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La fe que grita en el silencio

POR JESÚS BASTANTEMADRID. «Creedme, a mí me sorprende que el Señor me haya elegido con tanta predilección y me haya concedido la gracia de poder entender, desde la fe, la autenticidad en todo lo que

Actualizado 23/06/2007 - 02:50:21
POR JESÚS BASTANTE
MADRID. «Creedme, a mí me sorprende que el Señor me haya elegido con tanta predilección y me haya concedido la gracia de poder entender, desde la fe, la autenticidad en todo lo que me rodea, valorar lo pequeño, lo que no se ve en un ser humano exteriormente». Así define su vocación Daniel Martí Mocholí, uno de los pocos ermitaños que aún hoy existen en la Iglesia católica, apenas media docena en nuestro país.
Reside en algún punto de la diócesis de Valencia, y hace unos años obtuvo la licencia de su arzobispo para llevar una vida de oración y distanciamiento del mundo, en silencio, sin apenas contacto con el exterior. La vida eremítica, muy en boga durante el primer milenio de la Iglesia, fue disuelta por el Concilio de Trento, aunque el Vaticano II concedió el reconocimiento a «los hermanos del Desierto», como se define fray Daniel.
La oración en lo secreto
Ahora, con motivo de la jornada «Pro Orantibus», que la Iglesia dedica a los religiosos contemplativos (unos 11.500, que residen en 905 monasterios de clausura -39 masculinos y 866 femeninos-, enfrascados en la oración por la salvación de todas las almas), ha aceptado hablar de su vocación. «La oración de un ermitaño -nos cuenta- no sólo se esconde en su celda, sino en el conjunto de su vida, que sin duda, se desarrolla día a día en lo secreto».
El día a día de fray Daniel discurre entre su trabajo como artesano, «imprescindible para vivir», el rezo de las horas canónicas, el aseo de la ermita y sus entornos, y «una soledad absoluta», asumida como voto personal, que permite al eremita «una relación de familiaridad continua con el Señor».
No es preciso nada más. «Las luces -observa el religioso-, a veces excesivas, que alumbran las noches nos deslumbran porque no nos interesa lo que no se ve. Quizás también nos asusta la austeridad de la noche». Tal vez por ello a la gran mayoría de cristianos «nos asusta la vida de oración, porque sólo valoramos lo que se ve», añade.
El ejemplo de este eremita bien sirve para mostrar, como resalta la Conferencia Episcopal en su mensaje a los contemplativos, que «Dios nos dirige su palabra, y también nos dirige su silencio». Un lenguaje, el del místico, que durante siglos conformó la vida religiosa y que hoy se ve reflejado en tantos hombres y mujeres cuya vocación les lleva a «apartarse» del mundo.
«Los contemplativos escuchan esta Palabra -señala el obispo de Jaca y religioso franciscano, Jesús Sanz-. Es la Palabra de Dios, que nos testimonia desde su silencio, tan lleno de susurro divino, que se hace elocuente para quien quiera escuchar. Benditos ellos, que han sido llamados a guardar en el corazón lo que Dios nos dice... y lo que nos calla».
La contemplación como opción de vida «goza de buena salud en la Iglesia», asegura el abad de Montserrat, Josep María Soler, quien indica que, dentro de la crisis vocacional, el descenso «es menor» en el caso de la clausura. El benedictino opina que «muchos no entienden el estilo de esta vida, les parece que no es útil para la construcción del Reino y de la sociedad. Pero los contemplativos responden a una vocación, en comunión con los demás, y en diálogo con Dios».
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