El bochornoso espectáculo ofrecido ayer por Maragall en el Parlamento catalán, al acusar a CiU de corrupción y luego desdecirse para que la coalición no bloquee la reforma del Estatut, revela el punto de putefracción que puede alcanzar la política. El presidente de la Generalitat no puede lanzar un reproche penal de ese calado y después retirarlo como si tal cosa. ¿Qué se puede esperar de un dirigente que dice conocer la comisión de un delito y lo oculta? El «desierto ético» -en palabras de Piqué- de la política catalana presenta dimensiones de una fosa abisal. O séptica, que es peor.


