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Jokin, de 14 años, prefirió «la paz eterna al infierno cotidiano» de su instituto

¿Qué clase de terror debe sentir un adolescente para preferir quitarse la vida antes de seguir sufriendo las vejaciones y palizas de sus compañeros de colegio? Un estudiante de Fuenterrabía (Guipúzcoa) dio el martes ese paso. Sus vecinos viven la tragedia entre la conmoción y el asco

Actualizado 26/09/2004 - 02:25:41

Jokin Z., de 14 años, cogió su bicicleta en la madrugada del pasado martes y se dirigió a la muralla de Fuenterrabía (Guipúzcoa). Una vez en lo alto, se arrojó al vacío. Su cuerpo no fue encontrado hasta las seis y media de la tarde, cuando un ciudadano alertó a la Policía Local de que había encontrado el cadáver de un muchacho. Pronto fue identificado. Era uno de los dos hijos de una familia muy conocida en el pueblo, originaria de la comarca de Irún. El caso no habría trascendido fuera de la localidad guipuzcoana de no ser porque Mónica C. Belaza, allegada a la familia del menor, envió una carta al director al diario «El País», publicada ayer, para denunciar por qué un muchacho de esa edad «decidió que la paz eterna era mejor que el infierno cotidiano». Y la razón era, por simple, estremecedora: no podía soportar las continuas palizas que recibía por parte de un grupito de «compañeros» de su instituto, el único de la localidad, entre el silencio cómplice de algunos y la falta de conocimiento, en el mejor de los casos, del profesorado.

Jokin, al menos que se sepa, jamás contó a nadie su calvario. Lo vivió en silencio, probablemente por miedo y también porque su carácter, introvertido según los vecinos de Fuenterrabía consultados por ABC. En esas circunstancias, el grupo de «torturadores» podía cebarse cada vez más con su víctima con total impunidad. Sabían que no se atrevería a denunciarles y que por tanto el chico podía seguir siendo su «juguete» favorito. Lo que nunca pudieron imaginar es que el «pardillo» llegara hasta donde llegó: a preferir la muerte antes que la humillación permanente, a que su primera y última denuncia estuviera firmada con la rúbrica de su sangre inocente.

Hasta llegar a ese momento el menor, según sus allegados, llevaba más de un año soportando humillaciones y vejaciones. Este verano, según algunas versiones, los problemas se habían acrecentado en un campamento de verano. Desde que empezó el nuevo curso, a las humillaciones habrían seguido las palizas.

Fuenterrabía es hoy un pueblo en el que se mezcla a partes iguales la conmoción con el asco. Las tertulias de café están salpicadas de comentarios, rumores, versiones de «buenta tinta» propias de uno de esos lugares donde «nos conocemos todos». Sin embargo, la Ertzaintza, al menos que haya trascendido, no ha recibido denuncia alguna por el caso, que se ha tramitado como un suicidio, aunque las fuentes consultadas no descartan que se estén realizando algunas investigaciones «de oficio» por si de la actuación del grupo de «verdugos» pudiera derivarse algún tipo de responsabilidad penal.

Reunión de padres

Mónica C. Belaza, en su desgarradora carta, afirma que entre el grupo de «matones» que tenía aterrorizado a Jokin había «hijos de profesores». Los testimonios recogidos por ABC no confirman este extremo, pero sí aportan algunas versiones que hablan claramente de la mentalidad de estos chicos, quienes según aseguran han hecho comentarios especialmente repugnantes.

Ayer, en el Instituto donde estudiaba el muchacho, que ayer cumpliría 15 años, no se quería hablar sobre el asunto, remitiéndose al director del centro. Sin embargo, sí ha trascendido que ha habido una reunión de padres de alumnos para tratar lo sucedido.

La violencia en la escuela no es, desde luego, un fenómeno nuevo. Algunos estudios publicados en España aseguran que cuatro de cada diez escolares sufren agresiones, en un grado u otro, y periódicamente surgen las voces de alarma que denuncian que se trata de un problema que, lejos de disminuir, aumenta año a año. Mónica C. Belaza se pregunta: «¿Qué hace el Estado con nuestros hijos, en sus escuelas, cuando se los confiamos? ¿Qué clase de mundo estamos construyendo que hace de niños de 14 años torturadores sistemáticos sin escrúpulos?». La reflexión y las soluciones se hacen indispensables. Pero lamentablemente llegan ya muy tarde para Jokin y para su familia.
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