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Arturo Pérez Reverte, escritor y académico electo: «La putada de todo esto es que ahorame obliga a ser más humilde»

Un camarero le dice a Pérez Reverte: «Don Arturo, en otro tiempo un sillón en el Café Gijón era más importante que uno en la Academia. Ahora tiene usted los dos». Y el novelista los paladea

Actualizado 25/01/2003 - 09:21:20
Arturo Pérez Reverte, en el Café Gijón, su «sancta sanctorum». FOTO: ERNESTO AGUDO
Arturo Pérez Reverte, en el Café Gijón, su «sancta sanctorum». FOTO: ERNESTO AGUDO
- ¿Con usted ingresa el «espectáculo» en la Academia?
-¿Espectáculo? ¿Por qué? Mi literatura no es espectáculo; es literatura.
-Como agitador cultural...
-No voy como agitador. Van mis novelas y mis lectores. Yo soy lo que son mis lectores y a la Academia llevo ese capital. Si cada libro lo leen 400.000 personas, son ellas las que se sientan en la RAE. La putada de todo esto es que ahora me obliga a ser más humilde.
-Usted es uno de los escritores que más vende. ¿Con Pérez Reverte entra la literatura popular en la RAE?
-¡Es que la literatura si no es popular no existe!. La literatura elitista solamente existe en tesis doctorales y estudios exquisitos. La literatura es una inmensa biblioteca donde caben desde Agatha Christie a Dostoievski, desde Proust a Balzac o Dumas y todo eso forma un tejido inmenso y riquísimo en el cual estamos cada uno haciendo nuestro papel. En ese sentido, es y debe ser popular. Solamente los cretinos y los arrogantes piensan que debe ser un producto exquisito para paladares exquisitos. Y esa es la gente que le ha hecho muchísimo daño a la Literatura. Es contra lo que yo he peleado toda mi vida. Y es la batalla que pienso seguir librando.
-¿Tendrá ahora más «patente de corso» para «acuchillar» literariamente hablando, claro?
-Mis artículos están ahí. Son durísimos y van a seguir siéndolo. ¿Por qué voy a cambiar? Es mi forma de escribir.
-Usted ha creado mucho «lenguaje popular». ¿No cree que podría incluirse en el Diccionario?
-De momento, lo que voy es a sentarme, a oír y a callar. Y si tengo algo que decir lo diré después. Allí hay muchas cosas que escuchar y que aprender.
-¿Cuando se le tilda de «best-sellerista» se le está acuchillando?
-¡Pero eso no es malo! Hay «best-sellers» que son absolutamente dignos. Follet y «Los pilares de la tierra»; Umberto Eco es un «best-seller» y ya ve los libros que escribe. No voy a defender yo el género. El problema es mitificar el lenguaje. Hacer del lenguaje el becerro de oro es un grave error. El lenguaje no es más que una herramienta para comunicarse, para amar, para conversar, para escribir, para leer.
-Como diría Marsé, usted detesta la «prosa sonajero»...
-Por supuesto. Por cierto, cuando me propusieron para la Academia lo primero que dije es: «¿Y Marsé?». Me respondieron que a Marsé se lo propusieron, pero que no quiso estar. En ese caso, dije, puedo aceptarlo dignamente.
-Tampoco está en la Academia Umbral (con quien usted ha tenido trifulcas sonadas), que ha dicho que está bien que entre usted en la RAE, pero que sus libros no le interesan.
-Creo que Umbral también debería estar en la Academia. Umbral y yo no tenemos nada que ver. Su literatura y la mía son muy distintas. Umbral es más de prosa; yo soy más de historias, aunque mi prosa la intento cuidar tanto como él cuida la suya.
-Fue una trifulca sobre si usted insultó o no a Borges allá en la pampa.
-Fue una trifulca durísima en la cual acuchillé sin piedad a Umbral porque él se metió conmigo, evidentemente. Pero ya se resolvió: nos dimos la mano, nos llevamos muy bien y no hay ningún problema. A Umbral se lo contaron mal. Yo dije que Borges (muy presente en mis libros) era un escritor inmenso, pero como persona era absolutamente intratable y esnob. Y lo dije, pero distinguiendo entre persona y obra. Y aquí lo mezclaron...
-En Estados Unidos se le considera a usted un «buen» escritor. En Francia, el presidente de la República le nombra Caballero...
-...Etcétera, etcétera, etcétera.
-¿Aquí no se entiende su obra?
-¡Sí se entiende! Si me leen y me acaban de nombrar académico, se supone que se me entiende. Lo que pasa es que hace una década, cuando empecé, no estaba de moda contar historias. Entonces el modelo era Faulkner, la literatura que no cuenta cosas. Y se decía que la literatura tenía que ser profunda, incomprensible, exquisita y de pocos lectores. Y que si la leía mucha gente eso no era literatura. Yo dije que no, que la literatura tenía que ser al mismo tiempo profunda y entretenida, con trampas al lector. Intenté siempre combinar esas cosas y al principio no lo entendían; me ignoraban y después me sacudían. Ahora la gente me acoge muy bien y críticos que me denostaban se han templado bastante. Ya no tengo cuentas especiales que saldar.
