
Conforme a lo previsible. Así transcurrió el alegato final del abogado Antonio Alberca, defensa de Rafa Zouhier, durante su intervención en la recta final del juicio por los atentados de Madrid. El letrado pretendió hacer valer la condición de confidente del marroquí para asegurar que Zouhier contó a la Guardia Civil todo lo que sabía, «antes y después del 11-M», pero «nadie hizo nada». El letrado llegó a dudar incluso de que las Fuerzas de Seguridad del Estado hubiesen tomado medidas en el supuesto de que Rafa les hubiera contado detalles sobre cómo iban a ser los atentados de los trenes, lo que «obviamente» él no sabía, porque es un simple confidente, «no mentalista, telépata ni adivino».
«Había múltiples avisos de todo el mundo, no sólo de Rafa, y nadie hizo nada», sostuvo Antonio Alberca, quien llegó a asegurar que «gracias a personas como Zouhier podemos dormir tranquilos». «Rafa es un leal colaborador de las Fuerzas de Seguridad del Estado, no un delincuente. Él no tiene ninguna deuda con la sociedad; es la sociedad la que la tiene con él», sentenció.
En su opinión, tanto su procesamiento como las «presiones» que ha recibido su cliente en la cárcel, se deben a un deseo de venganza de la Guardia Civil por haber contado públicamente que avisó del tráfico de explosivos. «Aquí lo único que interesa es destruir informes. Lo único que interesaba era destruir pruebas para exculpar a la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil (UCO), cuando era responsabilidad de la UCO. Te achacan el delito con tal de salvarse ellos», señaló Alberca.
El letrado cuestionó la validez de muchas de las pruebas de la instrucción, hasta el punto de que llegó a decir que «parece que las han puesto ahí expresamente». Se refería a los tópicos de la teoría de la conspiración (como la Renault Kangoo y la mochila de Vallecas), a pesar, de que, sin nombrarla, dijo que no compartía los postulados de las «cuartas tramas». «Yo no voy a hablar de tramas policiales. Yo lo único que sé es que esto empieza con un policía (Kalaji, en cuya tienda se liberaron los teléfonos móviles) y termina con otro (el vecino de los terroristas de Leganés). Y yo no creo en las casualidades. Aquí se ha tratado de fabricar pruebas para implicar a Rafa en los hechos», dijo.
«He perdido la cuenta»
El letrado acusó al abogado de la AVT Juan Carlos Rodríguez Segura de «temeridad y mala fe» por imputar a Rafa Zouhier los 191 asesinatos de los trenes y, a la vez, sostener que no es Goma 2 ECO (con lo que supuestamente traficaba su cliente) lo que estalló en los distintos focos. «Eso no es serio», sentenció. Tampoco lo es, en su opinión, que su cliente pase de una solicitud de veinte años de cárcel a más de 30.000. «No recuerdo la cifra exacta. A partir de los 20.000 ya perdí la cuenta», ironizó. En su ánimo de exculpar al confidente, a quien las acusaciones consideran cooperador necesario por cuanto fue él la persona que puso en contacto a los islamistas de Madrid con los asturianos, el letrado de Zouhier no tuvo ningún reparo en destacar la participación activa de Rachid Aglif en las reuniones de los explosivos, así como su amistad con Jamal Ahmidan «el Chino».
«Zouhier no tuvo por qué ser la persona que presentó a Ahmidan y a Trashorras». «Esa persona pudo ser Aglif o cualquiera de los moritos amigos de Trashorras en Ceuta. Hay muchísimas posibilidades», afirmó Alberca para desmontar la acusación de cooperación necesaria. También aquí, en su opinión, «se nos ha tratado de imponer un escenario predeterminado» en el que Zouhier y Ahmidan tenían que ser amigos. Sobre las reuniones del McDonalds, el abogado admitió que su cliente asistió a las mismas, pero lo hizo para proteger a Trashorras, no para mediar en ningún trato. Según esta versión, el minero no quería pagar el hachís que había encargado e iban a ajustar cuentas con él.
Una estrecha relación
Sin embargo, en otro momento de su intervención, Alberca defendió que Trashorras tenía una relación con Ahmidan mucho más estrecha que la de Zouhier con ese individuo, hasta el punto, dijo, que «el Chino» ofreció al minero la posibilidad de comprarse una finca al lado de la suya en Morata y fue él, y no Zouhier, quien le fue a recoger al aeropuerto cuando regresó de su luna de miel.



