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Hemeroteca > 26/12/2005 > 

El Papa invita a crear un «nuevo orden mundial sobre relaciones éticas y económicas justas»

Benedicto XVI impartió ayer su primera bendición «Urbi et Orbi» ante cuarenta mil fieles que se congregaron en la Plaza de San Pedro

Actualizado 26/12/2005 - 09:14:47
El Papa se dirige a los fieles para impartir la bendición «Urbi et Orbi»
El Papa se dirige a los fieles para impartir la bendición «Urbi et Orbi»

JUAN VICENTE BOO. CORRESPONSAL

ROMA. Benedicto XVI impartió ayer su primera bendición «Urbi et Orbi» desde el balcón de la basílica de San Pedro, al que se había asomado el 19 de abril, recién elegido Papa, para presentarse como «un humilde trabajador de la viña del Señor». Ayer volvió a emocionarse viendo a una multitud que vino a escucharle a pesar del viento, la lluvia y el frío.

El Papa invitó a construir un «nuevo orden mundial fundado sobre relaciones éticas y económicas justas». A diferencia de Juan Pablo II, cuyos mensajes de Navidad eran breves y poéticos, Benedicto XVI prefirió hacer uno de sus análisis del mundo contemporáneo ante las cuarenta mil personas que le aplaudían en la Plaza de San Pedro y los cientos de millones que seguían el discurso a través de 111 cadenas de televisión de 68 países.

Con toda su autoridad intelectual y espiritual, el Papa se dirigió al «hombre moderno, adulto y, sin embargo, a veces débil en el pensamiento y en la voluntad», para invitarle cariñosamente a dejarse «llevar de la mano por el Niño de Belén. No temas. ¡Fíate de Él! La fuerza vivificante de su luz te alienta a comprometerte en la construcción de un nuevo orden mundial, fundado sobre relaciones éticas y económicas justas».

El amor de Jesús como guía

El Santo Padre pidió que el amor de Jesús «guíe a los pueblos y avive la conciencia común de ser una sola «familia» llamada a construir vínculos de confianza y de ayuda mutua». El Papa subrayó que «la humanidad unida podrá afrontar los numerosos problemas graves de estos momentos: desde la amenaza terrorista a las condiciones de pobreza humillante en que viven millones de seres humanos; desde la proliferación de armamentos a las pandemias y al deterioro del medio ambiente que pone en peligro el futuro del planeta».

Benedicto XVI -que escogió ese nombre en honor de san Benito, el padre de la vida monástica en Europa, y de Benedicto XV, quien volcó todas sus fuerzas en mitigar lo que llamaba la «matanza inútil» de la Primera Guerra Mundial-, pasó revista a las heridas del planeta, pidiendo a Dios «que aliente a todos los que trabajan por la paz y el desarrollo en África, oponiéndose a las luchas fratricidas», al tiempo que pedía ayuda para resolver las tragedias humanitarias «de Darfur y otras regiones de África central».

Rogó también a Dios que lleve «a los pueblos latinoamericanos a vivir en paz y concordia», y que «infunda valor a los hombres de buena voluntad que trabajan en Tierra Santa, Irak y Líbano, donde los signos de esperanza necesitan el apoyo de comportamientos inspirados por la lealtad y la sabiduría». El Papa se refirió también a la península de Corea, pero su discurso podría aplicarse a cualquier situación en la que unos grupos de personas practican la tarea malvada de proyectar sospecha, enemistad o violencia hacia cualquier otro grupo.

El hombre tecnológico

El problema está en el corazón humano, a un nivel más profundo de las opiniones políticas o los rasgos culturales, y Benedicto XVI subrayó que el extraordinario acontecimiento de la Navidad -el Hijo de Dios se hace hombre y nace en una pobre gruta- «nos invita a nosotros, hombres y mujeres del tercer milenio, a acoger al Salvador».

Como teólogo de la historia, el Papa advirtió al «hombre de la era tecnológica» que «si se deja llevar por la atrofia espiritual y el vacío del corazón, corre el peligro de convertirse en víctima de los logros de su propia inteligencia y de los resultados de su capacidad operativa». Las armas nucleares, la deshumanización de la sociedad o la manipulación biológica de seres humanos son algunos de estos peligros.

A pesar de las sombras de la humanidad, el Santo Padre no sólo estaba muy contento sino que transmitía en su discurso un gran optimismo de fondo, apoyado en la enorme capacidad de mejora del corazón quecontagia el mensaje de Jesús a quien sabe descubrirlo. Por eso volvía una y otra vez a los aspectos espirituales del misterio de Belén, en que «el Creador del universo se redujo a la impotencia de un recién nacido».

Según el Papa, «aceptar esta paradoja, la paradoja de la Navidad, significa descubrir la Verdad que nos hace libres, y descubrir el Amor que transforma la existencia. En la noche de Belén, el Redentor se hace uno de nosotros para ser nuestro compañero a lo largo de los caminos insidiosos de la historia. Tomemos la mano que Él nos tiende: es una mano que no quiere quitarnos nada, sino tan sólo dar».

El Santo Padre lucía ornamentos dorados, similares a los que había utilizado la noche anterior durante la Misa del Gallo, en la que se refirió a la luz de Belén -la estrella y el Niño-, explicando que «la luz significa sobre todo conocimiento, significa la verdad, en contraste con la mentira y la ignorancia. La luz nos hace vivir, nos indica el camino. Y además, la luz, cuando da calor, significa también el amor. Donde hay amor, surge una luz en el mundo. Donde hay odio, el mundo está a oscuras. Sí. En el establo de Belén apareció la gran luz que el mundo espera».

Durante esta semana el Papa disfrutará de unos días más tranquilos puesto que no hay audiencias, y recibirá la visita de su hermano Georg. El día 1 de enero celebrará la misa en la basílica de San Pedro, mientras que el 6 de enero, fiesta de la Epifanía, bautizará niños en la Capilla Sixtina como hacía Juan Pablo II, cuyo recuerdo era muy vivo en la fiesta de ayer.
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