SAN SEBASTIÁN. Puesto que ayer era el día de Coppola, lo propio hubiera sido no ver más películas que los «Padrinos», del uno al tres. Pero la sección competitiva del Festival tenía otros propósitos, otras tres películas que no se parecían ni por los forros a la obra maestra de Coppola. Una francesa, «La vida prometida»; una rusa, «El amante», y una neozelandesa, «Whale rider». Del mismo modo que con la trilogía de «El padrino» nadie se acaba de poner de acuerdo sobre cuál de ellas es la mejor, con las tres películas ayer a competición tampoco hubo acuerdo total sobre cuál era la peor. A mi modo de ver, la francesa no tenía rival: completamente impotable. Ni siquiera una actriz tan poco rutinaria como Isabelle Huppert podía sujetar una historia tan pretenciosa y tontorrona como la que firma Olivier Dahan. Las correrías absurdas del personaje de Huppert, unas veces prostituta, otras madre coraje, otras enferma mental y otras sencillamente cháchara de guionista dulzón, dejan de tener interés casi antes de que terminen de salir los títulos de crédito.
La película rusa, dirigida por Valery Todorovsky, tenía algo más de carne, pero en lo fundamental no dejaba de ser un hueso duro de roer. El asunto está más sobado que la barra del Metro y consiste en el amargo descubrimiento que hace un hombre cuando su esposa muere repentinamente: tenía un amante. A partir de entonces, el ruso Todorovsky conduce su historia hasta el descubrimiento paulatino de los dos hombres, y tal, y tal, y tal. Tiene algún golpe de gracia, apoyado en ese viejo concepto de que el marido es siempre el último en saberlo, pero es de esas películas que la mayor alegría que te dan es cuando sale la palabra «Fin». En cuanto a la neozelandesa, que tampoco se parece a ningún «Padrino», trataba de las viejas y antiguas leyendas maoríes, el respeto por su cultura y los equilibrios que ha de hacer una chiquilla para no dejarse aplastar por el peso de unas tradiciones que menosprecian lo femenino. La directora Niki Caro se vuelca en esta historia bienintencionada y hermosa, con las metáforas crepitando en la pantalla como maní en la sartén. Y esto es lo que hubo y lo que tapó la enorme e imponente presencia de Coppola. Habrá que esperar a hoy, que se proyecta la película del director Fernando León, «Los lunes al sol», para ver si la sección competitiva se tensa un algo.
La película rusa, dirigida por Valery Todorovsky, tenía algo más de carne, pero en lo fundamental no dejaba de ser un hueso duro de roer. El asunto está más sobado que la barra del Metro y consiste en el amargo descubrimiento que hace un hombre cuando su esposa muere repentinamente: tenía un amante. A partir de entonces, el ruso Todorovsky conduce su historia hasta el descubrimiento paulatino de los dos hombres, y tal, y tal, y tal. Tiene algún golpe de gracia, apoyado en ese viejo concepto de que el marido es siempre el último en saberlo, pero es de esas películas que la mayor alegría que te dan es cuando sale la palabra «Fin». En cuanto a la neozelandesa, que tampoco se parece a ningún «Padrino», trataba de las viejas y antiguas leyendas maoríes, el respeto por su cultura y los equilibrios que ha de hacer una chiquilla para no dejarse aplastar por el peso de unas tradiciones que menosprecian lo femenino. La directora Niki Caro se vuelca en esta historia bienintencionada y hermosa, con las metáforas crepitando en la pantalla como maní en la sartén. Y esto es lo que hubo y lo que tapó la enorme e imponente presencia de Coppola. Habrá que esperar a hoy, que se proyecta la película del director Fernando León, «Los lunes al sol», para ver si la sección competitiva se tensa un algo.



