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Fernando Fernán Gómez: «Dicen que el mayor pecado del hombre es haber nacido»

Actualizado 22/10/2002 - 23:50:36
Para Fernán Gómez, la tensión Sancho-Quijote es la de un realista y un idealista
Para Fernán Gómez, la tensión Sancho-Quijote es la de un realista y un idealista
Seductor, tierno, imprescindible, Fernando Fernán Gómez estrena el próximo martes su «Defensa de Sancho Panza» (en el Infanta Isabel), que hoy se presenta. El creador se confiesa a ABC
¿De quién o de qué hay que proteger al noble escudero?
-Con el título «Defensa de Sancho Panza» no era mi intención incitar a la defensa del campesino metido a escudero. En el monólogo que he compuesto para que Juan Manuel Cifuentes luzca sus extraordinarias dotes de actor se supone que es el propio Sancho quien se defiende ante un tribunal de unas acusaciones no precisas.
-Ya no hay pensadores como Sancho, querido maestro. ¿Es un Séneca el tierno y fiel amigo Panza?
-A veces, es un reflejo de la sabiduría popular, y no excesivamente tierno. Pero yo creo que está en el libro para que Don Quijote hable.
-Tampoco está hoy de moda destilar ternura, ¿no cree?
-A algunos críticos les molesta, pero el cine de Hollywood la utiliza mucho. La mezcla con la violencia.
En su espléndido monólogo, también titulado «Neoplagio en dos partes», mantiene Fernán Gómez textos del original, como el discurso de la Edad de Oro con el que Alonso Quijano arenga a los cabreros, la liberación de los galeotes y el gobierno de la ínsula Barataria.
-Cabreros, galeotes y gobierno. ¿Con quién se identifica?
-Con ninguno. Tal como usted los señala, con el que menos, con el gobierno.
-¿Dónde andará el delicioso bálsamo de Fierabrás, don Fernando?
-En la imaginación de cada uno, supongo.
-¿Qué le ha encandilado del alma de Sancho, que usted disecciona con mano sabia y firme bisturí de cirujano?
-La oportunidad que proporciona, al cabo de los siglos, a Juan Manuel Cifuentes de demostrar que es un actor prodigioso.
Leer a los clásicos es sana devoción que le viene a Fernando Fernán Gómez de su madre, cuando le envió desde Argentina una revista infantil en la que aparecía una adaptación de «Vida del Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades». Desde entonces devoró la picaresca española.
-¿Es Sancho un pícaro?
-Creo que no. Todo lo contrario. En un encuentro con timadores él sería siempre el «primo».
-¿El Quijote es un loco cuerdo, un loco melancólico o unloco variable?
-Es un loco; Cervantes lo deja muy claro. Pero es tan simple, tan elemental, que a algunos de sus vecinos les puede parecer el tonto del pueblo.
-¿De dónde saca usted esa perpleja facilidad para hacer de todo?
-Las cosas que hago, a veces las hago con dificultad, y son muchas las que me gustaría hacer pero no estoy capacitado para hacerlas.
-Dicen las buenas lenguas, don Fernando, que su texto es una declaración suya para reconocerse en el personaje de Sancho. ¿Se reconoce usted en el noble escudero?
-De ninguna manera. Mi trabajo al componer este monólogo ha sido el de profesional del teatro nada más. He procurado estar al servicio del actor. Y, en este sentido, estoy muy satisfecho con el resultado.
-Sesudos malandrines han querido incluir a Sancho en la estirpe de los peleles, payasos o necios, cuando en realidad es un filósofo. ¿La relación Sancho-Quijote es la tensión entre un realista de pueblo frente a un idealista?
-No me lo he planteado. Pero, ahora que usted lo dice, me parece que sí, que esa tensión en el libro es evidente. Y algo queda en «Defensa de Sancho Panza».
(El próximo viernes se estrena la película de José Luis Garci «Historia de un beso». Este verano alguien -quizá un conspicuo seguidor de Eric «mano lenta» Clapton- se atrevió a tachar precisamente de lento el cine de nuestro entrañable Garci. Se decía, por ejemplo, que la cinta «Historia de un beso» no tenía el ritmo necesario para un Festival como el de San Sebastián).
-¿Cree usted que el cine de José Luis Garci no tiene ritmo?
-Ahí, sin ir más lejos, tiene usted uno de los menesteres para el que no estoy capacitado: el de crítico. Y la pregunta es más bien para un crítico. Pero, en fin... No he visto todas las películas de Garci, pero, por lo que yo recuerdo, creo que todas tienen un ritmo muy acorde con el tema.
-Las mayores satisfacciones de su carrera como actor se las dio la convivencia con sus compañeros de rodaje y de viaje. ¿No cree que, en pleno siglo XXI, se está deshumanizando el arte de Talía?
-Tiene que disculparme, pero no tengo opinión respecto a eso, porque hace veinte años que estoy alejado del teatro, como actor y como espectador.
-Uno de sus más entrañables amigos le confesó en cierta ocasión que usted era «el vago que más trabajaba de España». Pero no para. ¿En qué anda enfrascado ahora?
-Estoy corrigiendo una adaptación teatral de Estebanillo González, que terminé el año pasado, y escribiendo una novela, «El tiempo de los trenes».
-¿Cree en la bondad del ser humano?
-Sí, y también en su maldad y en su indiferencia.
-¿Ha sido pecador?
-Dicen que el mayor pecado del hombre es haber nacido.
-¿Cuando le dieron el premio Príncipe de Asturias declaró usted que el cine era un «vehículo de expresión» pero no estaba muy seguro de que «fuera un arte»? ¿Sigue pensando hoy así?
-En eso y en casi todo he evolucionado muy poco.
-Hace casi un lustro estrenó en el Albéniz su adaptación del emblema de Molière. Declaró que «Tartufo no es el prototipo del hipócrita, sino del falso devoto, y hoy hay muchos». ¿Estamos rodeados de falsos devotos?
-A juzgar por la evidente injusticia y la desigualdad que caracteriza a nuestra sociedad, creo que sí.
-Su grandeza le ha convertido ya en mito. ¿Tardará mucho en nacer otro Fernán Gómez... si es que nace alguna vez?
-Le agradezco la opinión que tiene de mí. En cuanto a lo de si tardará mucho en nacer, etcétera, le advierto a usted que los jóvenes vienen apretando. Una de las cosas más difíciles en este oficio es saber uno el puesto que ocupa.
-Por último, don Fernando, ¿sigue siendo un hombre bueno?
-Me hubiera gustado serlo, pero he tenido muchos fallos.
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