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El Papa canoniza el martes al primer santo canario y guatemalteco ante los presidentes centroamericanos

El lunes Juan Pablo II volará de Toronto a Guatemala para canonizar al día siguiente al Hermano Pedro de Betancur, primer santo canario y guatemalteco, en presencia de 300.000 personas y de los presidentes de todos los países de América Central. El Hermano Pedro dedicó su vida a los enfermos mayas y a los abandonados.

Actualizado 27/07/2002 - 00:33:35
La Ciudad de Guatemala se engalana y pone a punto la estatua del Papa para recibirle con los brazos abiertos.Ap
La Ciudad de Guatemala se engalana y pone a punto la estatua del Papa para recibirle con los brazos abiertos.Ap
Aunque su tercera visita a Guatemala durará sólo 25 horas, Juan Pablo II quiere subrayar con su presencia la canonización de un apóstol del servicio a los indígenas y fundador de una de las dos órdenes religiosas nacidas en América, los Hermanos y Hermanas de Belén, cuya historia es casi tan aventurera como la del campesino tinerfeño de Villaflor que se embarcó como marinero rumbo a Cuba con sólo 23 años en 1649. Dos años después, en la Antigua Capital de Guatemala, Pedro de Betancur, por entonces ya seglar terciario franciscano, comienza a acoger en un hospital que construye con sus propias manos a indígenas mayas, esclavos negros y personas abandonadas, siguiendo la indicación de Jesús: «Curad a los enfermos».
El Papa será recibido en el aeropuerto por el presidente de la República de Guatemala, Alfonso Portillo Cabrera, y los presidentes de El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Panamá y la República Dominicana, así como el primer ministro de Belize, pues la canonización del Hermano Pedro ante trescientas mil personas es una fiesta para toda América Central en la que tendrán el primer puesto las tradiciones indígenas, como le hubiera gustado al «San Francisco de América».
Corazón canario de Guatemala
Medio millar de canarios, con el obispo de Tenerife al frente, han viajado a Guatemala para celebrar a su hijo predilecto, en cuyo honor han compuesto un himno: «¡Oh, Pedro de Villaflor, primer santo de Canarias! Dios hizo tu corazón canario de Guatemala». El estribillo resume la doble nacionalidad en el alma de un hombre generoso que Juan Pablo II propondrá al mundo como ejemplo de ayuda a los marginados y a los indígenas mayas en la que era entonces capital de Centroamérica.
En Antigua Guatemala, abandonada por los terremotos, sigue funcionando el hospital del Hermano Pedro, atendido por cuatro de los diez miembros de la Orden de los Hermanos de Belén, restaurada por el sacerdote canario Luis Álvarez García, canciller de la diócesis de San Cristóbal de la Laguna, en 1987. Mientras las Hermanas de Belén han podido continuar siempre su tarea de servicio y hoy trabajan en cuatro continentes, la orden de los Hermanos fue suprimida en 1820 por las Cortes de Cádiz debido a su apoyo a los movimientos independentistas, que triunfarían en Guatemala en 1821.
La supresión puso un brusco final al trabajo de 500 hermanos que atendían 32 grandes hospitales y decenas de escuelas en Guatemala, Perú, México, Ecuador, Cuba, Argentina, España e Italia. Pasados 167 años de aquella decisión aciaga, la orden volvió a nacer en 1987 y comienza a desarrollarse, contando ahora con cuatro hermanos en Guatemala y seis en las Islas Canarias. Los Hermanos Belemitas esperan que la canonización traiga nuevos voluntarios a la orden pues el interés de los guatemaltecos crece de día en día.
Tan sólo el pasado domingo, 20.000 personas acudieron a la tumba del Hermano Pedro en la iglesia de San Francisco el Grande en Antigua Guatemala, a unos 45 minutos de la capital. Además de la tumba, muchos peregrinos suelen visitar el «árbol del Hermano Pedro», en el jardín de la iglesia del Calvario, un esquisuche medicinal de 344 años de edad que sigue dando sus flores blancas durante casi todo el año como recuerdo de aquel canario incansable que lo plantó en 1657, justo una década antes de morir agotado con 41 años de edad.
