
MADRID. «A mí han estado a punto de pillarme, pero como tengo buenas piernas ...» Carlos, un veinteañero madrileño, es de los grafiteros esporádicos. Lo hace sólo de vez en cuando. Eso dice. Y firma como «Mose».
-¿De dónde viene ese apodo?, le preguntamos.
-He sido mal estudiante. Ahora, no tanto. Todo empezó como una «coña» de amiguetes, en el Bachillerato. Cuando estaba en clase y el profesor me preguntaba yo, casi siempre, respondía: «No sé». Tanto no sé, no sé, derivó en «mo-se». Y me gustó tanto que me lo adjudiqué. Queda bien. Es original.
Carlos, como es natural, está en el bando donde opinan que el graffiti está bien, que es una forma de expresión. No llega a utilizar la palabra «arte» pero justifica este fenómeno que, según sus cálculos, va en aumento. «Ahora hay más dibujos -dice- pero ya no se siente como antes. Cualquiera, con tal de hacerse el gracioso, pinta una pared. Eso no tiene mérito. A mí me gusta pintar pero no tengo dinero». Cada spray vale 2,10 euros pero cunde poco.
Peor suerte que Carlos ha tenido uno de sus colegas grafiteros. Este otro joven evita dar su nombre. Es viernes por la mañana. Ese mismo día, a las cuatro de la tarde, el muchacho entraba en un centro penitenciario madrileño para cumplir un arresto de fin de semana. Esel precio que ha tenido que pagar por dejar su huella donde no debía; porno poder reprimir esa irrefrenable forma que tienen los grafiteros de decir al resto de los mortales «aquí estoy yo» a través de su firma.
«Pillaron a dos -nos cuentan- y les cayó una multa de 600 euros». Uno se negó a pagarla y el otro no quiso correr con todos los gastos. Tampoco accedieron a hacer «tareas en favor de la comunidad», otra de las formas de «pago» que se impone a los grafiteros cuando se les pilla in fraganti si quieren evitar el juicio y la posible pena privativa de libertad. «Estar en la cárcel sirve como reflexión», dicen los chavales.
En honor a la verdad, para hablar del graffiti hay que andarse con pies de plomo. Notamos muchas reticencias, muchas susceptibilidades y mucho «tiquis-miquis». Para algunos sociólogos, no es bueno dar tanto bombo al asunto «porque se crecen». Percibimos claramente el mensaje: no hay mejor desprecio que no hacer aprecio.
«Se escribe con dos efes»
En el otro lado de la balanza se encuentran los que ven el graffiti como un arte. ¿Arte? Pues sí, eso parece. De hecho, en junio de 2003 el Pabellón de La Pipa, dentro del recinto ferial de la Casa de Campo, acogió una muestra donde se anunciaba a«los mejores artistas» en este terreno. Allí estuvieron «Freaklub» (Xavi Cardona y Elisa Riera), «Spok» (Félix Reboto), «Radok» (Jordi Zaragoza), «Sixe» (Sergio Hidalgo) y «San» (Daniel Muñoz), los cinco finalistas seleccionados previamente en un acto celebrado en el Círculo de Bellas Artes de Madrid.
En nuestro viaje al mundo del graffiti hemos tenido que escuchar cosas como las siguientes: «¡Oye, no confundas el graffiti con las pintadas ni con las firmas!». O «¿vas a escribir en positivo o en negativo?». O «ten cuidado: graffiti se pone con dos «efes»; grafitero sólo con una». Y lo mejor: «A los grafiteros se les llama «escritores»». Pues vale.
Advertido todo ello, no está de más recordar que a los graffitis -con dos efes-, las pintadas, las firmas y al resto de esta singular forma de adornar la urbe, el Ayuntamiento lo denomina «suciedad urbana» y su limpieza cuesta a todos los madrileños una media de 6 millones de euros al año, unos mil millones de las antiguas pesetas. Y eso no es todo: en 2002, el Consistorio eliminó 1,4 millones de metros cuadrados de esa «suciedad urbana» que equivalía a 140 campos de fútbol. Un dato: dejar el Metro libre de esta decoración había salido por 1,3 millones de euros.
Las tareas de limpieza se realizan bajo las más estrictas normas de seguridad, tanto para los trabajadores como para los ciudadanos y el medio ambiente urbano. Se utiliza tecnología muy sofisticada, avanzada y costosa. Entre ella, la granalla y el agua, fría o caliente, a presión que se lanzan desde potentes vehículos hidrolimpiadores, así como productos abrasivos, productos químicos, detergentes o decapantes.
