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Muere el poeta José Watanabe

POR JUAN MALPARTIDALa muerte del poeta peruano José Watanabe cierra una obra de gran importancia en la poesía de lengua española actual. Nacido en Trujillo en 1946, de madre peruana y padre japonés

Actualizado 27/04/2007 - 02:55:12
POR JUAN MALPARTIDA
La muerte del poeta peruano José Watanabe cierra una obra de gran importancia en la poesía de lengua española actual. Nacido en Trujillo en 1946, de madre peruana y padre japonés, su vida transcurrió entre dificultades económicas hasta que un azar (a su padre le tocó la lotería), le permitió continuar estudiando y no seguir la tradición: ser bracero. No obstante, con su padre, que murió joven, aprendió sus primeras literaturas y una memoria que no le abandonaría jamás y que sin duda tiene que ver con sus afinidades con la poesía japonesa.
Watanabe hizo estudios de arquitectura y trabajó como guionista y director artístico en televisión y cine. Además, no sólo le interesó la poesía sino la ciencia (la geología), la pintura y otras disciplinas culturales, de las que hay un eco, muy depurado, en su obra. Su temprana muerte (la muerte nunca llega a tiempo, siempre se adelanta) ya estuvo precedida por una grave enfermedad: hace años sufrió una larga estadía hospitalaria en Hannover.
La obra de Watanabe ha sido conocida en España gracias a su publicación por la editorial Pre-textos: aún está en las librerías su último poemario, «Banderas detrás de la niebla», a los que hay que sumar «Álbum de familia» (1971), «El huso de la palabra» (1989), «Cosas del cuerpo» (1999), «El guardián del hielo» (2000) y «La piedra alada» (2005), entre otros. A él le debemos también una versión libre de la «Antígona» de Sófocles. En la poesía de Watanabe es muy importante tanto el uso de la parábola como de la imagen. Es decir: por un lado, todo poema supone un trasunto moral, una dimensión de enseñanza; por el otro -la exaltación de la imagen, como en los imaginistas norteamericanos, que sin duda le interesaron- postula una presencia que va más allá de lo intelectual. Su interés por el haiku enlaza con esto último: poesía despojada, que no busca explicaciones sino que propone la restauración de las cosas en su diversidad y concretud irreductibles. Hay que señalar también su amor al mundo animal y a los pequeños pero significativos procesos de lo cotidiano (que tiene que ver con el espíritu poético «mono no aware» del poeta japonés Kobaysashi Issa).
No hay especial dramatismo en su poesía sino una sonriente compasión y un saber que armoniza la piedra y la levedad: exaltación de la paciencia pero también de la atención a los sentidos, porque ellos están en contacto con el mundo. Oír las palabras antes de decirlas, ver y oír el mundo antes de decirlo, éstas parecen ser las lecciones centrales de la tarea literaria de Watanabe y por ello escribe en uno de sus últimos poemas («La pared») estos dos versos que adquieren ahora una dimensión testamentaria, humilde y heroica: «Entonces yo ponía mi lengua en la pared/ para dejar una mancha húmeda antes de irnos.»
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