Hace tres o cuatro años, poco después de que hubiera asumido la secretaría general de su partido, Zapatero manifestó públicamente su adhesión a una doctrina conocida como «republicanismo». O para ser más precisos, la versión del republicanismo expuesta y desarrollada por el filósofo político Philip Pettit.
Casi nadie sabía en España quién era Pettit. Zapatero parecía encontrarse muy lejos del poder, y el asunto provocó sólo algunos debates en los diarios, en los que yo tuve algo que ver. El humor público varió después de la victoria socialista. La invocación por el Presidente de la causa republicana produjo inquietud en sectores conservadores por dos motivos. El principal, era fonético.
«Republicanismo» suena a «República», y «República», por estos pagos, suena a una reivindicación del orden político anterior a la Guerra Civil. El segundo motivo era más culterano. La idea central, en el pensamiento de Pettit, es la de ausencia de dominación. Los republicanos ingleses del XVII, o los americanos del XVIII, invocaron, frente al poder arbitrario del soberano, las garantías de la ley, o como se dice por ahí, «the rule of law». El imperio de la ley ampara a los ciudadanos de las incursiones y prepotencias del rey, y evita en consecuencia que se encuentren en una situación de dominación o dependencia respecto de aquél.
Hasta aquí, nada nuevo. El concepto, sin embargo, puede hacerse más elástico. Puesto que existen factores, no sólo políticos sino también sociales, que colocan al ciudadano en una sazón de dependencia. Pensemos, por ejemplo, en la pobreza. Una persona insuficientemente educada, e incapaz por tanto de abrirse horizontes profesionales, es una persona afligida por la dominación. La dominación que en este caso representan los poderosos, o quizá, retomando un término añejo, las oligarquías. Cabe tomar también, como ejemplo, la diferencia de géneros.
Hombres y mujeres disfrutan de los mismos derechos frente a la ley. Ahora bien, por razones de inercia histórica, por la perpetuación del prejuicio, o por la inversión de recursos humanos extraordinarios que supone la maternidad, la igualdad formal frente a la ley no se traduce en una igualdad efectiva en la esfera social y laboral. De resultas, las mujeres padecen una suerte de dominación.
Pettit pensaba que el Estado podía hacer cosas importantes en orden a remediar estas formas residuales de dominación. Y en su libro señero -«Republicanismo»- concedía a los poderes públicos una facultad de intervención muy grande. De aquí a la tentación de reinstalar el Estado en la vida privada de los ciudadanos, mediaba, si no un paso, algo menos que un abismo. No era baladí por tanto la simpatía de un Presidente socialista hacia la doctrina republicana.
Pues bien, sosiéguense los angustiados, porque no hay nada de nada. El lunes pasado, Pettit y Zapatero acudieron juntos al Círculo de Bellas Artes de Madrid para hablar de republicanismo. Yo estaba entre los asistentes. Y ocurrió lo que sigue.
En primer lugar, se ha acordado enterrar el término «republicanismo». Yo añadiría que ha existido casi una conspiración para dejarlo de lado. Abrió la sesión el Rector de la Autónoma, y previno ya sobre la existencia de denominaciones alternativas: «civicismo» y «ciudadanismo». Pettit, en su ponencia, recordó que para Rousseau la libertad no estaba ligada a una fórmula constitucional concreta, y que una monarquía constitucional sometida al imperio de la ley era también, en esencia, republicana. Y luego Zapatero consagró oficialmente el cambio de terminología. Nos vamos a quedar con la palabra «ciudadanismo» -«civicismo» es, me temo, un poco historiada-.
En cuanto al fondo, ídem de ídem. De los aspecto rompedores del republicanismo, no quedan ni las raspas. Pettit hizo una exposición ortodoxamente liberal. Dedicó el 90% de su tiempo a analizar los mecanismo clásicos de contención del poder: elecciones, división de poderes, etc... El liberalismo pettititiano de última hora no reposa en los mercados y menciona poco los derechos naturales. Es un liberalismo destinado a subrayar las cautelas constitucionales. Pero es liberalismo estricto. Una cita tardía de Ferguson sirvió para evocar, indirectamente, la virtud ciudadana, concepto clave en los republicanistas que han estudiado el modelo romano, a Maquiavelo, o la traslación de ambos a las disputas inglesas sobre la prerrogativa real. Pero se trató de un adorno, un gracioso airón dentro de un discurso clarísimo y perfectamente convencional.
La intervención de Zapatero fue breve. Dijo que su socialismo es un liberalismo radical con una dimensión social. Y mencionó la igualdad de género y el multiculturalismo. Lo de la igualdad de género tiene su aquél, en un contexto republicano. Pero lo del multiculturalismo tiene que ver con el republicanismo lo que el tocino con la velocidad. Es cierto que Pettit dedicaba tres o cuatro páginas al multiculturalismo en su libro. Eran, sin embargo, muy flojas, y estaban animadas por el propósito oportunista de uncir su teoría a cualquier causa popular, fuera la que fuese. Todo esto, claro está, carece de importancia. Zapatero reúne cualidades y defectos. No parece ser, y no sé si esto es cualidad o defecto, un político agobiado por la coherencia doctrinal.
