Éramos una fila de cien personas al sol del mediodía, la cola de una lagartija con cabeza de euros, la proyección de lo que para la empresa Taurovent significa su clientela. Frente a las taquillas de Las Ventas los abonados esperábamos turno con treinta y algún grados en la azotea para renovar (o morir) y pagar religiosamente la sin par feria de Otoño. «Escríbelo mañana, escríbelo, Zabala», y aquí estamos, dispuestos a defender a los sufridores, que no digo lectores porque sería pretencioso, y uno, como Juan Manuel de Prada, no aspira a superar el número de cuatro lectoras, incluida mi madre.
La sociedad de Martínez-Uranga, Fidel San Román y Ramón Calderón prometió en su oferta modernidad, facilidades y comodidad -¡prometió tantas cosas!-, acabar en definitiva con una etapa anacrónica y obsoleta. Pero, dos años después, para no perder los abonos hay que ponerse en fila india, en una desierta explanada (normalmente en horario laboral, que los domingos de toros «no se renovarán abonos aunque en función de las necesidades de los abonados también podría renovarse en estos días»; no vale reírse), llueva, nieve o caiga el infierno a chorros, como ayer, entre los bronces (fundidos) de Antonio Bienvenida y El Yiyo.
En Valencia o en San Sebastián, por ejemplos prácticos, el abono lo domicilias en la cuenta bancaria y te lo envían a casa, como hace el Real Madrid, donde Calderón se ha debido de llevar la modernidad y los zepelines que traerían la sombra a los tendidos de la solanera. Alguien avistó a Kaká montando en globo. Qué chicharrera, qué sofoco, Ramón.
ZABALA DE LA SERNA