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Namibia. Un castillo en África

POR CARMEN FUENTES

Actualizado 27/05/2007 - 09:12:50
Una fauna salvaje, paisajes espectaculares y escenarios de una aridez espeluznante como los desiertos del Namib o de Kalahari, dan idea de un país especial y mágico en el Sur de África donde las dunas, altas como montañas (algunas de 350 metros), los lagos de sal, la extensa planicie tapizada de arbustos por donde corretean animales salvajes y la escasa población (apenas dos millones de personas para una extensión 1,5 veces España), nos transportan a otro mundo, atractivo y misterioso, con sus peculiares gentes (nativos o descendientes de colonos) que, como Jayta Humphreys y el Barón von Wolf, protagonistas de la novela «La dama de Duwisib» (ediciones Martínez Roca, que sale a la venta esta semana), nos han hecho vivir una apasionante historia por los escenarios que Eduardo Garrigues rememora en su novela y que apenas han variado desde 1907.
África siempre fascina, tanto por el paisaje como por el estilo de vida, y aquellos eran tiempos del protectorado alemán cuando, recién salida de la guerra con las tribus nativas, los protagonistas (una rica heredera americana fascinada por África y su esposo, un «falso» barón, capitán del ejército alemán) llegan allí para montar con el dinero de ella una explotación de caballos purasangre en un paraje en medio de la nada. Como morada levantaron un castillo-fortaleza teutónico enDuwisib, en el distrito de Maltanöhe, cerca del desierto de Namib, castillo que no viene a cuento y llama la atención por la faraónica construcción. Un castillo que despertó la curiosidad del autor que, en su primer viaje a la zona como embajador de ese país, no pudo resistir la tentación, primero decuriosear y después de investigar a fondo quiénes habían sido los peculiares personajes capaces de hacer semejante «locura» en el desierto. Y así, a lo largo de seis años, fue enjaretando las cuartillas de esta apasionante historia de amor y desamor en África, de esta pareja que pasó las de Caín para sacar adelante su proyecto y que cuando lo consiguió, al cabo de seis años, tuvo la mala suerte de que estalló la Primera Guerra Mundial y regresó a Europa dejando abandonada su mansión y sus famosos caballos sueltos en el desierto. Allí siguen, una vez aclimatados al desierto, viviendo como pueden, cientos de caballos salvajes que son hoy una atracción más de este país que en 1994, sufrió un proceso más o menos traumático hacia su independencia con un futuro prometedor.
«Los protagonistas de mi novela -señala el embajador Garrigues- tenían un sueño de libertad y de grandes espacios y, aficionados a los caballos, quisieron hacer la gran yeguada de ejemplares purasangre en esa tierra que, por entonces, era el suroeste africano alemán. Si la novela está contada por una mujer es porque entre los dos, el personaje del marido era más convencional, pese a ser un hombre atractivo, borrachín y jugador, y porque ella me ofrecía un perfil más original, debido a su educación liberal y a su procedencia, una familia interesanteque le dejó el dinero para su loca hazaña. Lo que me interesó de la protagonista, Jayta Humphreys, fue el contraste que supuso para ella ponerse a vivir en un entorno alemán alejado de la civilización y teniendo que sufrir los contrastes y las tensiones que aún existían en el país, por las rebeliones de los hereros y los namas en1904-5 y con las cicatrices de la guerra colonial todavía muy evidentes. Esa fue la razón de que se construyesen el castillo fortaleza, pues no tenían claro que la guerra estuviese acabada».
Aquella Namibia de 1907, año en que llegaron los protagonistas, era un país desértico (sigue igual), con grandes latifundios, muy pocos blancos (unos 3.000) y una población negra desposeída de todos sus territorios tribales y su ganado, que ocasionó una dualidad social muy fuerte, pues incluso la legislación protegía en los juicios a los blancos en relación con los negros. Una desigualdad contra la que la protagonista lucha porque, como liberal, no la acepta. En aquella época en Namibia, por estar en un gran desierto, sólo podían sobrevivir los que tenían suficiente terreno para dar de comer al ganado, pero, curiosamente y en 24 horas, todo cambió porque en el sur del territorio, cerca de un puertecito llamado Lüderitz, se encontraron diamantes y, de la noche a la mañana, pasó a ser uno de los países más ricos del mundo. Los diamantes estaban a flor de tierra, en las mismas dunas. Tan exhaustiva fue su búsqueda que al cabo de varios años acabaron con los diamantes del lugar. Aún así el gobierno alemán proclamó zona de protección, desde Walvis Bay hasta la frontera del sur. Tras la Primera Guerra Mundial yhasta 1927, se siguió explotando esa zona. Años después se fueron hacía el sur y, hoy es un consorcio entre el gobierno de Namibia y la empresa diamantífera De Beers.
