
ÁNGEL DE ANTONIO Edificio de Leganés en el que se suicidaron los siete terroristas
La cabeza de uno de siete suicidas quedó reducida a un amasijo de carne, piel, dientes, cemento y tierra por la explosión de la goma-2 que los criminales tenían en Leganés
El primer dato que les hizo pensar que se trataba de una cabeza fue el hallazgo de restos de cuero cabelludo mientras lavaban la masa informe
TEXTO: DOLORES MARTÍNEZ
MADRID. La cabeza del argelino Allekema Lamari era un amasijo de carne, piel, dientes, cemento y tierra. A esto redujo el terrorista del 11-M su cuerpo con la explosión que, junto a otros seis criminales, provocó el 3 de abril de 2004 en el piso de la calle Carmen Martín Gaite en Leganés. Este «saco de nueces» -así llaman los expertos en Policía Científica a una masa de restos informes- quedó plantado, por efecto de la onda expansiva de kilos y kilos de goma-2, en lo alto de un montículo de escombros.
Cinco meses después de la recuperación de este resto, el único que se localizó del argelino, dos mujeres -una médico y una antropóloga- consiguieron modelar la amalgama y poner nombre al medio rostro que fue apareciendo poco a poco. El trabajo que realizaron fue doblemente excepcional: dieron el primer paso en la identificación del séptimo suicida, una incógnita que urgía despejar, y, además, era la primera vez que conseguían reconstruir de forma real -las anteriores fueron con ayuda del ordenador- una cabeza.
Con la naturalidad que dan diez años de experiencia en Policía Científica y con el dolor que aún sienten al traer a su memoria las jornadas que siguieron al 11-M, las dos especialistas de la Unidad de Antropología Forense reconstruyen ahora, y por primera vez lo dan a conocer, el día en el que descubrieron un rostro que luego sería identificado, junto a las pruebas de ADN, como el de Allekema Lamari.
Fue el 15 de septiembre de 2004. A primera hora de la mañana ambas llegaron al Instituto Anatómico Forense. Llevaban en una cartera un oficio de la Comisaría General de Información que reclamaba un estudio antropométrico de lo que parecía un resto humano, naturalmente sin identificar, y que podría corresponder a uno de los terroristas suicidas de Leganés. Carmen Baladía, directora del Instituto Anatómico, como siempre, les abrió las puertas y les facilitó en todo el momento el trabajo. Luego, las dos se pusieron manos a la obra.
«Masa informe»
Llegaron a la cámara frigorífica. En una nevera, con el rótulo «R-11-M», se guardaba envuelto en una bolsa gris el resto humano que tenían que analizar. El primer golpe de vista no les despertó optimismo alguno. Pero siguiendo la máxima de la unidad de que «menos resucitar a los muertos, intentamos ser capaces de todo», colocaron la «masa informe» sobre la mesa de autopsias cuya superficie de acero inoxidable termina en un fregadero. Cubiertas con batas desechables, calzas y mascarilla, cogieron entre sus manos protegidas con guantes de latex el restohumano. Lo colocaron debajo del grifo y fueron lavándolo con cuidado extremo para evitar pérdidas de piel. Así, lentamente, con la ayuda del agua, desprendieron de la masa de carne las partículas de tierra y cemento que tenía incrustadas. En ningún momento utilizaron pinzas, pues para una operación de estas características el mejor instrumental son los dedos. Mientras realizaban la delicada labor, otro técnico de la Unidad de Antropología Forense, también mujer, fue fotografiando cada uno de los episodios.
Cuero cabelludo y dientes
Con la «masa informe» aún debajo del grifo detectaron el primer elemento que les hizo pensar que lo que estaban lavando era una cabeza. Así, en el resto humano practicamente limpio ya del jaspeado de cemento y tierra que lo cubría descubrieron un fragmento de cuero cabelludo, al que siguieron otros de dientes incrustados en la carne como si fueran clavos.
Las dos especialistas tenían ya razones para el optimismo y más aún cuando, después de separar diferentes tejidos, encontraron una oreja, la derecha. No se trataba de un hallazgo cualquiera, pues la oreja, además de ser un elemento clave de identificación, la emplearon como eje para la reconstrucción de la parte derecha de la cabeza, ya que la izquierda se había hecho fosfatina en la explosión.
Pero no terminaron ahí los descubrimientos. Analizando y analizando dieron con un colgajo de piel, también del lado derecho de la cara, que unido a la oreja, fue el punto de partida que utilizaron las dos especialistas de Antropología Forense para modelar parte de lo que ya podía ser la cabeza del terrorista. Así, por una de las cavidades introdujeron papeles y algodones que, haciendo las veces de músculos, dieron forma a parte del rostro. En esos momentos no tuvieron tiempo para intercambiarse palabras de satisfacción, sino que todas las emplearon para seguir avanzando en la investigación, movidas por el deseo de aportar a sus compañeros del servicio de Información un dato clave en las indagaciones del mayor atentado cometido en la historia de España.
