HE estado en un tris de utilizar esta columna para hacer una colecta a beneficio de Esperanza Aguirre. Iba a escribir un alegato que recogiera su lamento por no llegar a fin de mes, con una apelación a las conciencias rectas para que no consintieran tamaña injusticia y, como corolario, pensaba incluir un número de cuenta. Pero me perdió la falta de espontaneidad, la meticulosidad, la duda metódica, vaya. ¿Y si alguien lo necesitara más que ella?, me pregunté, hay gente sin techo, mileuristas, parados. Sin embargo, me pareció un razonamiento sesgado; antes de dar limosna, nunca indago si quien la recibe es el más necesitado. Simplemente, el mendigo está allí, paso por su lado y le doy una moneda. La igualdad de trato me empujaba a hacer lo mismo con ella: abro el periódico, escucho su quejido y actúo. Eso es lo coherente.
Pero ¿y si no fuera cierto? Tal vez sus apuros económicos sean fruto de su imaginación, me objeté. Débil, muy débil y trasnochado ese desprecio a la subjetividad: así es, si así le parece (a ella), terció Pirandello. A otros, en cambio, les parece que, con 8.400 euros de sueldo mensual, hay que administrarse muy mal para no llegar a fin de mes. Podría ser, pero yo jamás supeditaría mi generosidad con doña Esperanza a que ella modificara sus costumbres. Eso equivaldría a comprar su voluntad, a extorsionarla.
No hubo más pegas, y el examen del razonamiento quedó superado. Aun así, algo, seguramente mis prejuicios atávicos o un absurdo pudor, me decía que llevar a cabo la colecta era una desfachatez. En tres palabras: me daba vergüenza. Vergüenza, sí, eso tan antiguo.
Empezaba a trastornarme, desgarrada por mis contradicciones, cuando ella rectificó y pude suspirar de alivio. Agradecida por haberme liberado del tormento, le dedico estas líneas. Suya afectísima.