En la era de las prejubilaciones hay coleccionistas de trienios a los que ni la edad, ni los achaques, ni los prejuicios pueden retirar. El debate es recurrente. Esta vez lo ha puesto de actualidad el nombramiento de Alberto Oliart, 81 años, como presidente de la Corporación de RTVE. ¿Es España un país para viejos? Si imaginamos un decorado de sol y playa, de amaneceres mediterráneos, tranquilidad y buenos alimentos, la respuesta es sí. El Estado-asilo de Europa. Si pensamos en el aprovechamiento del talento y la experiencia, la percepción se antoja muy distinta, aunque hay gloriosas excepciones que se mantienen más por su cabezonería que por las bondades del sistema. Los cuatro personajes que traemos aquí ni siquiera se lo plantean. Mezcla de intelectualidad y espíritu aventurero, recargan sus pilas rodeándose de juventud y, por ahora, no piensan bajar el pistón.
ENRIQUE MENESES
«El periodista tiene que ser un superviviente»
Un día tocaron a la puerta de Enrique Meneses unas damas talludas con el pelo teñido de azul. Venían del centro de ancianos de enfrente. «Oiga, ¿no se aburre en casa? ¿Por qué no viene con nosotras a jugar al dominó?». El tipo que convivió con los revolucionarios cubanos en Sierra Maestra, donde conoció a Fidel Castro y al Ché Guevara, miró a sus visitantes y les dijo: «Señoras, siento decepcionarlas, pero no me gusta el dominó. Ah, y los culebrones venezolanos, tampoco». Meneses, 80 años, legendario periodista, testigo de la Segunda Guerra Mundial, de la revolución cubana y de otros importantes acontecimientos del último siglo, tiene una mini redacción en casa donde recibe a viejos colegas -Jesús González Green, Rosa María Calaf- y a estudiantes «que me ayudan a ordenar los papeles. La verdad es que me meto su juventud en vena».
¿Aburrirse este plumilla-fotógrafo con una jornada de trabajo que empieza a las nueve de la mañana y acaba a las dos de la madrugada siguiente, con deberes diarios en la red -acaba de ganar el Premio Bitácoras al mejor blog periodístico de 2009-, con cuenta en Twitter y Flickr y tertuliano en 1001 medios, un laboratorio de comunicación donde se debate el futuro de este oficio? «El periodismo no está en crisis; sí la industria periodística, que busca una redefinición. No percibo la tecnología como una amenaza, sino como una oportunidad. El periodista tiene que ser un superviviente; en estos tiempos eso significa que debe ser capaz de escribir textos y hacer fotografías y vídeos. Y manejarse en internet. En una reciente visita a la escuela máster de un diario me escandalizó que sólo cuatro estudiantes tuvieran blog. De todos modos no se puede vivir sin estar en crisis. La bonanza lleva a la molicie. ¿Sabe cuál es la cadena perpetua que tenemos en España? La hipoteca del piso, que además nos fija al suelo como la raíz de un nogal. Y eso es el suicidio para un periodista que, por encima de todo, tiene que ser un culo inquieto. Yo he vivido de alquiler en medio mundo». A Meneses le gusta el nombramiento de Oliart, y piensa apoyarle en un artículo. «Como buen madrileño sé que el chotis puede bailarse encima de un ladrillo. Eso quiere decir que no hace falta mucho espacio para hacerlo bien». En su decálogo para la vida hay un punto que nos viene al pelo: «Escucha a los indígenas y a los mayores. Sus enseñanzas te serán valiosas en el futuro. No los desprecies. Son la experiencia de nuestra estirpe, nuestra memoria genética».
CARLOS SORIA
«Pienso llegar a todas las cimas que me proponga»
Descuelga el teléfono Cristina, su mujer. «Carlos está en Nueva Guinea, subiendo la Pirámide de Carstensz». Lo suelta con el mismo tono que diría: «Carlos ha ido al supermercado». Su primer encuentro fue en La Pedriza, en la Sierra de Guadarrama. Ella estaba con unas amigas junto a El Tranco y él apareció inopinadamente por allí. Le invitaron a tomar un vaso de vino caliente. Se miraron, y hasta ahora, cuatro hijas y muchas caminatas por el monte después. «Estoy acostumbrada a sus viajes. Le conocí en la montaña y ésa ha sido nuestra forma de vida. Ya sé que tiene una edad, pero no trato de disuadirlo. Cuando pasa mucho tiempo en casa está inaguantable».
La Pirámide de Carstensz, 4.884 metros, el techo de Oceanía, una formidable mole pétrea coronada por dientes de sierra. Carlos Soria, 70 años, acaba de coronarla cuando nos contesta a través de su teléfono satelital. Está al otro lado del planeta, a 17.000 kilómetros de distancia, pero se le nota exultante. «Ha sido una expedición extraordinaria. Tres días de aproximación muy duros, a través de la selva y del barro, y después una escalada en la que todo ha salido a pedir de boca». En su proyecto para escalar las 7 cimas continentales sólo le falta el Kilimanjaro. Pero hay más. Carlos tiene nueve ochomiles en la buchaca (su última conquista, el Gasherbrum I, tuvo lugar este verano), y aspira a completar la colección antes de los 75 años. Es el único alpinista en el mundo que ha escalado siete montañas de más de 8.000 metros después de cumplir los 60. «No sé por cuánto tiempo estaré a este nivel, pero no haré el ridículo, eso seguro. Mientras las fuerzas me respondan pienso llegar a todas las cimas que me proponga. Luego me dedicaré a dar paseos por la sierra. Reconozco que he pasado momentos muy difíciles porque los últimos ochomiles los he ascendido solo y las rodillas me duelen bastante en las bajadas. Jamás habría llegado a estas metas sin el apoyo de mi familia».