Un lunar y una cicatriz
Durante el modelaje, y conforme fueron rellenando la piel con los algodones y papeles, descubrieron en la frente de la cabeza una pequeña mancha azul. En un primer momento pensaron que podría ser un hematoma. Lo analizaron y comprobaron que en su cara interna no había resto de sangre, por lo tanto se trataba de una formación lenticular hiperpigmentada, es decir, un lunar azulado, próximo a una pequeña cicatriz. Hallaron, pues, otros dos elementos que, sumados a la oreja, podían llevarles al cien por ciento a la identificación del terrorista siempre y cuando en los archivos policiales hubiera fotografías de él para el cotejo.
Aquel día, el 15 de septiembre de 2004, las dos especialistas de la Unidad de Antropología Forense sólo sabían que sus compañeros del Servicio de Información querían poner nombre a aquel resto humano cuyo ADN no correspondía con el de ninguno de los otros seis terroristas de Leganés y tampoco casaba con ningún otro fragmento recuperado de entre los escombros. También ignoraban que en ese momento parte de las sospechas sobre el que fue llamado «séptimo suicida» se centraban en Allekema Lamari, de quien sí había reseña fotográfica en los archivos policiales: la que le tomaron en 1997 cuando fue detenido en Valencia por formar parte del grupo terrorista argelino GIA.
Ajenas a estas sospechas, las dos especialistas no dieron por terminado su trabajo en el Instituto Anatómico Forense pese haber conseguido ya reconstruir la parte derecha de la cabeza y detectado tres elementos clave para una identificación: la oreja, la cicatriz y el lunar azul, una imperfección de la piel nada común. Así pues, el siguiente objetivo eran los dientes. Los extrajeron uno a uno de entre la «masa informe» y reconstruyeron las dos arcadas dentarias, la inferior y la superior. En primer lugar colocaron los incisivos, seguidos de los caninos, premolares y molares. En total pusieron en su sitio diecinueve dientes de los treinta y dos que tenemos los humanos. Del análisis a simple vista de la dentadura se desprendía que el «séptimo suicida» no tenía una mínima higiene dental.
Todo este impresionante trabajo lo realizaron en la mañana del 15 de septiembre de 2004. Concluida la misión, volvieron a guardar la parte de cabeza reconstuida en la nevera y ésta en la cámara frigorífica, donde aún permanece. Ya de regreso al centro policial de Canillas, donde la Comisaría General de Policía Científica tiene su sede, junto a la satisfacción por los logros conseguidosplaneaba una duda: ¿Habrá en los archivos policiales una reseña fotográfica con la que comparar la cabeza?
Antes de que esta pregunta tuviera respuesta, las dos especialistas recibieron de antemano la felicitación de sus jefes y compañeros por haber conseguido dar forma al «saco de nueces». Sus descubrimientos quedaron plasmados, además de las fotografías de su trabajo, en un informe. No obstante, en la Unidad de Antropología Forense no se dejaron llevar por la euforia porque aún quedaban otras pruebas. La principal, el cotejo de los datos obtenidos con el retrato del sospechoso que tenían los compañeros del Servicio de Información.
Quince puntos de similitud
La espera las mantuvo en vilo. Pero al final llegó. Días después, recibieron una reseña policial que, fechada el 6 de abril de 1997, recogía tres fotografías: una de frente, otra de perfil derecho y la última de semiperfil. Bajo ellas un nombre, Allekema Lamari. Nada más echarles un vistazo les sorprendió que tanto la inserción de cuero cabelludo como la oreja fueran tan similares a las de la cabeza que ellas habían reconstruido. Pidieron, entonces, que les aumentaran el tamaño de las fotografías para hacer una observación más detallada. Llegada la ampliación, no sólo ellas, sino también otros especialistas de la Unidad de Antropología Forense, advirtieron quince puntos de similitud entre la oreja del individuo que aparecía en la reseña policial y la de la cabeza modelada. Y un dato crucial: ningún punto era discrepante. Además, en el aumento fotográfico se apreciaban perfectamente el lunar azul y la pequeña cicatriz que la cabeza recuperada tenía en la frente, amén del perfil y la estructura de la barba.
Ya no había margen para la duda, pero Miguel Ángel Santano, comisario general de Policía Científica, no quiso dar por cerrado el caso hasta que el ADN de la cabeza fuera cotejado con los de Mohamed y Teldja, padres de Allekema Lamari. Para ello, dos inspectores se trasladaron a Argelia para recoger las muestras. Los resultados también fueron positivos. Gracias a ambas investigaciones se puso por fin nombre al amasijo de carne, piel, dientes, cemento y tierra en el que el terrorista convirtió su cuerpo tras la explosión de Leganés. En ella, los criminales también acabaron con la vida del Geo Francisco Javier Torronteras, un nombre que sus compañeros de Policía Científica no quieren que quede en el olvido.



