José María Aznar tiene por delante una semana de intenso trabajo para tratar de allanar el camino a una nueva resolución del Consejo de Seguridad que podría dar luz verde a una intervención militar en Irak. Después de abrir ayer una nueva ronda de contactos telefónicos con los países árabes, al presidente del Gobierno se le presenta por delante un auténtico Tourmalet, en el almuerzo que mantendrá el miércoles próximo con Jacques Chirac, en París. George Bush ha encomendado a su fiel amigo y aliado que intente la toma del Elíseo para que los franceses recapaciten y dejen de amenazar con el veto a la anunciada resolución. A pesar de las dificultades de la misión, en la coalición que apoya a Bush hay la impresión de que algunos están «recomponiendo la figura», como han apuntado fuentes próximas a Aznar. Lo mejor será que, tras ese puerto de categoría especial, al jefe del Ejecutivo le espera un firme más llano y llevadero: un encuentro de un par de días con Tony Blair, con quien habla un día sí y otro no, y con quien coincide punto por punto en los planteamientos ante la crisis de Irak. Aún queda por delante un terreno sinuoso y vientos peligrosos, tan peligrosos como la zona de turbulencias que atravesó el avión de la Fuerza Aérea Española que traía a Aznar de regreso a Madrid, tras su visita al rancho de Bush. La agitación fue tal que el presidente del Gobierno que, en ese momento, iba en el pasillo conversando informalmente con los periodistas enviados especial a ese viaje, tuvo que agacharse hasta casi tocar el suelo y sentarse después en el primer asiento que encontró a mano. Pasado el susto, comentó con humor: «Esto es una demostración de que el mal existe».