Además de la vigilancia habitual por parte de la Concejalía de Medio Ambiente, las zonas más emblemáticas de la ciudad, centros culturales, edificios oficiales y museos, entre otros, se limpian a base de productos químicos de protección antipintadas.
Se sancionan los daños
La «suciedad urbana» obliga, además, a tener siempre a punto un servicio de limpieza especial los siete días de la semana, de 7 de la mañana a 11 de la noche, en los 21 distritos de la ciudad. El distrito más castigado es el de Centro donde, sólo en un año, se eliminan 130.000 metros cuadrados de graffitis, pintadas, pegatinas y carteles.
Nuestra legislación -estatal, regional o municipal- no se refiere expresamente a todo este tipo de «decoración urbana». Sí se sancionan los «daños» al mobiliario urbano. En primer lugar, hay que pillar al «artista» con las manos en la masa. Los vigilantes jurados y los agentes municipales saben mucho de esto. A continuación, se avisa a la Policía. A veces, los que ha dejado el mismo que los hizo. El importe del daño lo establece un perito. Si oscila entre los 240 y los 300 euros se considera una falta; si pasa de ahí puede tener entidad de delito.
Cuando el joven también se niega arealizar trabajos en favor de la comunidad se enfrenta a una multa -las ha habido de dos mil euros- que, en caso de impago, le lleva directamente al arresto de fin de semana. Los expertos consultados por ABC calculan que entre el 60 y el 70 por ciento de las familias se enteran de que su hijo es grafitero cuando llega la multa a casa.
La práctica totalidad de estos expertos coincide en que el graffiti es una señal inequívoca de narcisismo. Ese afán de «aquí estoy yo» cuando estampan su firma y sus diseños en cualquier pared, cierre metálico, vagón de tren o de Metro, papelera, quiosco o un simple banco para sentarse.
Javier Urra, psicólogo forense y ex Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid, asegura que, además, estos jóvenes tienen una característica: la reincidencia. Por su experiencia, sabe que estos muchachos actúan en grupo. «Algunos -dice Urra- mantienen la sensación de que lo que hacen es arte aunque también los hay que son conscientes de que su forma de actuar es transgresora y negativa».
«Los grafiteros se reparten la ciudad. Se trata de «territorios» previamente pactados y delimitados donde dejansu firma, su señal de identidad», asegura Urra quien, además,se muestra convencido de que «la sociedad empieza a sentir cansancio ante tanta contaminación visual».
Por su parte, Javier González, profesor del área de Comunicación de la Facultad de Ciencias de la Información dela Universidad Complutense, opina que el graffiti se trata con mucha superficialidad. «Todo el mundo sabe que es ensuciar las paredes con pretensiones artísticas. Llamarlo «arte urbano» es una mistificación poco seria, pero si lanzas acusaciones contra el graffiti te tildan de retrógrado».
¿Va a durar mucho esto del graffiti? Según González, «los grafiteros han sido excesivamente atendidos por instancias legitimadoras; entre ellas, la Universidad. Que hablen de ellos, legitima más a los grafiteros. Mi conclusión, bastante pesimista, es que la publicidad y los medios de comunicación-especialmente la televisión- están proporcionando hoy más mensajes que los que aporta la escuela y la Universidad. Eso es muy triste».
Mensaje anónimo
La opinión de Francisco Reyes, profesor de Publicidad en la misma facultad de la Universidad Complutense es que «se suele incluir el graffiti entre las pintadas políticas. La pintada es un mensaje anónimo. El graffiti lleva la firma del autor para que «hablen de mí». Creo que es una especie de exaltación del ego, narcisimo puro y duro».
Reyes está convencido de que hoy, el graffiti está fuerte por obra y gracia de Internet, del telegraffiti. «Un chaval puede pintar un tren y colocar su foto en la red para que lo vean miles de personas», comenta. «Me parece bien hacer un mural bonito para que se vea y se admire. Sin embargo, yo no he conocido un grafitero que pintara una estatua o un monumento. Esa es una regla no escrita que todos respetan. El graffiti puede ser arte en una pared de derribo, que no moleste a nadie. Si pintan en la puerta de tu casa o en un tren, eso ya es un delito», concluye.



