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De cómo Ferrera cortó dos orejas a un extraordinario toro de Cuvillo

ZABALA DE LA SERNASANTANDER. La plaza de Cuatro Caminos hervía como una olla a presión. Antonio Ferrera había explotado toda su dimensión de banderillero con las calderas de su corazón a tope. La

Actualizado 27/07/2007 - 10:37:25

La plaza de Cuatro Caminos hervía como una olla a presión. Antonio Ferrera había explotado toda su dimensión de banderillero con las calderas de su corazón a tope. La pirueta en el aire antes de clavar el primer par, el quiebro de espaldas para volver a hacer lo propio de poder a poder, los recortes, los giros, la vueltas y revueltas con un toro de Núñez del Cuvillo que se arrancaba de punta a punta del ruedo a galope tendido. El último encuentro erizó los vellos sobre la piel de gallina. Ferrera citó de rodillas cerrado en el tercio, bamboleando la figura hacia delante y hacia atrás. Un segundo antes de que las astifinas defensas entrasen en su jurisdicción quebró, pero a la salida de la reunión perdió pie. El toro se revolvió hacia el torero, que miraba horrorizado, en posición de preparados, listos, ¡ya!, cómo se le abalanzaba la cornada. En un alarde de reflejos felinos no sólo recuperó la vertical, sino que le dio tiempo a quebrar una vez más. Nadie se lo creía. Ni él mismo, que sacudía las manos como diciendo «lo que acabo de hacer». Quiso rizar el rizo de la apoteosis con un cuarto par que quedó incompleto. Tales eran las revoluciones de su motor, que no se desaceleró en la muleta cuando el toro lo pedía a gritos. La inercia de las banderillas siguió y así fue cómo Ferrera cortó las dos orejas de un extraordinario nuñezdelcuvillo, sin olvidar que toreó francamente bien a la verónica y que mató de fulminante estocada en la mancomunidad de propietarios que es el rincón de Ordóñez. La muerte brava de «Pitiminí», nombre mariposón para tanta casta, quizá adecuado para sus armónicas hechuras, hubiera sido el colofón para pedir la vuelta al ruedo en el arrastre, de no ser por las veces que escarbó y por el nimio puyazo. Ahora, yo pregunto: ¿quebranta más un puyazo o los quiebros de Ferrera rodando por los cuellos de los toros y los costillares?
Antonio Ferrera, que sustituía a El Fandi, cubrió sobradamente su baja. En el primero, bastante áspero de principio y que manseó, también la montó con los palos y se peleó en el último tercio. No humilló el hondo toro de Cuvillo, aunque acabó más domeñable. También pareció como fuera de tipo, o al menos no en el tipo de la ganadería, un segundo hondo y largo como un barco de mercancías. Y además fue una prenda de armas tomar. Francisco Marco, que se vio desbordado por el bronco oleaje, remontó con un quinto muy bueno, cinqueño pasado, que se dolió en banderillas como si le hubieran echado vinagre en el puyazo. Sin embargo, tuvo su temple y su nobleza en una faena que, además de la entrega en el prólogo de rodillas y en el epílogo de manoletinas también de hinojos, tuvo un notable contenido. Pero todo el encaje de aquello se diluyó con la espada. Perdió la puerta grande.
A Alejandro Talavante se le esperaba con expectación después de su gran paso en la última Feria de Santiago. En su lugar se presentó una sombra. Inexpresivo con un tercero inocuo y mansote, que sólo pecó de no descolgar, y desdibujado con un sexto casi de seis años al que su fabulosa cuadrilla pervirtió todo y más. Aprendió de cada enganchón. Qué petardo.
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