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Historia de una capilla exclaustrada

Actualizado 28/01/2002 - 08:12:32
Creo que fue Goethe quien acuñó la fórmula «música petrificada» para referirse a la Arquitectura, que es el arte de hacer habitable el espacio. La metáfora algo resuena en el elogio que Emilio Castelar hizo del techo del Paraninfo de la Universidad Central: «poema centelleante de gloria». Pero cuando la música queda encriptada en la piedra, cuando el poema se construye con buriles, ladrillos y arpilleras queda expuesto a la corriente del tiempo y se erosiona su esplendor, y se marchitan los perfiles de su belleza. En eso se parecen piedra y carne: la misma emoción que embarga al arqueólogo o al alma romántica ante las ruinas de lo que fue un templo sin tacha o un palacio sin grietas es la que siente el poeta ante la belleza fugitiva de un rostro malversado por los estragos del tiempo. La melancolía de los grabados de Piranesi no es diferente de la que afectó al ánimo de Jayán, de Ronsard o de Yeats cuando repararon en la contemplación de la decadencia de los rostros de las mujeres que amaron tanto. La Arquitectura, esa Geología artificial, está doblemente sometida al devenir de sus materiales y a los acontecimientos que tuvieron como escenario sus espacios.
De lo uno y de lo otro, referido al Paraninfo de la Universidad Complutense, quiero ocuparme en estas líneas, toda vez que en el día de hoy, festividad de santo Tomás de Aquino, se inaugura informalmente la rehabilitación de lo que ha venido siendo uno de los ámbitos más importantes de la cultura española. Hace dos años largos quedó clausurado porque a través de grietas y desconchones amenazaba ruina. Para evitar su languidez y preservar las filigranas de su diseño, que evocan recuerdos, palabras y deseos, un equipo de restauradores auspiciados por el Ayuntamiento de Madrid y bajo la tutela entusiasta y altruista de la profesora María Teresa Escohotado, ha venido trabajando desde entonces en todos los aderezos de este continente imaginario del saber y lo que, desde hace ciento cincuenta años, es emblema de la sapiencia vuelve a ostentar su lujo, su calma y su voluptuosidad y a prolongar la vieja memoria de los grandes maestros. En esa aula magna han resonado las voces de Ramón y Cajal, de Menéndez Pidal, de Emilio Castelar, de Menéndez Pelayo, de Sanz del Río, Sánchez Albornoz, Américo Castro, García Morente, Julián Besteiro, Juan Negrín, Ramón Carande, Andrés Segovia, Cela, Delibes, Joaquín Rodrigo o Laín Entralgo. Pero también, con motivo de la imposición del birrete doctoral, las de Albert Einstein, Alexander Fleming, Fernand Braudel, Karl Popper, Paulo Freire o Ernst Gombrich. Aquí, en 1930, dictó Ortega una conferencia sobre la reforma universitaria que, poco después, publicaría con el nombre de Misión de la Universidad. Pero muchos años antes, a raíz de la inauguración en 1858 del gran techo lucernario encargado a Ponciano Ponzano, la grandiosidad y magnificencia del Paraninfo lo habían convertido en el ágora de la inteligencia más solicitada de Madrid. No había congreso importante, reunión académica o acto oficial de envergadura que no solicitaran del Rector la autorización para ocupar el local.
La voz Paraninfo ha tenido una curiosa peripecia semántica. Refiere en su origen griego al padrino de boda, y luego, por extensión, al mensajero de la felicidad y de ahí deriva al profesor que pronuncia la lección de apertura de curso y, por metonimia, a la sala donde tiene lugar esa ceremonia. El Paraninfo de la Complutense en la calle de San Bernardo ocupa lo que fuera la iglesia del noviciado de los jesuitas, del que la Universidad tomó posesión en 1842. La antigua iglesia quedó transformada en un aula magna de planta elíptica, con veinte pilastras sobre basamento liso y estucado. Dice Ortega que el local «rezuma la amarga tristeza de todas las capillas exclaustradas -bien que fuese capilla, bien que no lo fuese, mal que sea ex-capilla» Y se queja de las condiciones acústicas del paraninfo universitario, pues «la voz del orador queda asesinada a pocos metros de la boca emisora. Para hacerse medio oír es forzoso gritar». Tenía razón el filósofo y su denuncia no fue en vano porque poco después se instalaron micrófonos.
