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Fernán-Gómez, en su silla y los demás, en el reclinatorio

E. RODRÍGUEZ MARCHANTESAN SEBASTIÁN. El cine tiene ciertos recortes e

Actualizado 24/09/2006 - 02:45:56
E. RODRÍGUEZ MARCHANTE
SAN SEBASTIÁN. El cine tiene ciertos recortes e inconvenientes con respecto a la vida real, sí, pero también en ocasiones ofrece grandes ventajas. Y la película «La silla de Fernando» es una de ellas, un auténtico chollo: se puede estar en el medio de una conversación (en realidad, un monólogo) de Fernando Fernán- Gómez sin correr el riesgo de ser el blanco de su ira, y disfrutar, reírse, reflexionar y hasta discrepar sin temor al venablo de su mirada o al arpón de su lengua; se le puede, incluso, admirar sin que él lo note, pues, como es sabido, tiene auténtica aversión a que le anden admirando a su alrededor. La película no es, como se podría pensar por su título, sobre la silla de Fernán-Gómez, aunque sí es cierto que mientras lucubra y ofrece vivaces y atornasoladas respuestas a los directores de «La silla...», Luis Alegre y David Trueba, él no mueve más músculos que los de su cara y los del recuerdo.
Los monólogos de Fernán-Gómez sólo se interrumpen por un gesto levísimo en su boca prieta parecido a la Chunga y por unos intercalados flamencos (¿?); la hora y media vuela entre las risas de uno y las disquisiciones de él, que, tras la obligada cita con eso tan actual que es la «memoria histórica», se centran en asuntos fabulosos y de los que tiene las ideas sumamente confusas, como las mujeres («salir» con ellas), la noche, la belleza, el alcohol (el whisky, en realidad), el lujo..., el lujo es realmente asistir sin el peligro de la cercanía a semejante caudal de ironía, de juicios y regates a lo vulgar, a lo manido, de ideas frescas envueltas en una calculada ingenuidad. «La silla de Fernando» la consideran sus autores una «película-conversación», pero es en realidad un manual de estilo, el de la lógica mordaz de Fernán- Gómez.
Poco hay para otros si está este hombre genial y bien cultivado (aunque él aluda a la fertilidad de Borges), pero hay que señalar que las dos películas a competición que se proyectaron ayer fueron interesantes, la argentina «El camino de San Diego», de Carlos Sorín, y la titulada «Forever», de la documentalista peruana Heddy Honigmann. Ambas traían como un relente original, algo que no se suele dar al tiempo que lo cercano y lo humilde (la originalidad y la petulancia suelen ser siameses).
Lo de Sorín («Historias mínimas», «Bombón, «El perro») es un canto a la cordialidad, a la bondad y narra la peripecia de un hombre muy, muy ingenuo y llano que adora a Maradona y emprende un viaje por toda Argentina para irlo a ver a Buenos Aires cuando estuvo a punto de reventar por su pasión por los excesos. El humor más blanco está desparramado por la película, e inevitablemente le inocula algo a cualquiera: se sale de «El camino de San Diego» con mucha menos mezquindad que con la que se entró.
«Forever» es un paseo lleno de buen gusto y excelente acompañamiento musical por el cementerio de Père-Lachaise de París, donde está enterrado Jim Morrison, al que se sobrevuela con cierta sorna y pararse en otros grandes vecinos, Chopin, Proust, Apollinaire, María Callas, Ingres... Al cabo de verla, uno se da cuenta de que ha hecho mucho más que ahorrarse una visita turística al cementerio.
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