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«El grito» de Edvard Munch y sus ecos

El museo que la ciudad de Oslo levantó para albergar la obra de Edvard Munch acoge la exposición «Ecos de «El grito»», que analiza la influencia que esta obra ha ejercido en los artistas de la segunda mitad del siglo XX. De Bacon a Warhol, pasando por Beuys o Kounellis, se puede apreciar cómo la intensidad y dramatismo del pintor noruego germinó en generaciones posteriores.

Actualizado 25/08/2001 - 00:18:53
«Scream», de Andy Warhol. ABC
«Scream», de Andy Warhol. ABC
El museo dedicado a Edvard Munch (Loten, Hedmark, 1862-Ekely, 1944) se levanta en la zona Este de Oslo, lejos del bullicio y en el corazón de un barrio donde ahora vive la comunidad árabe, pero hace un siglo fue el hogar del pintor noruego. A su muerte, Munch decidió donar toda su obra a la ciudad de Oslo con la esperanza de que se levantara un edificio donde albergarla y guardar su memoria. Inaugurado en 1963, el museo fue ampliado en 1994. A su colección permanente se suman cada año nuevas exposiciones para profundizar en el significado de la obra del pintor.Estos días se puede disfrutar de la exposición «Ecos de «El grito»», abierta hasta el 30 de septiembre, en la que se ha rastreado la influencia de esta obra, precursora del expresionismo alemán, en la creación artística posterior al término de la II Guerra Mundial, entre 1945 y 1995.
ICONO DEL SIGLO XX
Munch mostró desde muy temprana edad una personalidad atormentada, fruto de unas experiencias personales dramáticas como fue la pérdida de su madre cuando él contaba cinco años. Diez años después muriósu hermana Sofía. Esto, unido a una profunda religiosidad inculcada desde el seno familiar, confirieron al artista una manera muy personal de ver el mundo y de comunicarse con él a través de su obra. «Munch desarrolló un simbolismo privado que estaba basado en su experiencia personal traumática -explica Arne Eggum en un ensayo sobre el pintor-. Tuvo el valor de exponer a la vista su propia situación vital». Como en las obras «La muerte de la madre» (1893) o «Muerte en la habitación del enfermo» (1893), en las que el pintor retrata la dramática pérdida de sus seres queridos. «Cristaliza los arquetipos y los símbolos en la experiencia existencial humana -continúa- y los lleva hasta su último extremo como ocurre en «El grito», donde la figura casi abstracta de un hombre personifica la angustia existencial del hombre moderno».
La vida de Munch estuvo salpicada por episodios dramáticos y cierta inestabilidad nerviosa que le llevaron a ser internado en dos ocasiones en clínicas de reposo. Según dictámenes psiquiátricos posteriores a su muerte, vivió bajo el temor de desarrollar alguna enfermedad congénita y sostuvo a lo largo de su vida una relación muy especial con la familia, las mujeres -no se casó nunca, aunque sí mantuvo algún romance que a punto estuvo de acabar en tragedia- y el sexo, todo ello reflejado en su obra. El pintor explicaba así cómo surgió en su mente «El grito», pintado en 1892, y que está colgado en la Galería Nacional de Oslo: «Estaba paseando con dos amigos -y el sol empezaba a caer-, de repente el cielo se tornó rojo -vacilé, sintiéndome exhausto, me apoyé en la valla-. Había lenguas de sangre y fuego sobre los fiordos azules y la ciudad -mis amigos continuaron andando mientras yo permanecía temblando de ansiedad-. Y percibí un interminable grito que atravesaba la naturaleza».
LENGUAJES ARTÍSTICOS
Un siglo después, la obra de Munch se ha convertido en un icono de nuestra cultura, siendo traducido a lenguajes artísticos bien diferentes como el pop-art de Andy Warhol, que lo recreó con su personal visión en 1984, y que con el mismo título está incluido en una serie realizada sobre el pintor noruego. Pero antes de él lo hicieron artistas como Francis Bacon, en «Study for a Portrait» (1953); Asger Jorn, en «The Doubleface» (1960); el artista islandés Erró, con «The Second Cry» (1967)... Georg Baselitz, representante del neorrealismo, también muestra la ingluencia de «El grito» en una serie de dibujos de tinta sobre papel. Uno de los temas recurrentes en la obra de Munch es la muerte, que aparece retratada de numerosas formas. «He vivido en compañía de la muerte-mi madre, mi hermana, mi abuelo y mi padre-, con ella están todos mi recuerdos, hasta el más pequeño de los detalles me acerca a ella», confesaba el pintor. «Leit-motiv» que también han recogido numerosos artistas de la segunda mitad del siglo XX, siguiendo las pautas de pintor noruego. Así, Joseph Beuys posee en su haber obras como «Death and th Maiden» (1957), acuarela que hace clara alusión al dibujo del mismo nombre realizado por Munch en el año 1894, y que está inspirada a su vez en otra obra de la Edad Media.
DE JASPER JOHNS A ANTONIO SAURA
Dentro de este mismo capítulo, dos creadoras también hacen un homenaje a Munch. Ana Mendieta, con una performance realizada en 1972 bajo el nombre «On giving Life» y recogida en varias fotografías donde se muestra a la artista yaciendo sobre un esqueleto, y que hace alusión al dibujo de Munch «Dance of Death» (1914). Mucho más reciente es el trabajo de Marina Abramovic, una videoinstalación que muestra el proceso, a través de varias pantallas superpuestas, de limpiar un esqueleto.
Por su parte, Jasper Johns toma como referencia una de las últimas obras del pintor noruego, «Autorretrato. Entre el reloj y la cama» (1940-42), en la que Munch utiliza ambos elementos, el reloj y la cama, como claros referentes a la muerte. Johns, por su parte, se limita a fragmentar la obra y toma el dibujo geométrico del edredón de la cama -donde dos años más tarde morirá Munch- como tema de su obra «Scent» (1974), y años más tarde lo repetiría en «Tantric Detail I» (1980).
Antonio Saura y Yannis Kounellis se suman también a esta exposición haciéndose eco de otros dos de los lienzos de Munch, «Evening on Karl Johan» (1892) y «Angst» (1894). Este óleo sirvió para sembrar las pautas de un arte que se originó tras el Holocausto, y que años más tarde inspiró a Saura, obsesionado por la masa y las multitudes, a realizar «Karl Johan I» (1985) y «Kark Johan II» (1997). Esta obsesión fue compartida por Yannis Kounellis. Junto a la muestra «Ecos de «El grito»» se puede disfrutar de la exposición permanente del pintor noruego y, un piso más abajo, se explica a través de fotografías, cartas y recortes, la biografía tortuosa de un artista que decidió pasar aislado sus últimos años.
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