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TIEMPOS RAROS

Actualizado 22/02/2004 - 03:00:03
Un descuido o una inhibición de la Fiscalía, que no recurrió la sentencia del juez de Pamplona ante la Audiencia Provincial,provocará que una pareja de lesbianas vaya aadoptar, sin vuelta atrás posible, a un par de niñas gemelas, hijas biológicas de una de las mujeres que componen la pareja. Desde un punto de vista técnico, el asunto es importante. Afecta al Derecho Foral-la ley que permite la adopción por parejas homosexuales fue aprobada por el parlamento navarro-, al Tribunal Constitucional -ante el que los populares recurrieron en tiempos la ley, y que no se ha pronunciado aún-, y a la igualdad de derechos en el conjunto del territorio español. Pero más importante todavía que el aspecto puramente jurídico, lo es el moral. En estratos varios de la población, causa incomodidad, o como un sentimiento de violencia, que dos personas del mismo sexo jueguen el papel de padre y madre. En la orilla opuesta, nos encontramos con quienes aplauden la sentencia alegando razones de distinta índole. La más invocada, quizá porque a ella se alude en la sentencia, gira en torno al interés superior de las gemelas. Supuestamente, éstas estarán mejor atendidas por su madre natural. No digo que no. Pero el argumento no termina de convencerme. No se trata, en efecto, de qué sea lo mejor en este caso. Lo que ha de prevalecer cuando se discute una norma, o sea, una disposición de carácter general, es el impacto previsible de la norma en la vida social. Hume resumió célebremente esta idea en su An Enquiry concerning the Principles of Morals: «La justicia manifiesta sus virtudes... no con relación a episodios concretos, sino en cuanto contribuye a fijar un esquema eficaz de convivencia en el conjunto de la sociedad».
Así es. La sentencia no se hace sólo eco de un hecho consumado. Al tiempo, avala un proyecto. La madre se hizo inseminar en un Centro de Planificación Familiar. Esto es, evitó de intento, cuando ya formaba pareja con otra mujer, que sus hijos tuvieran un padre, en la acepción completa de la palabra. Otras personas, bien de un sexo, bien del otro, podrían imitar su ejemplo. Las mujeres, acudiendo a la inseminación artificial. Los hombres, a las madres de alquiler. El asunto afecta, en consecuencia, al propio concepto de familia. La familia, tal como la hemos conocido hasta ahora, se levanta sobre dos patas. Primero, el fin: la crianza de los hijos. Segundo, la naturaleza: salvo en casos excepcionales, los que crían a la prole han de ser también los que la han engendrado biológicamente.
Probablemente, el juez no ha querido discutir esta estructura, sino pronunciarse sobre un caso «excepcional». Tampoco sé qué alternativas tenía, en vista de lo que dice el Derecho navarro y de que no existe aún fallo del Constitucional. Pero movimientos feministas, colectivos gay y una porción no pequeña de la opinión progresista, sí que impugnan la estructura tradicional. No entienden, primero, que la familia haya de desempeñar una función. A fuer de sinceros, hay que admitir que la idea de que la familia ha de cumplir una función -a saber, la de traer hijos al mundo, y sacarlos adelante- se ha hecho borrosa en muchas zonas del espectro social. Presuntamente, la gente contrae ahora matrimonio para consagrar oficialmente su amor, y no para procrear. Un resultado paradójico de este estado de cosas, es la igualación de las parejas de hecho con las parejas que han pasado por la vicaría. Las últimas suscriben un compromiso, esto es, aceptan una serie de obligaciones y derechos. El amor, sin embargo, no es un compromiso, sino una pasión. Al igualarse el matrimonio con la pasión, y permanecer las obligaciones matrimoniales clásicas, la convivencia irregular deja de ser irregular, y en cierto modo se burocratiza. A Tolstoi, a Heinrich Mann, a Clarín, esta situación les habría dejado estupefactos.
La segunda vuelta de tuerca es más curiosa todavía. Se afirma que la diferencia sexual, no omitible en la sazón procreadora, es una anécdota, y que una sociedad realmente emancipada no tiene por qué reparar en los obstáculos que pone la biología. Es aquí donde entran determinados movimientos, y se quedan fuera, o indecisos en el umbral, la mayor parte de los ciudadanos.
Personalmente, todo esto me provoca cierto desasosiego. Y también un sentimiento de fin de época. Se me antoja un asunto más bien lírico, que los partidos trastean sin demasiado sentido de la responsabilidad.La gran cuestión, en Europa, no tiene nada que ver con estas noticias sensacionales. La gran cuestión es que las tasas de natalidad se hallan muy por debajo de las tasas de reposición. Ello creará, fatalmente, boquetes gigantescos en el sistema de pensiones y sanidad -el 50% del gasto sanitario se lo llevan los europeos durante los seis últimos meses de vida-, y no es sostenible por mucho tiempo. De lo grande, no se habla. Partimos los pelos por cuatro mientras vamos camino de quedarnos calvos.
ÁLVARO DELGADO-GAL
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