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El candidato de la triste figura

Actualizado 23/04/2005 - 09:49:28
MADRID. Hay muchos lugares en La Mancha, pero ayer el primero, y de cuyo nombre, el Círculo de Bellas Artes, es bien fácil acordarse, fue la avanzada entre todos. Allí, una vez más, el «Quijote» fue puesto en boca de muchos (más de la mitad, políticos), y sus palabras se desgranan por turno, pidiendo la vez, página a página, hoja a hoja, como la más bella flor, la más bella margarita de la lengua castellana.
Nobles y pebleyos, notables, sobresalientes y hasta algún suspenso (qué menguadas las mesnadas lectoras de la oposición) desfilaron por el estrado algo vencido ya el mediodía y casi atardeciendo en Sri Lanka, desde cuya capital, Colombo, y su Universidad, empezó la lectura, ya saben: «En un lugar de La Mancha.». Desde el otro lado del mundo, el caballero de la triste figura comenzaba una vez más su cabalgada anual, repleta, como siempre, de venturas, desventuras, palos por aquí, palos por allá, molinos por aquí, gigantes por allá. Antes, María Kodama, viuda y otrora Dulcinea de plata en las sienes de ese caballero andante de las esquinas rosadas que fue Borges había leído su «Pierre Menard, autor del Quijote» donde el argentino que quiso ser inglés desparramó su memoriosa sabiduría.
Vueltos de Sri Lanka (Ceilán, en los viejos libros de caballería reino de Taprobana, y que Don Quijote quería conquistar porque en él «abundaban como guijarros las perlas y los diamantes»), comenzó el desfile con orden y concierto (un aplauso para los que adoban organizativamente este complicado guiso).
Ana González Arnáiz, la niña ganadora del concurso de lectura de 2004 demostró el porqué de su galardón, antes de que la socialista Carmé Chacón fuera la primera en rendirse ante los encantos del quimérico manchego. Tras ella, una obviedad, la comparecencia de César Antonio Molina, director del Instituto Cervantes. También hubo que ponerse casi en posición de firmes cuando José Antonio García González, jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra, leyó marcando perfectamente el paso y el ritmo de sus palabras las frases de su ilustrísimo y antiguo compañero de armas, aunque más parece que Cervantes fuese marine, perdón, infante de marina, allá en Lepanto.
Voten a don Quijote
Y luego, muchos políticos, aunque hay que señalar que es bien lógico que entre los invitados ilustres abunden, porque lo suyo no es leer, realmente, sino vender, porque un político siempre está en campaña electoral, aquí o en la mismísima ínsula Barataria. Y es que tras leer su párrafo, a la mayoría sólo les falta decir: «Vótenlo, Don Quijote es el mejor». Por eso, Rafael Simancas se empleó tan a fondo, como si enfrente tuviese a doña Esperanza o al mismísimo doctor Lamela, un chorro de voz y de energía el del político socialista madrileño: «Mi descanso el pelear», finalizó. El ministro de Administraciones Públicas, Jordi Sevilla, se lo tomó con menos ardor, aunque una de sus frases podría dar lugar a algunas especulaciones en Ferraz: «Pero tiempo vendrá en que las vuestras señorías me manden y yo obedezca». Al cirujano Llamazares, que repartía carnés de identidad de Utopía antes de entrar en la Sala de Columnas del Círculo, por esas cosas de los turnos le tocó meter el bisturí en ese pasaje que culmina, precisamente, con Sancho harto de mítines y con «el enfado que don Quijote le causaba con su arenga».
Después de comer pasaba por allí Rogelio Blanco, director general del Libro, Archivos y Bibliotecas, mientras desde las páginas don Quijote nos ponía el corazón en un puño con sus «sesenta ayes y ciento veinte suspiros». A esas horas, también el pueblo, vestido de domingo, en líneas generales, y hasta con alguna bolsa del híper, tomaba la palabra. Y, al pie de la letra, se lo pasaba en grande. Leían y luego comentaban la jugada con sus compañeros de aventura.
La edad de la inocencia
No faltaron los niños, tampoco, que se acercan al archifamoso lugar de La Mancha con una ilusión y una sencillez admirables, como habría soñado don Miguel. Al fin y al cabo, qué es la caballería, sino la edad de la inocencia inacabada. También, desde el Centro Penitenciario número 5, otro lugar de La Mancha, pero en el que no suelen ser posibles las quimeras, un recluso de dulcísimo acento suramericano contribuyó emocionadamente a la causa del hidalgo, e igualmente una muchacha sordomuda, Paloma, que le puso sus mejores manos (y gestos) a la obra, o dos invidentes que leyeron en braille y, sobre todo, con el corazón.
Tras este atracón fue necesaria la ingesta de una buena dosis del bálsamos de Fierabrás, sin que hasta el momento se tenga noticia de ninguna urgencia intestinal.
Pero a eso de las seis de la tarde, y a fuer de ser sinceros, y con tres escuderos, llegó el hidalgo José Luis Rodríguez Zapatero, con la lanza del talante en astillero, y la reforma del estatuto de la ínsula Barataria bajo el brazo.
Antes, la ministra de Vivienda, María Antonia Trujillo, demostró que con un poco de paciencia el «Quijote» (bueno, sólo la primera parte) entra en un piso de 30 metros más o menos cuadrados. Y tras la la ministra de Sanidad, Elena Salgado, el Presidente del Gobierno, que estuvo sembrado, como en la ONU, cuando defendió su alianza de civilizaciones. «A este escuadrón frontero forman y hacen gentes de diversas naciones: aquí están los que beben las dulces aguas del famoso Xanto; los montuosos que pisan los masílicos campos; los que criban el finísimo y menudo oro en la felice Arabia», empezó. Si llega a estar el embajador norteamericano le da algo, porque la cosa siguió de este jaez: «. los persas, en arcos y flechas famosos; los partos, los medos, que pelean huyendo; los árabes, de mudables casas...».
Política autonómica
Tampoco se escapó a las palabras del presidente la política autonómica, aunque tuvo suerte porque no tocó ningún párrafo sobre vizcaínos: «En estotro escuadrón vienen los que beben las corrientes cristalinas del olivífero Betis (¿será por Lopera o por Chaves?); los que pisan los tartesios campos, de pastos abundantes; los que se alegran en los elíseos jerezanos prados; los manchegos, ricos y coronados de rubias espigas» (y Bono sin aparecer). Para terminar con un guiño a Berlusconi, (o a Marco), «con los blancos copos del levantado Apenino» y un toque de europeísmo que siempre queda bien: «Y, finalmente, cuantos toda la Europa en sí contiene y encierra».
Luego, mientras el ministro de Justicia, Juan Fernando López Aguilar acariciaba al bellísimo labrador canela de un invidente, se sentó a escuchar, firmó unos cuantos autógrafos (ante el pánico de los guardaespaldas), y se fue hasta otro lugar de La Mancha: La Moncloa. Quién sabe si para ponerse a pensar si Rajoy es un molino o tiene trazas de convertirse en un gigante.
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