-¿Sigue pensando que el analfabetismo de los críticos ha hecho mucho daño? ¿A usted también?
-A mí no, en general porque apartó muchos lectores. Mire, José Luis Sampedro escribió «La vieja sirena» y me dijo un día: «¿Sabes qué ha ocurrido? Yo he pasado la vida leyendo a Jenofonte, a Tucídides, a Tito Livio y un crítico dice que en mi novela se ve la influencia de «Sinué el egipcio». Claro, ese crítico sólo ha leído «Sinué el egipcio» y me está juzgando el libro según su limitado conocimiento de la literatura». No puedes juzgar «El nombre de la rosa» si no eres un tipo que ha leído mucho; no puedes juzgar «El club Dumas» si no eres un tipo que conoce bien esa literatura. Y a eso me refería. A veces ha habido críticos con poca preparación cultural o cuya memoria cultural empezaba en Kundera o en los libros de ayer . Y eso hizo mucho daño. Pero afortunadamente también pasó.
-Usted logró ayer algo inaudito: que la gente se plantara ayer ante la RAE con pancartas del estilo: «Algo huele a podrido en la Academia».
-Hombre, la gente no. Fueron exactamente once, que yo creo que eran familiares, además, porque iban todos juntos. Eso fue una anécdota absolutamente irrelevante. Por lo menos me hicieron comprender que hay once personas que no me leen, con lo cual eso es una cura de humildad. Tiene gracia esto porque me dijo Víctor García de la Concha que hasta acudió la Policía, por si acaso. Y que el oficial le dijo: «Mire usted, don Víctor, yo soy lector de Alatriste, ¿les echo a la tropa?» A lo que Víctor respondió: «¡No, no, no, por Dios! Déjelo, déjelo...»
-Ya sólo le faltan los premio de la Crítica y Nacional de Literatura.
-No, no me faltan. Mi premio es ir en el metro, en un avión, viajar a México o llegar a Nueva York y comprobar que la gente está leyendo mis libros. Lo otro va por añadidura.
-¿Por qué el público español ningunea a los clásicos?
-Es que los hemos aburrido. Por ejemplo, en Francia la gente sí va a ver cine francés. ¿Por qué? Porque hacen cine interesante, cuentan historias, recuperan clásicos mezclados con los modernos y ese es el futuro.
-Allí dedican tres días de homenaje a Dumas mientras aquí se deshuesan cadáveres exquisitos una vez muertos y bien muertos.
-Naturalmente, allí no reniegan del pasado y lo adaptan al presente. En España hace diez o quince años nadie leía. Y gracias a Marsé, a Muñoz Molina, a Sampedro, a Gala, a Terenci... a gente que está hoy denostada y otros no, se ha conservado el hilo conductor y las historias. Y ahora hay una eclosión de gente que cuenta historias, desde Cercas a Zafón. Mire, un escritor que escribe 500 páginas sobre lo amarga que es su vida en el café, sobre el polvo que echó o no echó, no puede pretender que eso lo quieran leer 400.000 personas.
-Usted ha sido reportero de guerra desde principios de los setenta hasta mediados de los noventa. ¿Por qué lo dejó?
-Porque estaba cansado. Porque llené la mochila y ya tenía cosas que contar. Tenía una visión del mundo que no podía resolverla en minuto y medio de telediario o en un folio. Necesitaba reflexión, tranquilidad y muchas páginas para contar esas historias. Yo escribo novelas con el punto de vista que me dejó la vida. He navegado mucho, he estado casi tres décadas en países en guerra, he estado solo y mis novelas no las escribo con lo que me han contado sino con lo que he vivido. Yo no soy Alatriste, pero mis personajes ven el mundo como yo lo veo.
- ¿«Territorio comanche» era una «vendetta» contra alguien?
- Contra mí. Yo era un mercenario honesto, pero un mercenario. Yo era un hijo de puta que trabajaba en la guerra durante más de veinte años. Y ese libro era un ajuste de cuentas con mi propia memoria y con mi vida. Pero tampoco hablaba mal de la gente. Los que estaban en ese mundo lo entendieron muy bien; los que no estaban en ese mundo fueron los que no lo entendieron. Alfonso Rojo, Leguineche... Las viejas putas del oficio lo entendieron todo perfectamente y nadie se molestó.
- Usted disfruta con la jácara, los rufianes de la época, con el quinto Alatriste, ¿No le domesticarán ahora, como le advirtió otro lector?
- Ya soy muy viejo para que me domestiquen. Tengo una ventaja importante. No debo nada a nadie más que a mis amigos. Cuando estaba solo estaba solo y eso me ha hecho muy libre. Desde esa libertad puedo elogiar libremente a quien quiero elogiar y puedo callar frente a quien quiero callar. Y en la Academia no me van a cambiar por eso, ni pretenden cambiarme. Soy uno de los pocos hombres libres que conozco.
- ¿Quién le cuida de sus enemigos?
- De esos me ocupo en mis novelas. Yo he vivido mucho en territorio comanche -incluso literariamente- y siempre desconfié de las palmadas y de los abrazos, porque cuando te abrazan te buscan para clavarte el puñal.
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