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Juan Ramón, a las puertas del cielo

MANUEL DE LA FUENTEMADRID. Cuentan las crónicas, los viejos libros de texto del bachillerato, que el poeta no era, precisamente, la alegría de la huerta. Pero libros como éste, con el debido respeto

Actualizado 26/02/2009 - 04:02:34
Cuentan las crónicas, los viejos libros de texto del bachillerato, que el poeta no era, precisamente, la alegría de la huerta. Pero libros como éste, con el debido respeto que se merece uno de losgrandes creadores del siglo XX, a Juan Ramón Jiménez le habría puesto cuerpo de jota, su jota jenial, jenuina, jerminal y jenerosa. En vida no pudo verlo publicado, aunque sí vio la luz un anticipo en Buenos Aires, en 1949, con el título de «Animal de fondo», en edición de Rafael Alberti. Luego, llegaron otras ediciones, ya con el nombre completo que el vate de Moguer quería, «Dios deseado y deseante (Animal de fondo)», pero nunca una edición crítica como la que ahora se acaba de realizar, que publica Akal, y que ha corrido a cargo de Rocío Bejarano y Joaquín Llansó, un edición crítica y facsimilar, exhaustiva, minuciosa, cabal, enciclopédica.
Una reconstrucción crítico-textual que tiene vocación de definitiva. Más de mil doscientas páginas, con cuatro y hasta cinco versiones de cada poema, alrededor de quinientos facsímiles reproducidos y una selección de aforismos en los que el artista daba cuenta de su peculiar idea de Dios, y también de dios, como a él le gustaba escribir.
En su colina de los chopos
El libro fue presentado ayer en su entrañable Residencia de Estudiantes, a la que el mismo nombró como la colina de los chopos, en un acto al que asistieron, además de los dos editores, Carmen Hernández Pinzón, sobrina nieta del poeta, y representante de sus herederos; Juan María Serrato, de la Diputación de Huelva; el poeta y periodista Antonio Lucas; y Jesús Espino, jefe de edición de Akal.
El premio Nobel onubense, con fama generalmente merecida de exigente con los demás y consigo mismo, avisó de su puño y letra a los navegantes que quisieran aventurarse por el océano de su poesía: «Malditos los que, en lo futuro, hagan de mi obra unos libros feos, sucios o recargados, superficialmente lujosos; los que no respeten mi orden y mi selección, los que los alteren en una coma voluntaria». Con estas palabras muy presentes, Bejarano y Llansó se hicieron a la mar. «Sí, saber lo exigente que era supone un plus, y además en poesía una simple coma puede convertirse en fundamental, vital, puede cambiarlo todo, sobre todo en versos como estos, con una gran densidad filosófica y una gran profundidad de pensamiento».
En esta etapa final de su vida y de su obra, lleno de sabiduría lírica y humana, Juan Ramón Jiménez rozaba con la yema de los dedos el rostro, las facciones de dios, su dios escrito con minúscula, como ayer destacaba Carmen Hernández Pinzón, recordando las propias palabras de su tío abuelo: «Escribo dios con minúscula como pongo padre, madre, hermano, gloria y mar, tierra y cielo, y mujer. No es irreverencia, pero tampoco es reverencia, no es temor es, con minúscula, amor».
Un poeta en el sentido que le daban los griegos de hacedor de la luz, de iluminador, de intérprete entre la palabra de los dioses y el corazón de los humanos. «Juan Ramón Jiménez quería abrir el ámbito del acontecer mediante su canto -continúa el editor-, acercarse a ese acontecer mediante el pensamiento simbólico. Dios se aparece en la luz mediante el cantar del poeta. Eso quería Juan Ramón». ¿Cómo? «Buscando la esencialidad de la palabra, expresar lo inexpresable, por eso pensaba que su poesía tenía que desembocar en el silencio». Un viaje en el que no es polizonte San Juan de la Cruz, aunque Juan Ramón no quiera subir al Monte Carmelo, ni siquiera seguir el camino de perfección de la santa de Ávila, ni aun que el hombre se haga Dios, sino que Dios y y hombre cohabiten en la propia conciencia de hombre: «El dios que es siempre al fin, / el dios creado y recreado / por gracia y sin esfuerzo. / El Dios. El nombre conseguido de los nombres». Después de estos versos, efectivamente, sólo queda el silencio.
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