NO hace demasiados años -es decir, en otra vida- resultaba frecuente el hecho de que muchas editoriales publicaran libros intonsos, con sus pliegos de papel doblados y cosidos sin guillotinar. Las páginas del volumen nos llegaban unidas, y era el lector quien debía cortarlas con la ayuda de un abrecartas o un cuchillo. Hoy en día algunos editores nostálgicos todavía incurren, para alegría de algunos nostálgicos lectores, en ese bendito arcaísmo objetual.
Me imagino que hablar de estas cosas es un síntoma de vejez prematura, de decrepitud de la conciencia, pero el caso es que todos constituimos en nuestra mismidad un proyecto de viejo más o menos logrado. Supongo que hacer recuento de asuntos desaparecidos representa una concesión caritativa con la memoria propia (como si el pasado de uno, por la simple razón de ser lo que uno ha pasado) tuviese una importancia que no tienen los pasados de los demás); pero lo cierto es que la escritura es una variedad gráfica de esas realidades materiales que conocemos bajo el nombre de recuerdos: recuerdos propios o ajenos, lejanos o recientes, vividos en nuestra invención, o vividos en nuestra biografía -esa otra forma de nuestra invención.
Los volúmenes intonsos me trasladan como por embrujo a una época en que los libros no sólo representaban objetos mágicos del mundo, sino el emblema del mundo mágico de los objetos. Ese momento es al que los lectores nos referimos, con más ínfulas de la cuenta, como nuestra etapa de formación, para sugerir que nos hemos formado, y no sólo que hemos adquirido unas cuantas deformaciones del carácter que han terminado por constituir lo que somos en el presente. Sea como sea, la verdad es que los libros intonsos me resultan dignos agentes evocadores.
Para quien ama algo, no hay nada como el hecho de que ese algo amado esté envuelto en rituales íntimos. La ceremonia de disponerme a rasgar las páginas de un libro nuevo me predisponía al encuentro con lo misterioso, con lo que necesita ser convocado mediante nuestra voluntad. En lugar de tratarse de un engorro, significaba un aliciente. En vez de verlo como un obstáculo, se me aparecía como la necesaria resistencia sin cuya oposición no podía existir la ley del movimiento.
Me gustaba armarme con uno de los viejos abrecartas de mi padre -el de asta de toro, el de acero alemán- y concentrarme, sentado en un sillón, en la tarea de separar los pliegos con cuidado. En esto fui siempre riguroso: lo hacía de principio a fin antes de empezar la lectura, desde la primera a la última página, al revés que mi padre, que iba separándolas a medida que las iba leyendo, como si las venciese una a una, como si después de leídas las rematase con un estocada cariñosa de sabio espadachín.
Me acuerdo, sobre todo, de los volúmenes de Clásicos Castellanos de Espasa Calpe, de los libros de Gredos, de los primeros poemarios de Lumen, de Hiperión: tenían todos, después de mi tonsura ritual, unas barbas muy suaves, muy sedosas en los lomos, y acariciarlas era como pasar la mano por el más delicado de los armiños. Aquellas barbas de papel no las hubiera cambiado -no las cambio hoy- por ninguna estampación en oro de los volúmenes más aristocráticos. Cuando me fallaba el pulso alguna vez y rompía la página, sentía un dolor físico y una pequeña catástrofe moral.
Me figuro que en la actualidad resultaría un sacrilegio mercadotécnico editar sólo de esa manera, porque representaría añadir un obstáculo a la difícil carrera de obstáculos que significa encontrar lectores, pero el caso es que a mí ciertas incomodidades me parecen hermosas. Por eso todavía guardo ejemplares sin desflorar, y algunas veces tardomedievales me concedo ese inocente derecho de pernada.



