JUECES y profesores tienen algo en común: si la vocación de impartir justicia quedó parcialmente afectada por el garantismo, el afán de enseñar padeció los extravíos del experimentalismo pedagógico. Por ejemplo: la radicalización del movimiento de «penenes» en los años setenta puede considerarse un tipismo de la Transición, pero dejó posos permanentes. Dirigido por Víctor Pérez-Díaz, el estudio-encuesta «La experiencia de los docentes vista por ellos mismos» -presentado ayer por la Fundación Instituto Empresa- da como nota más positiva una confianza de los tutores y profesores en la docencia cotidiana de sus centros, y en su propio desenvolvimiento profesional, circunscrito a la Comunidad de Madrid. Creen que la motivación del profesor va a menos aunque todavía se detecta un orgullo en su quehacer. Eso se contrapone a una situación en la que un tercio de los alumnos no encaja y una minoría crea «problemas serios». Es el viejo problema de la botella medio vacía o medio llena porque un tercio desubicado, al que se sume casi un veinte por ciento problemático, viene a ser la mitad del aula. Es la peor herencia socialista. Imposibilita la asignación del talento.
Razonablemente conforme con el estado de opinión del profesorado, la consejera Lucía Figar no deja de tener presentes las pésimas posiciones de España en el «ranking» educativo de la OCDE, informe tras informe. Según el profesorado madrileño encuestado, uno de cada siete alumnos escribe de forma ilegible, sólo cuatro pueden ser claros y ordenados en sus exposiciones. Es más: de cada diez, cuatro no están motivados, tres no se esfuerzan y otros cuatro no logran concentrarse. Con dosis equiparables de voluntarismo y de confesada incertidumbre, quienes imparten la enseñanza secundaria en la Comunidad de Madrid reflejan toda la gama de luces y sombras de un sistema educativo que abunda demasiado en el fracaso escolar. La disponibilidad de medios y recursos presupuestarios no garantiza ahora mismo una mejora de la exigencia en el nivel secundario, con lo que el posterior acceso a las aulas universitarias está rebajando aún más los niveles requeribles. Un 40 por ciento de los tutores consultados considera que muchos alumnos «pasan de curso indebidamente». Un 70 por ciento estima que el nivel de disciplina se deteriora.
El grave lapso entre la secundaria y la Universidad nos aleja aún más de las probabilidades de ingresar en los umbrales de la sociedad del conocimiento. Es al mismo tiempo que los factores endógenos de la crisis económica obstaculizan el fluir tan beneficioso de la economía del conocimiento. Nunca había contado tanto el capital humano e intelectual. Cada día en las aulas y la mayor o menor voluntad de invertir en I+D algo tienen que ver con el registro de patentes, con la excelencia y el mérito, con el espíritu de iniciativa empresarial. Recientemente, un documento del Círculo de Empresarios insistía en que el sistema educativo y de formación -el aprendizaje continuo, por ejemplo- es el primer pilar de cualquier modelo económico basado en el conocimiento. Competir en el aula resulta que está feo, pero sin competitividad no se da el crecimiento económico. Talento, saber, tecnología y virtudes cívicas es lo que se requiere de un sistema educativo capaz de contribuir a los fundamentos de una sociedad del conocimiento. Aunque sea una producción internacional, los ocho Oscar de «Slumdog millionaire» con razón pueden ser recibidos en la India como un éxito de su capital humano innovado.
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