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J. M. Nieves

?La gravedad volver? a detener a la nube y la atraer? definitivamente hacia su destino final?

Javier Cortijo

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Jos? Luis Orihuela

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Lituania. Vilna y la Colina de las Cruces

Stebuklas». Es en el centro de la plaza de la Catedral de Vilna y su torre campanario donde los lituanos muestran con orgullo el acontecimiento histórico que rescató del olvido soviético a esta

Actualizado 24/12/2006 - 10:31:59
Stebuklas». Es en el centro de la plaza de la Catedral de Vilna y su torre campanario donde los lituanos muestran con orgullo el acontecimiento histórico que rescató del olvido soviético a esta ciudad. «Stebuklas» («Milagro»), puede leerse con letras de colores en una baldosa, punto final de la cadena de dos millones de personas que unió un 23 de agosto de 1989 -cincuenta aniversario del pacto Molotov-Ribbentropp- las capitales bálticas, Tallin (Estonia), Riga (Letonia) y Vilna (Lituania). El objetivo: la independencia.
El milagro llegó, y alejado para siempre el fantasma comunista, la capital de Lituania (unos 542.000 habitantes) se asoma al prismático viajero con el brío de los nuevos tiempos -será Capital Europea de la Cultura en 2009 junto a la ciudad austriaca de Linz-, y el empuje de una ciudad en construcción que se prepara para dejar de ser «el secreto mejor guardado de Europa», según remarca una prestigiosa guía, y convertirse en uno de los destinos de referencia de los operadores turísticos y las compañías aéreas de bajo coste. Una nueva Praga. Elegancia, historia, belleza y precios asequibles.
El terror del KGB
Tiempos nuevos pero sin perder de vista los días en los que Vilna (Vilnius en lituano) fue testigo del horror europeo. Fue aquí donde Napoleón enterró a 80.000 de sus hombres tras arrasarla en su retirada de Rusia, donde su otrora rica comunidad judía -fue considerada «la Jerusalén del Norte»- quedó reducida a 600 personas tras el paso de la bota nazi, y donde las represiones soviéticas quedan plasmadas en el Museo de las víctimas del genocidio de Lituania, antiguo edificio del Comité para la Seguridad del Estado soviético, el temido KGB.
Para empezar, dejémonos llevar por las sinuosas calles del «senamiestis» o ciudad vieja, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1994, que con sus más de cuarenta iglesias de distintos estilos arquitectónicos, desde el gótico flamígero hasta el barroco pasando por el clásico, nos descubre el paso de la huella cristiana en esta tierra de profundas raíces paganas. No en vano el imponente edificio neoclásico de la catedral católica se levanta en la misma zona donde hasta el siglo XIII se dedicaba un templo a Perkunas, dios del trueno de la mitología lituana.
En los aledaños de la catedral, el viajero se topa con otro de los síntomas de la modernidad que recorren Europa: las obras. Y es que los fondos de la Unión Europea han insuflado las arcas gubernamentales con millones de euros que convertidos en «litas» sufragan proyectos de reconstrucción y desarrollo con el objetivo de que Vilna recupere el tiempo perdido. Uno de los ejemplos, el antiguo Palacio Real, demolido en la ocupación rusa de 1795, es reconstruido con esmero «ladrillo a ladrillo» para que renazca de sus cenizas el 6 de julio de 2009, fecha que conmemora el milenio de la primera mención de Lituania en textos.
La calle Pilies es el centro bullicioso del casco viejo. Sus terrazas en verano y los fogones de sus restaurantes en invierno se confunden con los tonos pastel de sus edificios y el andar parsimonioso del turista a la caza del souvenir. Cerca, algunas de las visitas obligadas: la iglesia de Santa Ana, construida con 33 variedades de ladrillo rojo, que cautivó a Napoleón hasta el punto de que quiso llevársela a París; la plaza del antiguo Ayuntamiento; el Palacio Presidencial; la Universidad, fundada por los jesuitas en 1579 como faro de la Contrarreforma, y cuyos laberínticos patios y edificios albergan a 22.500 estudiantes; o el Museo del Ámbar, resina conocida como «el oro báltico».
La iglesia de Santa Teresa, en honor a nuestra «sabia, erudita y abulense», en Ausros Vartu, es otro ejemplo del estilo barroco que impera en la mayor parte del casco antiguo de la ciudad.
Gedimino Prospektas es la avenida principal de la ciudad, y claro exponente de la nueva Vilna que se construye a marchas forzadas. Sus 1.750 metros conectan la catedral católica con la Seimas, sede del Parlamento lituano, donde en los albores de la independencia en 1991 se levantó una barricada para su defensa de las tropas soviéticas. Todavía se conserva un fragmento con el retrato de las personas que perdieron la vida en su empeño por defender la torre de la televisión.
Compitiendo con Harrods o GUM
En este bulevar se cobijan las tiendas más elegantes de la ciudad (los precios como en España), los locales nocturnos más «chic», los edificios administrativos de la ciudad y el antiguo edificio del KGB (también lo fue de la Gestapo durante la ocupación nazi).
Para 2007 está proyectada la apertura de un centro comercial de alto caché que tratará de rivalizar con el Harrods londinense o la GUM moscovita después de una inversión millonaria. Vilna no ha sido ajena al «boom» del capitalismo y el consumismo, cuyo parangón se refleja en la sorprendente cantidad de vehículos de lujo y limusinas que circulan por sus avenidas.
Fiel reflejo del vaivén histórico que ha sufrido Lituania, esta gran avenida tuvo hasta once nombres distintos. Los zares la llamaron San Jorge tras su conquista, los polacos Mickiewicz y los soviéticos primero Stalin y después Lenin. Finalmente se quedó con Gedimino, gran duque lituano que ideó la construcción de esta ciudad en 1320 después de soñar con «un lobo que aullaba por cien», augurio de fortuna.
La Colina de las Cruces -cerca de la ciudad de Siauliai, a tres horas de Vilna- se erige como «el símbolo de la fe invencible, de la esperanza y del sufrimiento del pueblo lituano». Se trata de una colina sembrada de innumerables cruces que ha simbolizado la resistencia del pueblo lituano, sobre todo contra el poder soviético. Aunque existen restos arqueológicos que datan su relevancia desde el siglo XIV.
A principio del siglo XX ya había un centenar de cruces. Durante los años de la URSS, esta enigmática loma se convirtió en escenario de una batalla «simbólica». En 1961, por primera vez, las fuerzas comunistas consiguieron arrasarla y este proceso continuó durante dos décadas, pero la Colina de las Cruces siempre renacía de los escombros después de cada ataque y con mayor fuerza si cabe. En septiembre de 1993, el Papa Juan Pablo II bendijo desde este lugar al incipiente estado lituano y a la nueva Europa poscomunista. «Aquí venimos en los momentos de alegría y tristeza. Llenos de esperanza, amor y mucha fe», explica un cartel. «Stebuklas» («Milagro»).
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