El Paraninfo había quedado inaugurado el día 2 de octubre de 1852, con motivo del acto de apertura del curso. Asistieron cuatro ministros, un cardenal, el Nuncio y el patriarca de las Indias. Pero la decoración de los muros, que resulta muy similar a la que había desarrollado Carlos Luis de Ribera en el hemiciclo del Congreso de los Diputados, fue llevada a cabo algo después por el escultor Ponzano y quedó concluida en 1854, lo que permitió que se pudiera inaugurar, con gran solemnidad, el curso 1854-55 con asistencia de los Reyes Doña Isabel II y Don Francisco de Asís. En esta fecha no estaba ni siquiera empezada la decoración de la bóveda porque una epidemia de cólera morbo se desató en Madrid y dejó la Universidad prácticamente paralizada. En 1856, una comisión de catedráticos encargó a Ponciano Ponzano la memoria para la decoración del techo, que quedó terminado en menos de dos años. El aragonés Ponciano Ponzano y Gascón se formó en Zaragoza y Madrid y amplió estudios en Roma. Fue miembro de las Reales Academias de Bellas Artes de San Fernando de Madrid y de San Luis de Zaragoza y ostentó el cargo de escultor de cámara de la Reina Isabel II. En 1848 había ganado el concurso para realizar el frontón del Congreso de los Diputados. También es el autor de los dos leones que flanquean la escalinata de acceso al palacio. Además de Ponzano, que había sido discípulo aventajado del escultor danés Thorwaldsen y del italiano Tenerani, intervino Ramón Cortés, autor de los escudos de armas. Las pinturas son obra de Joaquín Espalter, alumno de la Academia de Barcelona que trabajó más tarde en París y Roma y que encontró la protección de Federico Madrazo y apoyó su elección como pintor de cámara de Isabel II. Los textiles que panelan las paredes son obra de Mariano Fortuny, que utilizó telas de algodón estampadas en plata a través de una técnica innovadora: la emulsión fotográfica.
Por la bóveda se reparten ochenta medallones en relieve con bustos de personajes históricos, así como otros con destacados cultivadores de las Letras y las Ciencias y varias figuras alegóricas. Se trata de ornatos redundantes: se repiten para que puedan fijarse en la mente. Como Zaira, la ciudad de altos bastiones visualizada por Italo Calvino, la bóveda está hecha de relaciones entre las medidas de su espacio y los adalides del pasado de nuestra inteligencia. Una vez concluida, Emilio Castelar hizo el siguiente elogio: «A impulsos del buril y del pincel, ha surgido un mundo de recuerdos imperecederos, de personificaciones sublimes, un poema cuyos cánticos, esculpidos en piedra, recordarán eternamente los sacrificios hechos por dilatar los horizontes del pensamiento humano; poema escrito con los ojos puestos en la inmortalidad, la primera musa del genio». ¿Excesivo?, tal vez; pero si se le quitan los timbales al ditirambo, este aluvión de palabras resulta una glosa pertinente y casi exacta. Como curiosidad añadiré que la suma que pagó la Universidad por toda la obra de escultura fue de ciento cuarenta y ocho mil reales, y por las cincuenta y una pinturas, entre retratos y figuras alegóricas, algo más de sesenta y ocho mil. Cincuenta y cuatro mil pesetas, en números redondos, costó el techo.
Vitrubio estableció el canon de la habitabilidad y decretó que toda edificación debe estar determinada por su futuro uso, ha de resultar sólida y debe tener algún significado. La tríada utilitas, firmitas, venustas es manifiesta en el Paraninfo de San Bernardo que, desde hoy, vuelve a dar hospitalidad a la palabra de los maestros.
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