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LA FALACIA HISTÓRICA DEL CARÁCTER NACIONAL

Actualizado 27/04/2004 - 09:06:23
No hay nada más higiénico que escribir como un escéptico -ajeno siempre a lo políticamente correcto de cada momento- para que lo escrito se lea con pasión. Es el caso del antropólogo, historiador y ensayista Julio Caro Baroja (1914-1995) y de la reedición, acertadísima, de su «El mito del carácter nacional» (Editorial Caro Raggio).

Libro publicado en 1970, conserva hoy un día de abril de 2004 la sabia pátina de un pensamiento que analiza un asunto clave de la vida española con el desparpajo, la soltura y el rigor que tal empresa requería. Tal como vienen los tiempos, bueno es recordar que Caro desmonta rotunda y lúcidamente la idea del «carácter nacional», «national character», «psicología nacional».; idea que recorre los anales de la historia europea desde antes, casi, de los tiempos. Idea, convertida en mito, o mito convertido en dogma, o dogma convertido en programa político, que supuestamente forja a una comunidad y que impregna la historia de las naciones bajo sus invisibles límites. Mito que no es sino un centón de miradas cruzadas entre los pueblos, una silva de varia lección de cómo cada pueblo se ve a sí mismo, de cómo se inventa un mito y se alimenta, y se proyecta, según el viento que sople. Idea que surge y se nutre en el reino de la generalización apresurada, en el tópico interesado -guerras entre naciones, conflictos territoriales o comerciales, auge y caída, decadencia, imperio- y entra a formar parte de la Historia, y sobre el que escriben eruditos, sabios, arbitristas, viajeros, poetas, dramaturgos, y sobre el que se legisla, con el mismo apresuramiento intelectual y civil.

Caro, en un ejercicio memorable exhibe la debilidad de tal noción. ¿Cómo? Con algo duro para los muelles oídos españoles, más «fonéticos» que «fanáticos» (Bergamín): con datos, con un extraordinario conjunto de documentos, recogido tras la atenta lectura de cientos de textos literarios; tras la visita pormenorizada a los archivos; tras minuciosas investigaciones etnológicas. Y, además, lo hace con un estilo literario ejemplar: claro, informado, riguroso, irónico, contundente, curioso. Es decir, con originalidad y honestidad; vamos que elabora los conceptos tras el estudio y no al revés. La envergadura del asunto así lo exigía. El estudio histórico aquí planteado llega a una conclusión: el supuesto mito del carácter nacional de un pueblo es una pamema «para hacer hablar mucho y mal a gentes concejiles.». Sin embargo, para llegar a tan meridianamente clara conclusión Caro Baroja realiza un memorable viaje en la Historia de España tan conmovedor como ilustrado; al estudiar los usos sucesivos y diferentes del mito, al realizar el análisis histórico de un hecho presente, al comprender el origen de tal mito desenmascara a los usurpadores y desenmascara el escenario de la farsa. Es tal el cúmulo de historias y documentos del que aquí se hace acopio, es tal la fuerte presencia de elevadas dosis de sentido común -algo revolucionario en la vida española- que abre una puerta deslumbrante que mucho costará cerrar.

Todo comienza con una advertencia: una región, una nación, es, si vale, la suma de las actitudes y anhelos de los individuos que los forman pero ¿cómo puede responder a un mismo patrón de comportamiento y no sólo en un momento determinado sino a lo largo de la Historia? ¿Qué forja el carácter nacional? ¿el clima? ¿la alimentación? ¿la divinidad? Todo es más sencillo: en el caso de los españoles estos cambian según los tiempos y, además, tienen una clara dependencia, hoy lo sabemos, de los acontecimientos políticos. La política no solo inventa -con ejemplar ayuda de escritores y viajeros y demás- el carácter nacional sino que su utilización, propaganda, exégesis viene determinada por las propias circunstancias. Valga algún ejemplo de aquí y de allí. Figura en los archivos del Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia un curioso memoradum elaborado a finales del siglo XVI sobre una reunión mantenida por representantes diplomáticos de los Reinos de España y de Francia «en algún lugar de los Pirineos» para tratar cuestiones bilaterales. Allí el curioso podrá leer cómo los españoles son presentados como adustos, serios, vestidos de negro, y nada amigos de fiestas o distracciones, frente a los franceses que visten coloridos trajes e invitan a sus interlocutores a una opípara cena, amenizada con laudes y zanfoñas, de la que los españoles se excusan «porque tienen que madrugar». Vaya carácter español. Porque después ese español adusto, nórdico, puritano se convierte en, sin salir de textos franceses, en Alfred Vigny: «un español es un hombre del Oriente, es un turco católico» o en Víctor Hugo: «España es todavía el Oriente, España es medio africana y África medio asiática», o Stendhal: «sangre, costumbres, lenguaje, modo de vivir y combatir, en España todo es africano. Si el español fuera mahometano, sería un africano completo».

Claro que hay otros que lo ven de otra manera. Dentro y fuera. Y para todos hay. Lo contó Isaiah Berlin, en 1840, escribió, los franceses son considerados aventureros, galantes, inmorales, hombres militarizados, de bigotes rizados, un peligro para las mujeres, prestos a invadir Inglaterra para vengarse de Waterloo; y los alemanes, continua Berlin, son bebedores de cerveza, provincianos más bien ridiculos, melómanos, cargados de una nebulosa metafísica, inofensivos pero un tanto absurdos. En 1871, los alemanes son ulanos que invaden Francia, alentados por el terrible Bismark, espantosos militaristas, prusianos henchidos de orgullo nacional; por entonces, Francia es un país civilizado, pobre y oprimido que necesita la protección de todos los hombres de buena voluntad para impedir que su arte y literatura se vean sometidas al yugo de los terribles invasores. Y no entremos dentro de los territorios que forman una nación porque ahí todo se vuelve del revés, hasta la paranoia. Y el vaivén, el baile de máscaras del mito del carácter nacional no tiene fin, pero tiene tragedia, véase lo ocurrido en Europa entre 1921 y 1945 y la plaga de fascismos que apelaron al «carácter nacional» de sus respectivos pueblos. No tiene fin salvo para el conocimiento, para el análisis histórico como el que muestra don Julio Caro Baroja: «En suma, el del carácter nacional es un mito amenazador y peligroso, como lo fueron muchos de la Antigüedad pagana. Pero acaso no tenga la majestad y profundidad de aquéllos».

La normalización de España, llevada a cabo en el último cuarto del siglo XX, lejos ya de esa anomalía exótica que tanto había gustado a propios y extraños, fue posible gracias a que los españoles acabaron con la mítica idea del «carácter nacional». La noche del 19 de noviembre de 1975, Madrid era un hervidero de corresponsales extranjeros, bien pergeñados de la exótica boina de Hemingway y dispuestos a contemplar, y contar, cómo, de nuevo, ese supuesto carácter nacional lleno de ruido y de furia de los apasionados españoles repetíría los capítulos de un enfrentamiento cruento. Hasta ahí llegaba el tópico de un suspuesto carácter nacional, que ahora algunos quieren resucitar para escarnio de ellos mismos, miseria de los ciudadanos y penuria de todos: «Y tenía razón Hume al decir que lo lleva -el mito del carácter nacional- a sus conceptos extremos el "vulgo", entendiendo hoy por tal a muchas personas que no se creen pertenecientes a él». Todos sabemos bien quiénes son en la España de abril de 2004.
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