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Pocas y viejas

EN la figura retórica denominada reticencia o aposiopesis, dejamos incompleta

Actualizado 26/01/2008 - 08:17:44
EN la figura retórica denominada reticencia o aposiopesis, dejamos incompleta una frase dando, sin embargo, a entender lo que se calla. Josep Miró i Ard_vol, presidente de E-Cristians, acaba de hacer uso de esta figura al referirse a las asistentes a las recientes concentraciones proabortistas como «pocas y viejas», que es como referirse a las participantes en un certamen de Miss Universo como «muchas y jóvenes», escamoteando el epíteto de macizas, que las califica más certeramente. Uno contempla las fotos de estas concentraciones y es como si lo sumergieran de repente en un tanque de bromuro. No negaremos, sin embargo, que tales fotos poseen una innegable fuerza persuasiva: tal vez las manifestantes no logren que nos adhiramos a sus proclamas abortistas; pero, desde luego, sus visajes y alaridos constituyen una exhortación eficacísima a la continencia y un anafrodisíaco infalible.
Los pintores de alegorías retrataban a la Fealdad solitaria y decrépita. Así, al describir como «pocas y viejas» a las proabortistas, Miró i Ard_vol traza un retrato alegórico que nos obliga a meditar sobre la fealdad moral de las tesis que defienden, pues de la otra ya dejan constancia las fotografías. ¿Qué reclaman estas proabortistas? Aparentemente, la «libre elección» de la mujer; pero esto es, precisamente, lo que reclamamos quienes somos contrarios al aborto. Queremos, en efecto, que las mujeres tengan de verdad la posibilidad de elegir con libertad verdadera, sin ser arrolladas por circunstancias hostiles o por ideologías funestas que consideran la maternidad un oprobio; queremos que el estado de necesidad no empuje a abortar a las mujeres; queremos que sean atendidas en su tribulación y sostenidas con ayudas y asistencias concretas, para que la vida que se gesta en sus vientres no se convierta en una carga.
No es, pues, una elección no coaccionada lo que se reclama en estas concentraciones, sino un presunto «derecho» a disponer de otras vidas, considerando que el feto es una especie de tumor en el vientre de la mujer. Se trata de la misma idea que guiaba a los adoradores de Moloch, el dios demoníaco de los cartagineses, cuyo apetito trataban de saciar arrojando a sus hijos a un horno. La misma idea que el Marqués de Sade -verdadero inspirador de la ideología abortista, según nos recuerda Antonio Socci en su vibrante ensayo El genocidio censurado- expone descarnadamente a través de uno de sus personajes en La filosofía en el tocador: «Somos siempre las dueñas de lo que llevamos en el seno, y no hacemos más mal destruyendo esta especie de materia que purgándonos de otra con medicamentos cuando tenemos necesidad. (...) Los imbéciles que creían en Dios (...) debieron seguramente considerar un delito capital la destrucción de esta pequeña criatura, porque, según ellos, en ese momento ella no pertenecía ya a los hombres. Pero desde que las luces de la filosofía disiparon todas esas imposturas, desde que la quimera divina ha sido puesta a nuestros pies, desde que, mejor instruidos sobre las leyes y los secretos de la física, hemos desarrollado el principio de la generación y comprendido que ese proceso natural no ofrece a nuestros ojos nada más extraño que la germinación de un grano de trigo (...), hemos comprendido que una criatura más o menos sobre la tierra no comporta una gran diferencia y que nosotros nos convertimos, en una palabra, en dueños de ese trozo de carne, por animado que esté, no de forma distinta a como lo somos de las uñas que cortamos de nuestros dedos, de las excrecencias de carne que extirpamos de nuestro cuerpo o de los productos de la digestión que evacuamos de nuestras vísceras. (...) Hace falta ser imbéciles para encontrar el mal en una acción tan indiferente».
Esta «acción tan indiferente» es lo que se defiende en esas concentraciones: el aborto como purga laxante y salutífera. Pero este grado de indiferencia sádica no sería inteligible si no hubiese detrás un culto demoníaco a Moloch que aspira a destruir lo que en el hombre hay de intrínsecamente humano. No sé si los adoradores de Moloch son pocos y viejos; pero los anima, desde luego, una arrebatada fealdad moral. Y contra la fealdad de Cartago acaban triunfando siempre las águilas de Roma, cuando ya parece que la batalla está perdida.
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