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Pablo Pérez-Mínguez Fotógrafo «Quién sabe,tal vez soy más psiquiatra que fotógrafo»

Su objetivo: robar almas para devolverlas sanas, salvas y rejuvenecidas mediante su cámara. Cuatro décadas de profesión, de movidas y removidas, cientos de imágenes, docenas y docenas de portadas

Actualizado 25/08/2007 - 08:16:42
Su objetivo: robar almas para devolverlas sanas, salvas y rejuvenecidas mediante su cámara. Cuatro décadas de profesión, de movidas y removidas, cientos de imágenes, docenas y docenas de portadas, recompensadas este año con el Premio Nacional de Fotografía, un galardón que, como él mismo dice, «es como una patente de corso, sobre todo para los que somos más underground». Miren al pajarito, sonrían y ya saben: pa-ta-ta.
-Cuándo el objetivo se convirtió en objetivo prioritario, con perdón de la redundancia.
-Nunca fue un hobby, ni siquiera cuando era un crío y me regalaron una cámara en mi Primera Comunión. Siempre fue una vocación profunda, esa pasión por algo que te corroe y que es como una droga. Lo mismo que los seminaristas tienen un momento en su vida en el que ven claro su camino, para mí, en el fondo fue lo mismo, un día me llamó el dios de la fotografia, el dios de la luz.
-En este estudio se rodó «Laberinto de pasiones», se escribieron canciones, se formaron parejas y tríos (musicales). ¿Es un museo, un taller de sueños?
-Es un estudio fotográfico, pero especial, con mucha alma y mucha humanidad en su interior. En él, la fotografía es el leit motiv, pero en el estudio suceden y han sucedido muchas cosas: se graban vídeos, se hacen canciones, se habla... Sí, está bien, es como un taller de sueños, sí, o si lo queremos decir en plan más cursi, en plan Warhol, es una Factory a la madrileña
-¿Sus fotos hay que verlas con los ojos o con el corazón?
-Soy completamente antitécnico. Es más, creo que la fotografía es el arte que menos técnica requiere aunque no lo parezca, porque está todo en la cámara. Como también he sido ilustrador y portadista, lo que más me importa es el peso icónico, el punch, la pegada, el impacto de la fotografía. Más que como fotógrafo intelectual, que lo soy, me muevo como una estrella del rock. Tengo teorías que decir, y las digo, pero selecciono a golpe de corazón.
-¿Una buena carátula puede ser la mejor canción?
-Cuando voy a hacer una portada yo siempre les digo a los músicos: atentos, oye, oye, que estamos haciendo la canción número 11 del álbum. No les digo que es la número 1, porque, digamos que todos tienen su ego, pero una buena ilustración puede ayudar mucho a vender discos, claro está, si hay un poquito de música dentro.
-¿Ha robado muchas almas con su cámara?
-Sí, completamente. Además te la entregan perfectamente, de hecho están deseando entregarlas. Estoy de acuerdo con esos pieles rojas que pensaban que si les fotografiaban, les robaban el alma. Aunque, por supuesto, no se la robo para quedármela, luego la devuelvo, claro. Digamos que después de pasar por mi estudio la gente se va engrandecida, se van sublimados, como si salieran volando por la ventana.
-No querrá decirme con esto que con la fotografíaterapia hemos topado.
-Mi estudio es una mezcla del cabaret alemán de entreguerras y el gabinete de Sigmund Freud. Yo saco la belleza que la gente tiene dentro. Quién sabe, a lo mejor soy más psiquiatra que fotógrafo.
-Color, blanco y negro, ¿la guerra continúa?
-Llevo 25 años haciendo blanco y negro, y ya me considero un maestro, pero me gusta el color. Me encantan el compromiso, el riesgo y la aventura, y el color es más emocionante, más real y comporta precisamente esos riesgos que me atraen. Socialmente, el blanco y negro está más considerado, es más «artístico», y es algo que me produce vómitos. Parece que el color lo puede hacer un niño con una cámara digital.
-Se cuenta que su archivo es de leyenda.
-Desde que empecé he publicado con asiduidad pero, sobre todo, he almacenado muchísimas fotos. Mi archivo es como un iceberg y sólo voy usando su punta, el resto queda guardado. Creo que mi manera de trabajar con este archivo es otra de mis características más originales. Saber esperar, no forzar nada. Siempre he trabajado con mucha paciencia y mucha fe en mi obra, y me ha funcionado.
-Soy la cámara digital, señor Pérez-Mínguez. Dígame algo, aunque sea bonito.
-La revolución digital es maravillosa. Y lo digo yo que soy totalmente analógico, que mientras siga habiendo un carrete no cambiaré. Es más, casi voy para atrás, a la polaroid, la diapositiva. Una diapositiva es como un caravaggio.
-Pero cualquier tiempo (fotográfico) pasado no fue mejor, ni mucho menos más barato.
-La fotografía digital es casi un arte diferente pero, en el fondo, no deja de ser lo mismo: la captación de la libertad, de la vida, de la creatividad. Así es como yo concibo la fotografía. Porque el artista que no está en sintonía con la vida es un rancio, es un esteta.
-No se veía tanta gente haciendo fotos desde la invasión japonesa. La turística, me refiero.
-Es fantástico. Si antes había mil fotógrafos en España, ahora hay diez millones. Pero por supuesto, tendrá que haber una criba. Porque tan importante como hacer fotos es la selección de esas mismas fotos. Porque, si hay alguien que hace doscientas fotos y luego las mete en el ordenador, ¿qué sentido tiene? ¿Para qué las quieren, para que estén ahí, haciendo bulto? Eso no tiene ningún sentido, es justo lo contrario de lo que yo denomino la foto-actitud.
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