Al comprender que su vida terminaba, el Hermano Pedro dejó su obra caritativa en manos de Fray Rodrigo de la Cruz, antes Rodrigo de Arias y Maldonado, Marqués de Talamanca y ex gobernador de Costa Rica, un noble que cambió radicalmente su vida conmovido por el ejemplo de Pedro de Betancur. Las crónicas de aquella época atribuyen varios milagros en vida al primer alfabetizador de Guatemala, a quien Juan Pablo II encomendará probablemente la revitalización de la Iglesia católica en el país iberoamericano en que más han progresado las confesiones evangélicas y las sectas.
El esfuerzo misionero de evangélicos y neopentecostales, sobre todo de Estados Unidos, durante casi un siglo les ha permitido ganarse casi un cuarto de la población de Guatemala, atraída por la espontaneidad colorista de los evangélicos, a quienes muchos católicos llaman despectivamente «los Aleluyas» como si la alegría no fuese el distintivo de todos los cristianos. Juan Pablo II pedirá también por la paz cotidiana de un país que ha superado la guerra civil pero sufre una tremenda criminalidad, tiroteos entre bandas rivales, tráfico de drogas y actos de violencia gratuita. Guatemala conserva aún abierta la herida del asesinato en 1998 de monseñor Juan José Gerardi, obispo auxiliar de Guatemala y autor de un detallado informe sobre los crímenes de la guerra civil que probablemente le costó la vida.
Quinto viaje a México
Tras su breve estancia en Guatemala, el Papa viajará a México. Aunque no se le dé la importancia de la caída del Muro de Berlín, la transformación de México durante el pontificado de Juan Pablo II tendrá sin duda una relevancia histórica fundamental para la Iglesia. Ha pasado de ser un país alejado oficialmente de la religión a convertirse en la bandera del catolicismo en el nuevo milenio. La canonización de San Juan Diego era el engranaje que faltaba para mantener y continuar la evangelización entre los indígenas.
Como dicen los mexicanos, el Papa «no da un paso sin guarache», es decir, que este viaje a México -el quinto- y la canonización de un sencillo indio cuya existencia discuten los historiadores, son gestos con una trascendencia que explica el porqué del esfuerzo titánico del Santo Padre y su empeño en realizarlo en contra de su propia salud.
Cuando Juan Pablo II eligió a México como destino de su primer viaje en 1979 fue recibido fríamente por el presidente José López Portillo, que encabezaba entonces un régimen exageradamente laico, sin relaciones diplomáticas con el Vaticano y que no permitía a los sacerdotes ni vestir sotana por la calle. «Le dejo en manos de su Iglesia», le dijo el presidente en su gélido mensaje de bienvenida, marcando una desmedida distancia con la religión, tal como se esperaba entonces de un político mexicano. Pero esa pose era pura fachada de una elite política que como en muchas otras cosas no solía tener en cuenta los sentimientos de una sociedad profundamente religiosa a la que decían servir. Así, mientras el ministro del Interior aconsejaba al presidente que anulase la visita pastoral del Pontífice como reafirmación nacionalista, en privado la familia de López Portillo se preparaba para agasajar al Papa con devoción.
La impresionante gestión internacional de Juan Pablo II hizo inevitable que diez años después, el presidente Carlos Salinas, acordase con el Vaticano el restablecimiento de relaciones diplomáticas, rotas casi desde la revolución. Uno de los países católicos más poblados del mundo recuperaba su posición y en cierta medida la Iglesia salía de las catacumbas gracias a la nueva ley de libertad religiosa. Aun así, la vida pública del Partido Revolucionario Institucional imponía cierta distancia con la religión. En sus últimos meses de mandato a primeros del año 2000, Ernesto Zedillo fue el primer presidente fotografiado en el interior de la formidable Catedral Metropolitana de Ciudad de México, aunque sólo fuera para inspeccionar las obras de restauración, y la noticia fue portada de todos los diarios.
«México siempre fiel», ha dicho el Papa, que con ésta habrá realizado ya cinco visitas a este país clave en el futuro de la Iglesia. No sólo por su importancia numérica (cien millones de habitantes) sino por su proximidad y capacidad de influencia en Estados Unidos, donde se calcula que viven otros 20 millones de mexicanos. Ahora, con la canonización de Juan Diego, el Papa trata de reforzar el flanco más débil del catolicismo en México y en toda Iberoamérica: la penetración de las sectas evangélicas y otras religiones ent
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