Casi nadie sabía en España quién era Pettit. Zapatero parecía encontrarse muy lejos del poder, y el asunto provocó sólo algunos debates en los diarios, en los que yo tuve algo que ver. El humor público varió después de la victoria socialista. La invocación por el Presidente de la causa republicana produjo inquietud en sectores conservadores por dos motivos. El principal, era fonético.
«Republicanismo» suena a «República», y «República», por estos pagos, suena a una reivindicación del orden político anterior a la Guerra Civil. El segundo motivo era más culterano. La idea central, en el pensamiento de Pettit, es la de ausencia de dominación. Los republicanos ingleses del XVII, o los americanos del XVIII, invocaron, frente al poder arbitrario del soberano, las garantías de la ley, o como se dice por ahí, «the rule of law». El imperio de la ley ampara a los ciudadanos de las incursiones y prepotencias del rey, y evita en consecuencia que se encuentren en una situación de dominación o dependencia respecto de aquél.
Hasta aquí, nada nuevo. El concepto, sin embargo, puede hacerse más elástico. Puesto que existen factores, no sólo políticos sino también sociales, que colocan al ciudadano en una sazón de dependencia. Pensemos, por ejemplo, en la pobreza. Una persona insuficientemente educada, e incapaz por tanto de abrirse horizontes profesionales, es una persona afligida por la dominación. La dominación que en este caso representan los poderosos, o quizá, retomando un término añejo, las oligarquías. Cabe tomar también, como ejemplo, la diferencia de géneros.
Hombres y mujeres disfrutan de los mismos derechos frente a la ley. Ahora bien, por razones de inercia histórica, por la perpetuación del prejuicio, o por la inversión de recursos humanos extraordinarios que supone la maternidad, la igualdad formal frente a la ley no se traduce en una igualdad efectiva en la esfera social y laboral. De resultas, las mujeres padecen una suerte de dominación.
Pettit pensaba que el Estado podía hacer cosas importantes en orden a remediar estas formas residuales de dominación. Y en su libro señero -«Republicanismo»- concedía a los poderes públicos una facultad de intervención muy grande. De aquí a la tentación de reinstalar el Estado en la vida privada de los ciudadanos, mediaba, si no un paso, algo menos que un abismo. No era baladí por tanto la simpatía de un Presidente socialista hacia la doctrina republicana.
Pues bien, sosiéguense los angustiados, porque no hay nada de nada. El lunes pasado, Pettit y Zapatero acudieron juntos al Círculo de Bellas Artes de Madrid para hablar de republicanismo. Yo estaba entre los asistentes. Y ocurrió lo que sigue.
En primer lugar, se ha acordado enterrar el término «republicanismo». Yo añadiría que ha existido casi una conspiración para dejarlo de lado. Abrió la sesión el Rector de la Autónoma, y previno ya sobre la existencia de denominaciones alternativas: «civicismo» y «ciudadanismo». Pettit, en su ponencia, recordó que para Rousseau la libertad no estaba ligada a una fórmula constitucional concreta, y que una monarquía constitucional sometida al imperio de la ley era también, en esencia, republicana. Y luego Zapatero consagró oficialmente el cambio de terminología. Nos vamos a quedar con la palabra «ciudadanismo» -«civicismo» es, me temo, un poco historiada-.
En cuanto al fondo, ídem de ídem. De los aspecto rompedores del republicanismo, no quedan ni las raspas. Pettit hizo una exposición ortodoxamente liberal. Dedicó el 90% de su tiempo a analizar los mecanismo clásicos de contención del poder: elecciones, división de poderes, etc... El liberalismo pettititiano de última hora no reposa en los mercados y menciona poco los derechos naturales. Es un liberalismo destinado a subrayar las cautelas constitucionales. Pero es liberalismo estricto. Una cita tardía de Ferguson sirvió para evocar, indirectamente, la virtud ciudadana, concepto clave en los republicanistas que han estudiado el modelo romano, a Maquiavelo, o la traslación de ambos a las disputas inglesas sobre la prerrogativa real. Pero se trató de un adorno, un gracioso airón dentro de un discurso clarísimo y perfectamente convencional.
La intervención de Zapatero fue breve. Dijo que su socialismo es un liberalismo radical con una dimensión social. Y mencionó la igualdad de género y el multiculturalismo. Lo de la igualdad de género tiene su aquél, en un contexto republicano. Pero lo del multiculturalismo tiene que ver con el republicanismo lo que el tocino con la velocidad. Es cierto que Pettit dedicaba tres o cuatro páginas al multiculturalismo en su libro. Eran, sin embargo, muy flojas, y estaban animadas por el propósito oportunista de uncir su teoría a cualquier causa popular, fuera la que fuese. Todo esto, claro está, carece de importancia. Zapatero reúne cualidades y defectos. No parece ser, y no sé si esto es cualidad o defecto, un político agobiado por la coherencia doctrinal.



