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Microhistorias «pradenses»

POR LUIS CONDE-SALAZAREl Museo Nacional del Prado debe ser uno de los pocos edificios históricos de Madrid que no cuenta en su haber con presencias ectoplasmáticas, léase fantasmas, para disgusto de

Actualizado 26/10/2007 - 02:48:51
«La carga de los mamelucos», de Goya, sufrió un rasgón durante su traslado
«La carga de los mamelucos», de Goya, sufrió un rasgón durante su traslado
POR LUIS CONDE-SALAZAR
El Museo Nacional del Prado debe ser uno de los pocos edificios históricos de Madrid que no cuenta en su haber con presencias ectoplasmáticas, léase fantasmas, para disgusto de ávidos coleccionistas de sicofonías. Si acaso, en alguna ocasión, los personajes de los cuadros expuestos han bajado por la noche de sus lienzos para entablar deliciosas conversaciones en las salas y rincones de la mayor pinacoteca del mundo, tal y como atesoran las páginas de la excelente obra de Manuel Mujica Lainez «Un novelista en el Museo del Prado».
Viendo lo que hoy es, con su ampliación al «cubo del Moneo», nadie diría que este templo del arte tiene guardadas en sus entrañas mil y una pequeñas historias. Algunas trágicas, otras sorprendentes, curiosas las más. Por ejemplo, el hecho de que en sus primeros años de vida sólo permaneciera abierto al público los miércoles, que en una ordenanza de 1828 se estipulara que se prohibiría la entrada al recinto a aquellas personas «que estén mal vestidas o vayan descalzas», que una plaga de ratones estuviera a punto de trapiñarse los fondos no expuestos o que se declarara un falso incendio narrado por el periodista Mariano de Cavia en un artículo publicado en «El Liberal» en 1891. El titular fue «La catástrofe de anoche. España está de luto. Incendio del Museo de Pinturas». Al menos permitió sacar a la luz el estado ruinoso en el que se encontraba el interior del edificio. Entre otras cosas porque varios empleados del Museo vivían allí con sus familias, con el beneplácito del director de la institución, Federico de Madrazo, que hizo del Prado su propia hacienda.
La gestión del Museo a través del tiempo tiene también su aquél: en un principio, desde su inauguración como pinacoteca, en 1819, la dirección quedó en manos de sucesivos miembros de la aristocracia, siendo el primero de ellos el Marqués de Santa Cruz. Por entonces, de las paredes del Prado colgaban únicamente 311 cuadros. Su catalogación y las siguientes las llevó a cabo con fe envidiable un conserje, Luis Eusebi, también pintor.
Con el Duque de Híjar, que consiguió sacar del olvido obras guardadas en la Real Academia de Bellas Artes consideradas «indecentes» por Fernando VII, la tradición se rompió. Y dio paso a otra, la de que al frente de la institución estuvieran pintores, siendo José de Madrazo el primero de ellos, en 1838. A él le siguieron, entre otros, Juan Antonio de Ribera, Antonio Gisbert o Sanz Cabot. Incluso Pablo Picasso, con el estallido de la Guerra Civil, fue nombrado director, aunque el Museo permaneció cerrado durante el conflicto y el malagueño nunca ocupó su puesto. Aureliano de Beruete, en 1922 acabó con este uso. A partir de entonces los mandos del museo estarían en manos de críticos, eruditos o especialistas en arte, que fueron aportando coherencia a la estructura institucional y a la disposición de las obras.
Robos, bombas y nacimientos
Con la guerra vinieron las prisas y numerosos cuadros fueron trasladados a Ginebra, donde se expusieron bajo auspicio de la Sociedad de Naciones, germen de Naciones Unidas. Pero en 1939, acabado el conflicto intestino pero empezado ya el mundial, tuvieron que volver apresuradamente a España. Alguna pieza recibió heridas en el viaje, siendo la más perjudicada «La carga de los mamelucos» de Goya, que sufrió un importante rasgón que todavía puede verse.
Robos, rotura de cristales por la onda expansiva de unas salvas, bombardeos, algunos fallecimientos entre sus muros y un curioso nacimiento: el de Ignacio Fernández Sánchez, más conocido como Tony Leblanc, que fue alumbrado en el Museo el 7 de mayo de 1922. Su padre trabajaba allí de portero y su madre, de visita, rompió aguas.
Para acabar, una larga lista de desvanecimientos, muchos de ellos atribuidos a eso que se vino en llamar «Mal (o síndrome) de Stendhal», una afección producida por «sobredosis de belleza» y que sufrió en carnes propias el escritor francés cuando empezó a sentir ahogos, palpitaciones, angustia y vértigo ante la contemplación de la iglesia de la Santa Croce de Florencia, allá por 1817. El caso es que el mayor número de lipotimias que se producen en el Museo Nacional del Prado tiene lugar en las salas de Velázquez y Goya. Por algo será.
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