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La Campana, ¡a las hogueras!

ROSARIO PÉREZALICANTE. Halos de luz flotaban sobre el mar, tan oscuro en la madrugada que se confundía con el cielo. De los barcos ascendían velas que lentamente volvían a bajar hasta morir en las

Actualizado 25/06/2009 - 04:42:42
Halos de luz flotaban sobre el mar, tan oscuro en la madrugada que se confundía con el cielo. De los barcos ascendían velas que lentamente volvían a bajar hasta morir en las aguas mediterráneas. Aquellos fulgores dibujaban filigranas en el aire. Desde la playa un gentío lo contemplaba ensimismado, mientras otros saltaban las hogueras en la noche mágica de San Juan. Papeles quemados y pies mojados para espantar lo malo y atraer lo bueno. No debió cumplir el rito el ganadero de La Campana porque sus toros trajeron lo peor del campo bravo: ausencia de casta y de fuerzas; en resumen, una corrida absolutamente podrida, aunque de mayor presencia que las lidiadas en días anteriores.
Se gafó la despedida de Luis Francisco Esplá en su tierra con las cámaras de la televisión presentes. Todos los focos se dirigieron hacia el maestro, al que tributaron una sonora ovación nada más quebrarse el paseíllo. Pausado se dirigió a los medios y saludó. Aquellas palmas aleteaban los sones de la nostalgia y el adiós, aunque en la prensa local dejó entrever una ilusión por dar la alternativa a su hijo en Alicante en el cierre de temporada...
Esplátuvo el detalle de obsequiar y brindar su primera faena a Morante para corresponder a su gesto en su apoteósica despedida en Madrid. No pudo lucirse el veterano torero alicantino, pues el toro se echó a dormitar la siesta a las primeras de cambio y hubo de abreviar. Antes anduvo con ganas y variado con el capote en verónicas, chicuelinas y sus clásicas navarras. En banderillas prendió dos buenos pares en todo lo alto. A sus más de cincuenta años, arriesgó por los adentros y a punto estuvo de ser cogido. Entre la algarabía general, puso un cuarto par al violín. Tremendo susto con los rehiletes frente al cuarto: resbaló, pero la Virgen de los Remedios le echó un capote a la par que el toro también se desmoronaba. En la muleta lo intentó animoso con un muermo que no merecía ni el saludo. Tras despacharlo con eficacia, la emoción brotó de nuevo cuando el público, en pie, le dedicó una mascletá de palmas. Avanzó hasta los medios y se despidió como el mejor actor de una obra del teatro del que tanto gusta. Entre las rayas, tomó un puñadito de arena y se la llevó al corazón. Su mirada se nubló por tanto y merecido cariño. Llovieron gritos de ¡torero, torero!
A Morante de la Puebla le correspondieron dos especímenes del hierro de su apoderado merecedores de ser quemados en las hogueras, como todo el conjunto de La Campana. Su primero, que sembró el desconcierto en banderillas, fue una auténtica porquería. Lo intentó breve a izquierdas y no anduvo fino con el acero. Aquella basura no merecía ni la suerte suprema. Tampoco el quinto, de embestida rebrincada. Aun así, el de La Puebla del Río regó con su arte el ruedo en unas preciosas verónicas y una media a pies juntos, lo más grácil de la tarde.
El tercero fue devuelto por inválido. Por si alguien tenía más ganas de Domecq, se lidió un justo sobrero de Juan Pedro, que tampoco portaba sangre brava. Sebastián Castella se mostró firme y por encima en una entregada faena. Con el sexto, otro asco, nada pudo hacer.
Al caer la tarde doblaban las campanas por culpa de la ganadería que echó por tierra un espectáculo de gran expectación. «Ay Campanera», a la cremá de las hogueras.
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