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Miguel Berrocal: «Sin las matemáticas no hubiera creado mis esculturas»

Miguel Berrocal, nombre imprescindible de la escultura española, inaugura mañana en el IVAM una antológica de su trabajo. Primeras esculturas, torsos y mujeres, piezas claves de su trabajo -como el gran torso en madera de Richelieu- recorren la apasionada vida y obra de un gran artista matemático y exacto.

Actualizado 22/07/2002 - 00:23:01
El escultor Miguel Berrocal, en su estudio. Archivo Berrocal
El escultor Miguel Berrocal, en su estudio. Archivo Berrocal
MADRID. Miguel Berrocal (Villanueva de Algaidas, Málaga, 1933) se inspiró en Verona, como Shakespeare, y allí se fue a fundir sus obras y tiene su estudio. «La verdad es que me he hartado de pasar frío en los inviernos y me apetece ponerme al sol para secarme un poco los huesos», nos confía. Su vida y su pasión están en España y en el pueblo malagueño que le vio nacer, «adonde iré a pasar unos días después de Valencia; no quiero perderme la feria». Berrocal, que realizó su primera exposición en 1952 y cuyas obras se exhiben en instituciones y museos de todo el mundo, entiende que una exposición no se puede hacer sin mostrar una renovación en menos de dos años, «porque es un trabajo muy lento y duro». Con motivo de su antológica se edita un catálogo con textos de Alberto Corazón, Lola Jiménez Blanco, Ángel Vallvey, Valentí Puig y José Antonio Muñoz Rojas, poeta antequerano con quien Berrocal se quiere «tomar unas copitas en nuestra tierra». El maestro revela aquí sus secretos.
-Es usted un escultor formado en matemáticas y ciencias exactas. ¿Son esenciales en su obra?
-No creo que hubiera hecho mi escultura sin esa formación. Trabajo como un músico o un arquitecto: observo primero la obra en el papel o en el oído antes de hacerla en sólido. Es la manera de proyectar en ingeniería o arquitectura. Aunque le confieso que mi oveja negra fueron las matemáticas, pero, según descubrí, fue porque me las habían enseñado mal. El día que caí en las manos de un catedrático con bigote -Barinaga, profesor excepcional, exiliado al que le quitaron la cátedra por rojo-, aprendí que el lenguaje de las matemáticas era facilísimo.
-La exposición del IVAM recorre sus esculturas, torsos, dibujos y la escenografía de «Carmen».
-«Carmen» representó un periodo de reflexión de lo que había sido mi primera actividad como pintor. Ahí saqué a relucir mis recuerdos pictóricos, la escultura y la arquitectura. Aunque desgraciadamente pasó y pasa una cosa: el concepto de escultura está unido al de perennidad -uno quiero trabajar para la posteridad- y en el teatro te lo desbaratan todo de un plumazo. La anchura del escenario tenía 200 metros y había telas de diez metros de altura que se quemaron. Aunque algo salvé.
La rutina de la escuela
-¿Cómo accedió a la escultura?
-Un poco de perfil (porque no era mis destino, yo hubiera preferido ser pintor). Me ha faltado la rutina de la escuela; es decir, aprender a modelar el barro o a cambiar de dimensiones un mármol. He tenido que improvisar la rutina del barro y del yeso, a veces de manera radical. Un material que en la mano se te hacía tierno lo tenías que acartonar; entonces empleabas el hierro, que una vez que los has calentado y dado dos martillazos se queda así para siempre. He sido demasiado vulnerable hacia el lado frágil de los materiales. En muchas ocasiones he tocado poquísimo la piedra, porque es mucho más frágil que el bronce. Tú tienes una escultura grande en mármol, le das un mal martillazo y le haces una herida que no puedes quitar de ninguna manera. El vidrio es un material que, además de la viscosidad salival de la materia, no me acaba de convencer...
-¿En qué medida han influido en usted maestros como Ángel Ferrant, Oteiza y Chillida?
-En la medida en que son arquitectos del espacio. En los años en que yo empecé a considerar la arquitectura, no había muchos libros y afortunadamente ví algunas muestras de Oteiza y Chillida, porque de Ángel Ferrant no había manera de ver obra (lo que capté e intuí en el trato con él). Además, era una época en que Ferrant dio orden de que se destruyera todo lo que tenía en el taller, que afortunadamente no se llegó a hacer. Yo no dejé la arquitectura para entrar en artes y oficios, sino que durante la preparación de arquitectura, muy lenta y larga, frecuentaba unas horas por las noches las famosas clases de Ferrant. Éramos aspirantes a una cosa que parecía imposible -entrar en la Escuela de Arquitectura- porque nos cateaban el dibujo; la criba era el dibujo, que es opinable. Hoy me doy cuenta (y lo veo con mis hijos, que estudian arquitectura), que la distancia entre el negro y el blanco que debe haber en un claroscuro normal se la saltan a la torera y va todo en gris o muy oscuro. Y, claro, la naturaleza no es así. El ojo que uno tenía que tener era el ojo copiador, el fotográfico y si no dabas el tono, te cateaban. Y había «cates» todos los años, casi tres mil.
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