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El Cid le echa una mano a Victorino: la izquierda

ZABALA DE LA SERNAALGECIRAS (CÁDIZ). Algeciras había rematado una feria redonda, pero vinieron José Tomás y la Selección de España a hacer historia y agujeros en la taquilla. Y aun así unos cuatro mil

Actualizado 27/06/2008 - 10:01:52
Algeciras había rematado una feria redonda, pero vinieron José Tomás y la Selección de España a hacer historia y agujeros en la taquilla. Y aun así unos cuatro mil espartanos algecireños resistieron ayer el embate arrollador del patriotismo futbolero. El Cid y Victorino aguantaron el tirón, mal que regular, sobre sus nombres y sus leyendas. Y fueron precisamente ellos los que volvieron a darse la mano, la izquierda, cómo no, en la luminosa plaza de las Palomas. Aunque la mano, más bien, se la echó El Cid a Victorino: de pintura para tapar la corrida.
Toro grande, cuajado pero bien hecho, el tercero, de notable nobleza. Y El Cid que estuvo preclaro y definido desde que pisó la arena, a la verónica en el saludo y en el quite. Semigenuflexo y andándole hacia los medios el torero de Salteras le fue haciendo las cosas templadas y por abajo, que era como requería el victorino que se las hicieran. La tanda inicial de derechazos acabó con una colada que demostraba que por ahí no caminaría la faena. Así que El Cid cogió la izquierda, como Johnny su fusil, y se puso a dibujar naturales precisos en el tempo de espera y preciosos en el tiempo de romperse a rastras su muleta. El Cid presenta la muleta como pocos, la deja muerta y engancha las embestidas con la suavidad que el toro de Victorino necesita. La obra, enteramente zurda, tuvo la guinda de una media estocada trasera que propició la merecida oreja.
Los victorinos de ayer tenían aficiones carpinteras, de pájaro o castor. Pero no bravas. Ni fáciles. Amor por la madera y obsesión por un burladero en concreto, que desmontaron media docena de veces. Cuando el sexto de bastas hechuras fue a hacer lo mismo se despitorró de manera cruenta, quedando romo. El Cid lo aprovechó sobre la derecha esta vez la serie que duró. De ahí en adelante se apagó como una vela.
Mediada la tarde, la corrida había transcurrido por los derroteros de los méritos de la torería más que por la vereda del éxito ganadero. Fueron primero y segundo dos toros feotes. Y mansotes. El que estrenó el lote de Pepín Liria reunía múltiples defectos y una virtud: humillaba. Pero miraba, se lo pensaba, tardeaba y carecía de un tranco. O dos. Pepín, en tiempo de retirada, todavía anda dando guerra y batalla, sin volver nunca la cara, la esencia de su carrera.
El toro de estreno de Antonio Ferrera no tuvo ni la única virtud de su hermano anterior. Apretó hacia los adentros, cortó en banderillas y embistió sin ninguna continuidad ni ritmo, reponiendo antes de hora. Cada arrancada era un pechazo. Ferrera resolvió con fuerza en todos los tercios y, especialmente, mató perfecto. Devolvió la moneda con la espada en el quinto, un toro fino, rápido y tobillero. Claro que para rápido Ferrera, curtido en estas lides. Alguna vez que lo enganchó más pausado a izquierdas lo condujo más largo. Mas la veta santacolomeña podía más que el recorrido de la embestida.
Pepín Liria se despidió de Algeciras al ataque pero sin suerte, y la tarde anocheció en sones de gol y victoria.
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