
-¿A qué edad perdió la visión y el oído?
-No lo sé exactamente. Creo que fui sorda desde nacimiento, porque mis padres me hablaban a gritos y yo no contestaba, tardé mucho tiempo en andar porque tenía problemas de equilibrio, que es habitual en el síndrome de Usher. Pero en aquella época no se sabía lo que era. La visión la fui perdiendo poco a poco, primero tenía ceguera nocturna, y a los 30 años tuve una pérdida grande de visión, con 40 otra y después me operaron de cataratas, ahora tengo un resto de visión muy pequeño.
-¿Cómo es su vida diaria?
-Vivo muy angustiada. No quiero perder la poca visión que tengo. En invierno veo un poco más, pero en verano casi nada. Mi casa está adaptada y puedo moverme sin problemas, cocino y limpio yo sola, pero no puedo trabajar. Antes era costurera, pero cuando perdí visión lo tuve que dejar. Quitando a mi marido, que es sordo, no tengo amigos normales, sólo me relaciono con personas sordociegas. Pero es muy difícil, no puedo salir sola a la calle, sólo si me acompaña mi marido o un guía-intérprete. Ahora, en la Asociación me han enseñado a ir con bastón para coger el autobús y poder venir sola a Valencia y llegar hasta la asociación de la ONCE. Me gustaría salir sola, ir al mercado, pero no puedo.
-¿Cómo fue su infancia?
-No fui al colegio hasta los diez años, y luego a los 15 me sacaron. Mis padres, sobre todo mi madre, me sobreprotegían. Yo no sabía ni hablar, hacía solo gestos naturales. Así que para referirme a mi abuela, que siempre llevaba un gorro, yo hacía una señal de gorro. Cuando por fin fui al colegio las monjas me señalaban objetos y me hacían signos, así aprendí. Luego yo se le enseñé a mis padres. Al principio podía comunicarme algo con el resto de gente porque leía los labios pero después al perder la visión ya no pude. Ojalá hubiera ido antes al colegio...
-¿Cómo es la relación con su familia?
-Tengo dos hermanos, pero ellos nunca aprendieron los signos. Mi hermana un poco más, pero mi hermano no, así que no nos podemos comunicar y casi no nos vemos.
-¿Cómo conoció a su marido?
-En un centro para sordos. Llevamos ya 29 años casados. Es la única persona en Silla con la que me puedo relacionar, si quiero estar con amigos tengo que venir a Valencia, donde hay más sordociegos.
-¿Cómo es un relación con el resto de personas?
-No hay relación. Para el resto de personas creo que somos invisibles. Yo soy una persona abierta, intento hablar con la gente, pero ni siquiera puedo comunicarme con mis vecinos. A veces me tocan pero no se identifican, así que no puedo saber quién es. No sería tan complicado, bastaría que me indicaran en la mano en qué puerta viven. Pero nadie se me acerca, ni me saluda, no sé si es porque me tienen miedo...
-¿Qué pediría a la sociedad y a la administración?
-Primero que nos conozcan, y que tengan paciencia con nosotros, podemos hacer más cosas de lo que se creen, aunque para ello necesitemos más tiempo y ayuda.



