LOS sucesivos camuflajes de Zapatero van dejando la huella mutante de un político sin columna vertebral. Cambios de piel y metamorfosis acumulan una entidad sin núcleo central, adaptable a casi todo y volátil bajo la menor presión. No es el político-pararrayos que hunde hacia las profundidades de la tierra la descarga de electricidad atmosférica que podía dañar lo circundante, ni es el hombre público cuya quilla contribuye a que la embarcación de todos no zozobre. En realidad, es fluido invertebrable, dócil a las circunstancias, cuidadoso a la hora de obedecer a los vientos. En el modo de afrontar la recesión económica está tal vez la penúltima oportunidad para un Rodríguez Zapatero que decidiera arrumbar tanto camuflaje y mostrar la consistencia de una columna vertebral.
En economía, hasta ahora todo ha sido muy atropellado, un agolparse de iniciativas asimétricas y poco razonadas que pueden llevarse por delante a Pedro Solbes. Zapatero se ha percatado de las fuerzas que arrastran hasta el hundimiento una política que generalmente ha sido de apariencias. La fragilidad extrema puede llevarle a la tentación de su proyectarse como actor internacional. Dado el ciclo que se le supone a la crisis, ni abrazarse con Obama ni que Sarkozy le cobre la hipoteca en cómodos plazos va a transfigurar su protagonismo como presidente de Gobierno ante una sociedad que se queda sin ahorros y ve decrecer angustiosamente el mercado de trabajo.
Es realmente enrevesado que un político tan invertebrable como Zapatero haya querido vertebrar España. Esa fue la idea luminosa de aceptar el nuevo estatuto catalán tal y como se lo remitiera Maragall o la actual cucaña de la financiación autonómica. En otro estadio de las cosas se sitúa el intento de negociar con ETA. Sobre el convencimiento que tuvo Zapatero de que los terroristas de ETA iban a plegarse a su sugestión no todo está escrito. Ahí se quiso llegar muy lejos, mientras el Estado y la nación chirriaban por todos los costados. Seguramente la asistencia de la vieja guardia felipista, después del atentado de Barajas, se postuló como apremio convincente para la rectificación. Fue la página más significativa del carácter políticamente invertebrable de Zapatero. Lo que ocurría en aquellos momentos, y de tal modo que aún quedan vestigios, es que el zapaterismo consiste en echar hacia delante, pedaleando sin parar, confiado en la buena suerte y en un optimismo ciego. Podríamos considerarlo como un momento apasionado de ruleta rusa, con la circunstancia de que el impacto de la bala hubiese dañado la honda vertebradura del Estado.
En inmigración, por ejemplo, lo que va de la etapa Caldera al ministerio Corbacho es casi estratosférico, en la medida en que representa un «volteface» de tal volumen que ni la oposición ni la opinión pública parecen haber calibrado con aproximación. Pasar de «papeles para todos» y de sucesivas legalizaciones improvisadas -con efecto llamada- a la actitud constrictiva posterior ilustra hasta qué punto llega la osadía zapaterista, pero siempre sin que aquel u otro giro se integren en una revisión cohesionada de las perspectivas de gobierno. En política exterior, Zapatero reformuló a la alta la posición de la Unión Europea sobre la crisis de Gaza y luego tuvo que enviar al ministro Moratinos a cubrir huecos. Pero Zapatero persiste en decir que -por ejemplo- las relaciones con los Estados Unidos van a ser muy buenas: «Cuanto más fuerte se sienta Obama, será más positivo». Ha pasado ya la Navidad, pero todavía hay quien espera a los Reyes Magos.
La levedad con que Zapatero negó los primeros indicios de la contracción económica causaría agobio si no fuera porque ahora cada español va a la suyo. Por contraste, del equipo económico de Obama podrán dimanar todo tipo de aciertos o de errores, pero no será por causa de ver lo que pasa sólo en blanco y negro. La condición invertebrable de Zapatero evoca un paradigma perdido en el que la adolescencia histórica y el culto al serafismo político indujeron a despreciar al «homo economicus», a ignorar las complejidades de la economía de mercado y a confundir el ruido con la música. El ciudadano tiene que determinar hasta cuándo una personalidad política tan invertebrable puede seguir esquivando las leyes de la memoria y de la lógica.
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