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Laporta, un mal ejemplo

NO sabemos si Joan Laporta presidirá el F. C. Barcelona muchos años más, encabezará una «república independent» o se habrá de contentar con la comunidad de vecinos de su casa. Lo que sí podemos hacer

Actualizado 22/01/2008 - 03:19:07
NO sabemos si Joan Laporta presidirá el F. C. Barcelona muchos años más, encabezará una «república independent» o se habrá de contentar con la comunidad de vecinos de su casa. Lo que sí podemos hacer es atribuir a su comportamiento cívico aquel dicho tan americano: «Es un tipo a quien nunca comprarías un coche de segunda mano». Sobre sus maneras de actuar, Laporta ya nos ha proporcionado su memoria juvenil: cuando estudiaba COU birló unos exámenes al profe para que la clase los fotocopiara y sacaran todos un diez. Tal «hazaña» constituye un mal ejemplo: una secuencia premonitoria de los tiempos presentes, cuando la escuela navega, como buque fantasma, por los procelosos mares de la indisciplina.
A juzgar por su trayectoria, Laporta compone el perfil que Josep Pla adjetivaba de «fatxenda» o «mil homes», especie bastante extendida entre los nuevos ricos barceloneses que el escritor ampurdanés detestaba. Desde hace un cuatrienio, el mandatario del Barça sigue aportando pruebas que confirmarían esa adscripción sociológica ignara de urbanidad. Entre los «momentos estelares» de la incivilidad laportiana tenemos el histérico «deshabillé» en el aeropuerto; una actitud retadora de quien se siente superior y cree que está permanentemente en su «llotja» del Camp Nou, entre sushi y canapés, mientras lanza improperios a quién le plazca porque él es «més que un president».
De nada sirve pasearse por la Unicef, marcarse danzas marroquíes y ser recibido en algún país con honores de ministro si uno no es capaz de respetar a las personas. Vestido de negro, color que, según el estilo de quien lo lleva, transmite elegancia o recuerda un personaje de «Promesas del Este», Laporta es de aquellos que te espetaba en el cole lo de «te espero en la calle». En la rúa ya la ha liado varias veces. Juanjo Castillo -hijo del histórico periodista deportivo- le calificó de «chulopiscinas de Castelledefels» tras un altercado (Laporta le agarró del cuello); la semana pasada, en la plaza Francesc Macià, el presidente barcelonista humilló a su chófer. Ante un grupo de atónitos viandantes, lo desplazó del volante y, cual especialista de película de José Antonio de la Loma, pisó el acelerador y se saltó el disco rojo con chirrido de neumáticos. Hay más episodios que confirman su poca conciencia respecto al club que representa y la imagen que está transmitiendo a la juventud: mezcolanza de altanería chulesca, independentismo de salón y arribismo social. Laporta encarna el abuso de poder que ha denunciado Albert Pujol, exdirector del museo del Barça y el vuelo rasante de la sociedad civil del país.
No sabemos si en el futuro se dedicará a esa política que acostumbra a mezclar con el fútbol. Volvería a ser un mal ejemplo. Otro más.
Sergi Doria
SPECTATOR IN BARCINO
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