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El séptimo velo

Título: «El séptimo velo»Autor: Juan Manuel de PradaEditorial: Seix BarralPáginas: 644Precio: 21,50Fecha de publicación:28 de febreroPremio Biblioteca Breve 2007, la nueva novela de Juan Manuel de

Actualizado 25/02/2007 - 02:48:22
Juan Manuel de Prada  Escritor. Ganador del premio Biblioteca Breve. Obtuvo también el Nacional de Narrativa y el Planeta
Juan Manuel de Prada Escritor. Ganador del premio Biblioteca Breve. Obtuvo también el Nacional de Narrativa y el Planeta
Título: «El séptimo velo»
Autor: Juan Manuel de Prada
Editorial: Seix Barral
Páginas: 644
Precio: 21,50
Fecha de publicación:
28 de febrero
Premio Biblioteca Breve 2007, la nueva novela de Juan Manuel de Prada construye una epopeya moderna en la que el amor,
la traición, la sospecha y la ciencia se adentran en el corazón convulso del siglo XX, con la Segunda Guerra Mundial como telón de fondo y los resabios de la Guerra Civil como acordes finales. Una historia que nos sumerge en los peligros de rastrear en la memoria
PREPUBLICACIÓN
Lucía, en efecto, no era mujer veleidosa, pero a cambio cultivaba una forma absorbente de curiosidad que dirigía sobre las novedades, olvidándose por completo de otros asuntos que entonces se le antojaban secundarios y, por tanto, postergables. Desde que aquel joven apareciese inopinadamente a orillas del lago, no había hecho otra cosa que acompañar su sueño inquieto. La música del acordeón, que entraba por el ventanuco con ráfagas borrachas, despertó de repente a Jules; parpadeó con perplejidad, incapaz de reconocer la abigarrada angostura de la caravana.
- Tranquilo, estás entre amigas -se atrevió a susurrarle Lucía.
Al instante reconoció a la muchacha que se bañaba en el lago con un elefante; aquella imagen, seráfica y a un tiempo monstruosa, lo había acompañado en su descenso por los precipicios de la inconsciencia. trató de incorporarse sobre la cama, pero el hambre acumulada de tantos días le impedía casi moverse, anegándolo con una marea de debilidad.
-¿Dónde estamos? -preguntó- ¿Por qué suena esa música?
Lucía se inclinó sobre el lecho, acomodó su cabeza en la almohada, cuidando de no rozar la herida, y se quedó un momento en muda contemplación. Aunque la convalecencia había enflaquecido a Jules y la barba le emboscaba las facciones, le seguía pareciendo hermoso, al modo meridional.
-Los boches han entregado París. En cuatro días los habremos echado de Francia -dijo-. Pero ya va siendo hora de que me digas tu nombre.
Un alud de incertidumbres se abalanzaba sobre él, pero prefirió postergarlas, para no resultar descortés:
-Jules, Jules Tillon. Vivo en Billancourt, trabajo en la fábrica Renault.
-Más bien dí que trabajabas -lo corrigió Lucía-. Las bombas de los aliados la hicieron papilla.
Jules le miró con una pasmada y desarmante inocencia:
-¿De qué bombas me estás hablando?
(...) Hasta entonces, Lucía no había concedido demasiada importancia a los síntomas de amnesia que Jules ya había mostrado en su encuentro a orillas del lago. Había pensado que era fruto de un aturdimiento, una secuela pasajera de aquella herida que había provocado su desmayo; había pensado también que, como el borracho que emerge penosamente de la ebriedad y apenas puede recordar los acontecimientos de la noche anterior, quizá tampoco Jules lograra recuperar aquellas horas que precedieron a la refriega o escaramuza en la que había resultado herido. Ahora empezaba a considerar que aquella pérdida de memoria era mucho más grave de lo que se hubiese atrevido a concebir. Sobre la jofaina que André empleaba para sus abluciones, colgaba de la pared de la caravana un espejo que empezaba a perder el azogue; al reparar en él, Jules trató de incorporarse otra vez en la cama, esta vez reclamando la ayuda de Lucía, que dejó que le rodeara los hombros con el brazo. Tambaleándose, se contempló ante el cristal bruñido que le devolvía la imagen, bajo un cráneo enturbantado de vendas, de un rostro que no reconoció como propio, tampoco como ajeno, sino más exactamente como una proyección futura (y poco benévola, desde luego) de su fisonomía, en la que fue descubriendo arrugas que antes no estaban, angulosidades que denunciaban los estragos de la convalecencia, pero también otros estragos acaso más indelebles que prefiguran la edad adulta, una barba frondosa y, sobre todo, una mirada de la que ya había desertado la vehemencia juvenil, una mirada que ha abrevado en los pozos donde bulle el horror, taciturna y como hastiada de la condición humana.
-Cuatro años... -murmuró, como si tratara de aprehender ese vasto lapso de tiempo, que empezaba a sentir como un expolio. (...)
-Cuatro años, Jules. -Lucía presionó con ambas manos sus antebrazos, para ayudarlo a sostenerse en pie y también para confortarlo-. Y quizá hubiesen sido muchos más si a ese demente de Hitler no le entra la ventolera de atacar a los rusos.
-Pero no se pueden haber borrado así como así -se lamentó Jules, mientras la angustia se apoderaba de cada célula de su cuerpo-. Tiene que haber una manera...
(...) Lucía lo condujo otra vez hasta la cama; esta vez se atrevió a ceñirle delicadamente la espalda, para hacerle sentir su proximidad cálida y atenuar su desvalimiento. se arrepintió de haberlo hecho cuando oyó que alguien abría la puerta de la caravana a sus espaldas. Eran André y su padre: le bastó cruzar una mirada con el primero para saber que lo abrasaban los celos.