Carlos fue un tapicero de prestigio antes de que la jubilación le lanzara a una actividad vertiginosa. Entre hazaña y hazaña, lleva una vida «normal» en Moralzarzal, un pueblo de la sierra madrileña recostado junto al Telégrafo, el monte de sus entrenos. En su cortafuegos hace series que le ayudan a coger fondo para enfrentarse a los colosos de la Tierra. El Kilimanjaro le espera en enero.
ÁLVARO POMBO
«En un país de agravios, los viejos no nos libramos»
«Se lo confirmo: hay unos cuantos que estamos hechos unos chavales. Por ejemplo, Emilio Botín y José Antonio Marina, dos tipos brillantes en los suyo. Veremos lo que duramos. Por mi parte no pienso ponérselo fácil a la muerte. ¿Quién tiene prisa?». Álvaro Pombo, a sus 70, acaba de ingresar en lo que él llama la «prevejez». Es decir, insiste, está hecho un chaval. «Tengo mis días, claro. El reúma me ataca, sobre todo en las manos, pero ahora mismo pensaba dar un paseo. De todos modos los escritores hacemos rancho aparte. Podemos sentarnos en casa y juntar letras. Y un catedrático jubilado es capaz de hacer excelentes tutorías. Tenemos un buen pasar decente. El asunto de la edad se plantea en otro tipo de profesiones, manuales, burocráticas o por cuenta ajena. Dicho lo cual tengo que reconocer que reflexiono bastante sobre el asunto».
Resultado: en su última novela, «La previa muerte del lugarteniente Aloof» (cuya crítica aparecía ayer en nuestro suplemento cultural ABCD), el protagonista-narrador se descuelga con estas declaraciones: «Soy un lector solitario. La jubilación no ha sido un modo de vivir sino un aprender a morir que rechazo. No quiero aprender a morir y, sin embargo, ésa es la única exigencia que veo clara ahora: aprender esto en la soledad en que vivo». Sin embargo, en la edad de la melancolía todavía hay esperanza. Tiempo para una última aventura. En el tramo final del camino hay, al menos, tres estaciones. Sostiene Pombo: «Después de la prevejez está la vejez propiamente dicha, cuando las goteras ya no se pueden disimular. Y después está la trasvejez, con sus fallos estructurales». El escritor revelará sus pensamientos al respecto -«sin pontificar»- en una nueva ficción en la que está trabajando.
No duda sobre la competencia de Alberto Oliart al frente de la radio y televisión públicas. «El debate ha adquirido tintes agrios por las prejubilaciones de profesionales de 52 años en esa empresa, que es lamentable, pero nada tiene que ver una cosa con la otra. España es el país de los agravios comparativos, y los viejos no nos libramos. Lo digo por la experiencia que tengo en los premios literarios. En fin, si seguimos hablando del asunto me temo que acabaremos resbalando en la demagogia».
MIGUEL DE LA QUADRA-SALCEDO
«Dejaré mi vocación... ¡cuando sea mayor!»
Vio la luz de este mundo en 1932, así que echen cuentas, pero podría haber nacido en el siglo XVI, en la época de los grandes conquistadores. Si hasta se da un aire. «¿Cómo? ¿Que no habéis leído "Historia verdadera de la conquista de la Nueva España", de Bernal Díaz del Castillo?», preguntó una vez a los periodistas que iban a cubrir «La Huella de la Nao de la China en México», leitmotiv de la Ruta Quetzal que tocaba. Naturalmente, hubo que hacer los deberes y llenarse de argumentos para seguir la conversación erudita y torrencial de este ex atleta, reportero de guerra y aventurero. Empezó como lanzador de objetos (peso, disco, martillo, jabalina) y ha acabado como lanzador de chavales hacia la vida. Nunca es más auténtico Miguel que cuando está rodeado de sus jóvenes ruteros.
Acaba de salir de una operación de cadera, «chapa y pintura», y asegura que su rehabilitación «es caminar». «Tengo que darme prisa, porque en unos días viajo a Chile. Es la primera vez que vamos tan al sur. Podremos aprovechar que los días son más largos». La parte americana de la Ruta fue pospuesta a diciembre para evitar el riesgo de contagio con la gripe A. Eso ha abierto nuevas posibilidades de futuro, como ese confín por donde pasaron tantos exploradores en busca de la Terra Australis Incognita. «En los próximos años queremos acompañar a América en sus conmemoraciones del Bicentenario de la Independencia. E ir a China en el Transiberiano. Y rememorar el viaje de Orellana por el Amazonas... ¿Retirarme? Tengo una vocación que dejaré algún día. Pero cuando sea mayor».