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Unamuno, o la gracia resistida

España es una gran exportadora de aceite, vinos, naranjas... y energúmenos. Empleo esta palabra sin la más leve descalificación peyorativa: en su etimológico sentido de seres dotados de grandes

Actualizado 24/05/2009 - 02:48:35
España es una gran exportadora de aceite, vinos, naranjas... y energúmenos. Empleo esta palabra sin la más leve descalificación peyorativa: en su etimológico sentido de seres dotados de grandes chorros de energías. A nuestros escritores y filósofos, con simples armas intelectuales les cuesta trabajo abrirse paso hacia la universalidad. A nosotros en el mercado internacional nos piden «hombres». «Manolete» ha sido nuestra máxima exportación reciente. Por eso nuestros escritores, para interesar en el mundo, han de parecerse a «Manolete» lo más posible: quiero decir que han de estar cargados, ante todo, de valores patéticos y personales. Así, sobre todo, don Miguel de Unamuno, que por su centelleante humanidad agónica y paradójica, se anticipó a ser una vacación de racionalidad, cuando los libros europeos eran todavía tan racionalistas.
Por eso, por ser «el hombre» lo que se busca en él y no el filósofo, ni el novelista, ni el dramaturgo, toda Europa y América andan a la caza de sus cartas íntimas, donde, casi más vivamente que en su lírica, se perpetúa lo que más interesa de él, que es él mismo. A don Miguel no le quieren oír ideas o frases; le quieren oír suspiros, «tacos» o rabietas. Y todo esto es más fácil de encontrar en una carta que en un ensayo filosófico. Ahora, en la «Revista de la Universidad de Buenos Aires», el doctor Hernán Benítez publica el que, a mi juicio, va a ser el mayor tesoro epistolar de don Miguel: sus cartas al bilbaíno Jiménez Ilundain.
En la tertulia de fin de siglo, Ilundain, que pronto había de trasladarse a París, representa el espíritu plenamente ganado por el agnosticismo ateo de la hora. Su correspondencia con don Miguel se plantea en este plano y con una lógica absoluta. Don Miguel tampoco es creyente ortodoxo, pero es cristiano místico. Ilundian le reprocha esto como una inconsecuencia y mal negocio. Ilundain, con rapidez lógica de hombre de negocios, le viene a replicar a Unamuno que al margen del dogma no hay más lógica que la del paganismo, ni más Santo Padre que el viejo Anacreonte, que amarraba con rosas los minutos fugaces de la vida. No vale la pena de prescindir de la fe para imponerse las incomodidades y ascetismos que Unamuno se imponía a nombre de una verdad personal y problemática.
Frente a esta paganía de Ilundain, que ni siquiera tiene la compensación de una riente exposición a lo Valera, don Miguel se coloca, desde el primer momento, en un plano de verdadero director espiritual. Sus cartas no son de pura prosa especulativa; son activas, apostólicas. Más que exponer ideas, recomiendan un plan de vida: le aconseja que lea el Evangelio continuamente; le envía su «meditación» titulada «El reinado social de Jesús»; le propone que, como a él, aun sin fe, se ajuste a ciertas prácticas religiosas de su niñez creyente; que entre sí; que rece... No habría más que cambiar una veintena de palabras para que sus cartas fuesen definitivamente las de cualquier cura, las de cualquier confesor.
¿Qué es lo que interceptaba entonces la pronunciación de esas veinte palabras que hubieran metido en orden y perfil aquel ímpetu apostólico? «La Iglesia Católica -escribe don Miguel- no es, en gran parte, más que un monstruoso compromiso entre dos fuerzas que se destruyen: el Derecho Romano y el Evangelio.» Ése es todo el nudo de su objeción paralizante. Él ve en el Evangelio una construcción pura de justicia, no de ley; de gracia, no de derecho. Y luego en la civilización cristiana, cree ver al Evangelio metido en un organismo romanista e impuro de derechos y leyes. Es ésta su desilusión. Postura deshumanizada de «místico puro», de puritano angélico.
Pero acaso esa interrogación fue duramente acallada, de una vez para siempre, en aquel episodio juvenil que relata en la «carta segunda», verdadera joya autobiográfica de valor inestimable. Siendo «casi un niño», al volver de comulgar, don Miguel se decide a abrir el Evangelio al azar y poner el dedo sobre un versillo. Le sale aquel que dice: «Id y predicad el Evangelio por todas las naciones.» Don Miguel se estremece. ¿Deberá hacerse sacerdote? «Pero ya entonces -dice- como estaba en relaciones con la que hoy es mi mujer, decidí tentar de nuevo y pedir aclaraciones.» Abro otra vez el Evangelio al volver de comulgar y le sale el versillo 27, del capítulo IX de San Juan: «Ya os lo he dicho y no habéis atendido, ¿por qué lo queréis oír otra vez?»... Don Miguel termina su relación: «En mucho tiempo repercutió la sentencia en mi interior y el recuerdo de aquellas palabras me ha seguido para siempre.»
Quizás está en ese inestimable pasaje epistolar, mejor que en todos sus libros, la explicación de la vida y angustia de Unamuno. Siempre dio la impresión de un cura laico: desde su traje y su honestidad de conducta hasta esas cartas de director espiritual.
JOSÉ MARÍA PEMÁN
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