-Vaya, nuestro duermiente por fin ha despertado -dijo Estrada, haciéndose el desentendido. La ceguera le servía con frecuencia como coartada para fingir que le pasaban inadvertidas situaciones incómodas que su inteligencia, siempre alerta, detectaba antes incluso de que los demás las asimilaran-. Déle gracias al cielo, y sobre todo a André, que ha sido su salvador. (...)
Amaneció sobre París con una luz neta, como si el sol deseara abreviar los trámites de su advenimiento; los miembros de la troupe circense, que en sus expediciones por las poblaciones en las que asentaban su campamento solían congregar en su derredor una multitud de curiosos, a causa de sus vestimentas abigarradas y su aire de cíngaros, pasaban esta vez desapercibidos entre los parisinos que, para sacudirse el recuerdo de tantos años luctuosos, habían elegido sus prendas más domingueras o decididamente carnavalescas, entre las que no podían faltar los colores de la enseña nacional, a veces en tablillas prendidas a las faldas, o en franjas cosidas a los jerseys, o en lazos anudados al cabello, o en escarapelas que ondeaban en los ojales de las chaquetas. una multitud madrugadora (o quizá más bien insomne, como ellos mismos) los empujó hacia la plaza de la Concordia; en la fachada ciclópea del Ministerio de Marina se enchaban en falta unas pocas columnas, roídas por el fuego de los morteros. Algunos Panzer calcinados se dispersaban por aquella vastedad arquitectónica, con la carrocería aún humeante, como cucarachas a las que Dios hubiese prendido fuego después de rociar con gasolina. Al otro lado del Sena, que bajaba cenagoso y cárdeno, arrastrando el barro y la sangre de las trincheras, descansaba otro tanque abrasado, en esta ocasión un Sherman de la División Leclerc, convertido ya en improvisado altar por los transeúntes que depositaban a su vera ofrendas florales y cirios que esparcían un olor de colmena derretida. Alguien había escrito con tiza, sobre la chapa renegrida, la siguiente inscripción: «Ici son morts trois soldats Français.» Quizá fueran senegaleses, o espahíes, o republicanos españoles, pero ya De Gaulle había proclamado que quienes luchan por Francia son hijos de Francia. El cielo era de un añil que escocíaa los ojos, mitad glorioso y mitad sombrío; de las ventanas de las casas, abiertas de par en par para limpiar los microbios del colaboracionismo, brotaba un barullo de voces radiofónicas, entre la arenga y el responso.
-¿Tú crees que se repondrá, André?
Lucía había permanecido callada mientras paseaban por la ciudad convertido en mausoleo. A su lado, André no había dejado de mirar, con deseo y unción, su perfil de camafeo, tratando de penetrar su mutismo y de seguir el curso de sus cavilaciones. Se había hecho la ilusión de que estuviera, como él mismo (tal vez con menor resolución, pero esto no le importaba demasiado, aprendería a amarlo), ponderando la perspectiva de una vida en común. Aquella pregunta hizo añicos sus ensoñaciones.
-Quién sabe, a lo mejor no le interesa reponerse. A lo mejor tiene mucho que callar. (...)
-¿Qué insinúas?
-No insinúo nada. Sólo digo que me parece un poco aventurado dar por hecho que sea un miembro de la Resistencia.
André cerró pudorosamente los ojos, como si no quisiera escucharse. Sabía que la perdía, que la estaba perdiendo.
-¿Y qué sospechas que sea? -pregunto Lucía.
La voz le temblaba, como a quien trata de dominar la indignación con el sarcasmo. había gente en los balcones y ventanas de los edificios que flanqueaban el itinerario; los más osados, incluso, se habían encaramado a los tejados, o trepaban a los árboles y a las farolas, desde donde hacían ondear banderas tricolores.
-Podría ser un prisionero fugado, por ejemplo. Un colaboracionista como tantos de los que hoy se disfrazan de patriotas -dijo André, mientras lanzaba miradas recelosas a la muchedumbre.
Apenas cuatro meses antes, aquella misma muchedumbre (o una porción nada exigua de la misma, al menos) había recibido con idéntico alborozo al mariscal Petain, a quien ayer consideraban un salvador y hoy de buen grado hubiesen apaleado.
-¿Y la metralleta Sten?
-Pudo habérsela robado a sus captores. O también podría ser un desertor. eso explicaría que estuviese solo y que ninguno de sus compañeros lo hubiese socorrido antes. (...)
Habían logrado acercarse al Arco de Triunfo, donde el gentío alcanzaba densidad de enjambre, una pleamar que amenazaba con desbordarse y arrasarlo todo a su paso. Los fifís que el día anterior se habían enseñoreado de la ciudad trataban ahora de mantener el orden(...) En sus gestos un poco ceñudos o cetrinos se adivinaba la humillación propia de quienes desempeñaban tareas subalternas, en contra de su voluntad.
-No digo que lo sea -se defendió André. En el fondo sabía que su hipótesis era disparatada-. Pero hasta la fecha no tenemos ningún dato cierto sobre su identidad.
Le habría gustado añadir: «Pese a lo cual, le has brindado por entero tu confianza. (...) A mí nunca me has dado tanto. Claro que yo soy un sucio judío». Este último rasgo de victimismo, que nunca se había atrevido a expresar a las claras, lo abochornó hasta enmudecerlo. Lucía ya se abría paso a codazos para alcanzar a su padre, que se había apartado un poco de ellos, por pudor o por favorecer las presuntas labores de cortejo y conquista de André. Acababa de llegar De Gaulle al lugar, para rendir honores a los caídos ante la tumba del Soldado Desconocido, antes de iniciar el desfile. (...)
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