatero, reflejamos las posiciones excluyentes, y el Gobierno socialista y su proyecto de nuevo pacto representan el término medio, la moderación, la capacidad de diálogo, la integración de las diferencias.

Un buen ejemplo de esta lectura del debate territorial era el artículo que publicaba recientemente Gregorio Peces Barba en El País («Perplejidades y sentimientos de un ponente constitucional», 6, enero, 2005). Peces Barba identificaba a quienes considera como nacionalistas españoles equivalentes a los nacionalistas periféricos más excluyentes a los gobiernos de Aznar y a todos los que cuestionamos la incorporación del concepto de comunidad nacional y otros contenidos semejantes a los proyectos de socialistas catalanes y vascos.

Es sorprendente el grado de manipulación de la comparación anterior, pero lo cierto es que está bastante extendida entre la izquierda. Y, además, suele recibir escasa réplica, porque el nacionalismo español, muy diferente de la caricatura dibujada más arriba, está escasamente articulado y definido. Existe un nacionalismo español, sí, aunque algunos prefieran llamarlo patriotismo constitucional, y consiste en el conjunto de sentimientos y creencias alrededor de la centralidad de la nación española para la articulación territorial de nuestro Estado. De hecho, millones de españoles comparten ese nacionalismo español, más allá de las élites políticas e intelectuales que han intentado definirlo.

Pero, a partir de ahí, son lamentables las falsificaciones de quienes equiparan este nacionalismo español con los nacionalismos étnicos excluyentes, porque los nacionalistas españoles son los que acordaron en la Transición la construcción de un Estado profundamente descentralizado, en el máximo nivel de descentralización de las democracias del planeta. Son nacionalistas que creen que España es un país plural, de identidades complejas, y son los que defienden el Estado de las autonomías frente a quienes lo quieren destruir.

Y estos nacionalistas españoles nada tienen que ver con el nacionalismo español del franquismo, en contra de lo que insinúan y hasta afirman en ocasiones sus detractores. Su concepto de nación española y su concepto de estado están en los antípodas del franquismo, y no sólo desde el punto de la oposición de la democracia a la dictadura. Otra cosa es que los antifranquistas menos evolucionados políticamente se empeñen en ver nacionalismo español franquista en cualquier defensa de la nación española. Pero ése es el problema de sus fantasmas del pasado y no de los españoles modernos, de derecha y de izquierda, que han sabido conjugar nación española con democracia.

Si los perseguidores de fantasmas franquistas quieren encontrar paralelismos para los nacionalistas españoles actuales, tienen abundantes muestras en los países democráticos de nuestro entorno y en la inmensa mayoría de sus ciudadanos, con la única diferencia de que sólo una minoría de ellos es partidaria de un nivel de descentralización tan profundo como el español. Y es que aunque Peces Barba y otros se empeñen en ignorarlo, existe un nacionalismo político, muy diferente al nacionalismo étnico, que, en España y en el resto de los países occidentales, ha realizado una fusión entre nación y democracia. Y, además, la fuerza de la nación política todavía explica la capacidad de éxito de un país, porque también ahora, en el tiempo del desarrollo de los organismos de gobernación internacional, es cada una de las naciones políticas la que dicta y determina la acción política en la medida de su capacidad de influencia.

Ese nacionalismo español al que algunos se refieren para justificar la aceptación de las nuevas demandas del nacionalismo vasco y catalán es clamorosamente minoritario en nuestro país. Desapareció con el franquismo. Ni tiene líderes ni tiene ciudadanos. Repasemos las múltiples encuestas; los partidarios de la España centralista representan siempre porcentajes de una sola cifra. Y ése es el único nacionalismo español comparable al nacionalismo vasco y catalán excluyente, el de los partidarios de la sustitución de la España autonómica por la España centralizada.

El nacionalismo español excluyente no tiene realmente ningún protagonismo en el debate territorial español actual. Son otras las posiciones principales de esta discusión. Y la representada por el nacionalismo español mayoritario es aquella que defiende el mantenimiento del Estado de las autonomías y la crítica a una nueva etapa de la Transición dictada por el nacionalismo vasco y catalán. Por un motivo fundamental: porque esa reapertura de la Transición debilitaría nuestro sistema político, tanto al Estado como a la nación política que lo sostiene. Y por un segundo motivo también importante, y es que responde a las demandas de un nacionalismo minoritario que ha roto el consenso que se alcanzó en su día con la Constitución y los estatutos.

El único nacionalismo excluyente que tiene protagonismo en esta historia es el del Plan Ibarretxe o el del independentismo catalán. Y el gran error histórico de la élite socialista actual es la renuncia, por un lado, al nacionalismo español autonomista, y por otro, a los únicos consensos posibles que son los de aquella Transición que la mayoría dimos por acabada a principios de los ochenta para embarcarse en un proceso de negociación con los nacionalistas excluyentes que únicamente beneficia a éstos y perjudica los intereses del conjunto de los españoles.

El error no sólo se sustenta en la incapacidad de esta élite socialista para comprender el sentido del nacionalismo político español, sino en la repetición de una equivocación estratégica en torno a los nacionalismos étnicos. Porque la nueva transición de Zapatero no satisfará a esos nacionalismos, a no ser que se sustente en un debilitamiento grave de la nación española. Tan sólo servirá, ya está sirviendo, para transmitirles una renovada legitimidad, para alimentar nuevamente su insatisfacción y su política de demandas permanentes y para perder la oportunidad favorecida por la era Aznar y el nacionalismo español autonomista de fortalecer un gran consenso en torno al modelo de articulación territorial consensuado en la Transición.
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