La ciudad de Kolmanskuppe, el emporio de diamantes de principios del siglo XX donde se consiguieron en seis años más de cinco millones de quilates de diamantes, es una ciudad fantasma, abandonada en 1956, cuyas casas están siendo devoradas por las dunas. Un interesante e inhóspito lugar que conserva su casino, su bolera, sus casas, y los centros de reunión donde sus habitantes gastaban a mansalva el dinero fácil de los diamantes.
La trama de «La dama de Duwisib» sirve también de guía para conocer la historia, las costumbres, los paisajes y las gentes de ese país a 10.000 kilómetros de España, con 3.000 de costa y unas aguas con una riqueza pesquera impresionantes, explotadas por industrias españolas (Pescanova, Pescapuerta, Mascato, Barconova, Coastal Marine...) que tienen en Walvis Bay su sede, con una Casa del Mar que acoge como la «casa de España» a los pescadores, casi todos gallegos.
Colonias de focas
Namibia es un país que hace las delicias de los naturistas y los aficionados a la zoología; un país de contraste entre las abigarradas colonias de focas de la costa atlántica, los parques naturales donde los animales salvajes campan a su antojo; un país de paisajes desérticos de arenas ocres o amarillas, y un país que ha sabido dar el paso del colonialismo a la plena soberanía en un tiempo record y sin grandes conflictos. Un país donde el paso de los alemanes y su mentalidad pervive y donde el «apartheid» dejó un fuerte impacto. La economía y los puestos claves siguen en manos de los blancos y las ciudades, copias de las metrópolis surafricanas con sus guetos para negros y sus zonas residenciales para blancos. El inglés es el idioma oficial, pero se habla afrikáans, la lengua franca de parte de África meridional.
Su capital, Windhoek, se construyó a finales del siglo XIX para albergar la sede de la administración alemana en ese territorio y se hizo a su imagen y semejanza, con casitas de colores al estilo alemán y modernos rascacielos, de tal manera que si a uno le sueltan allí con los ojos vendados y sin saber donde está al destaparlos tiene la sensación de estar en una capital de provincias de Alemania. Sólo de vez en cuando se ven en el centro de la ciudad mujeres hereras, ataviadas a su usanza, o pequeños mercadillos con objetos de artesanía que hacen los himbas, las tribus que lindando con Angola llevan una vida autosuficiente guardando sus tradiciones. La puntualidad, la limpieza, el orden y la eficacia son herencia alemana y hasta el desierto, sin un bote ni un papel, está muy bien señalizado y pulcro.
Dunas de 350 metros de altura
Pero si algo es Namibia es desierto (el mayor del mundo), cuyas dunas llegan hasta el mar. Las más famosas, las de Soussusvlei, atraen cada año a miles de turistas fascinados por su magia que se alojan en sus lujosos Lodges (gracias a Dios sin teléfono ni televisión) para olvidarse durante días del mundanal ruido. Sobrevolar las dunas en una pequeña avioneta es una experiencia inolvidable porque la el osado piloto nos puso el estómago del revés al poder contemplar, y casi palpar la arena, desde una altura de diez metros, ese mar de dunas (más de ciento cincuentakilómetros de largo por unos noventa de ancho) salpicado de lagos de sal, por la cercanía del mar que deposita allí su humedad. El color de la arena de sus dunas, formada por cristales de cuarzo, depende de su antigüedad. Las de la costa, más jóvenes, son ocres; las del interior, rojizas, por el óxido de hierro que, con el paso del tiempo se ha mezclado con los granos de cuarzo. Allí, en las dunas, el frío por la noche y de madrugada es terrible, como también lo es el calor del mediodía. En Sossusvlei vimos amanecer y cómo la niebla al levantar iba desvelando el misterio de la duna 45, la más famosa del mundo. Esa niebla es lo que da el frío intenso al desierto, y es también la que aporta la humedad necesariapara la subsistencia de vegetales y de criaturas como el avestruz, el orix, los chacales, que se alimentan de las plantas que han crecido gracias a la germinación de semillas transportadas por los vientos.
Namibia es también el paraíso de la caza mayor gracias a las enormes fincas particulares, donde viven todo tipo de animales y donde los cazadores tienen garantizada la captura de su trofeo, porque la riqueza de antílopes y de felinos está asegurada. «El África negra tiene mucha magia para un escritor, no sólo por su dimensión histórica sino por su atractivo telúrico, pues todavía se puede pasear por luhares que no han sido hollados por la planta humana y Namibia es uno de ellos», asegura Garrigues.
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