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Simón Wiesenthal, el «cazanazis», cierra los ojos para siempre

Nació con una vocación, la de arquitecto, pero la vida y la muerte le condenaron a una misión tras sobrevivir al Holocausto. Se hizo una promesa y la cumplió: llevó ante la Justicia a los criminales de la Segunda Guerra Mundial

Actualizado 21/09/2005 - 09:40:47
EPA  Simón Wiesenthal, en 1992, durante su visita a un cementerio judío asaltado por los neonazis en Eisenstadt (Austria)
EPA Simón Wiesenthal, en 1992, durante su visita a un cementerio judío asaltado por los neonazis en Eisenstadt (Austria)

JUAN CIERCO. CORRESPONSAL

JERUSALÉN. Ésta es la vida de un hombre muerto ayer en su modesta vivienda de Viena, a los 96 años, en la placidez del sueño, con la misión cumplida. Ésta es la vida de un hombre que siempre vivió con los ojos abiertos, a la caza de cualquier pista que le condujera ante algún criminal de guerra nazi, para mirarle de frente, recordarle lo que hizo, asegurarle que habrá olvido, reconocerle que no habrá nunca perdón.

Ésta es la vida de un hombre que se convirtió, por su tenacidad, su valentía, su compromiso con la Justicia, con mayúscula, que no con la venganza, en la conciencia del Holocausto, como le calificaban ayer desde los cuatro puntos cardinales del planeta los herederos de los 6 millones de judíos muertos en la Segunda Guerra Mundial.

Una vida truncada

Ésta es la vida de un hombre que también tuvo sus particulares sueños cuando era un niño en su Ucrania natal (vino al mundo el 31 de diciembre de 1908 en Buczucs, aldea del Imperio Austrohúngaro), cuando se convirtió en un adolescente en Lvov, ocupada años después por los alemanes.

Un hombre que quería casarse con Cyla, una imponente joven rubia de la que se enamoró muy joven y a la que logró conquistar. Que quería trabajar como arquitecto, lo hizo sólo unos años, formar una familia, criar a sus hijos dentro de la tradición judía, vivir como cualquier otro hombre en cualquier otra parte del mundo. No pudo hacerlo.

Ésta es la vida de un hombre que se convirtió en otro bien distinto, con una misión única en la vida, después de pasar por cinco campos de concentración nazis consecutivos, de perder a 89 miembros de su familia, de separarse de su mujer tres años gracias a ese pelo rubio que la hizo pasar por polaca, a unos papeles logrados in extremis que le salvaron a buen seguro la vida.

No buscó venganza

Un hombre tan flaco (pesaba sólo 45 kilogramos) que apenas se tenía en pie el día de su liberación por los americanos del campo de la muerte de Mauthausen (5 de mayo de 1945). Salió de allí con dos obsesiones: la primera, recuperar a su esposa. Lo logró muy pronto. La segunda: hacer justicia, que no vengarse; encontrar a los culpables y ejecutores del mayor crimen de la historia contra la Humanidad y llevarlos ante los tribunales.

Este hombre, tenaz, tozudo, con su particular y nada disimulado afán de protagonismo, se puso manos a la obra en su pequeño despacho del Centro de Documentación e Información Judío de Viena. Lo fundó en 1947. Cuando se jubiló, en 2003, contaba con una secretaria. No tenía ningún ordenador.

Pese a tan modestas condiciones de trabajo, este hombre de vida tan azarosa participó de manera directa en la captura de más de 1.100 criminales de guerra nazis, entre ellos algunos de sus más diabólicos cabezas de serie, como Adolf Eichmann (cazado en Argentina en 1960, secuestrado por agentes del Mossad que lo trasladaron a Israel, donde fue juzgado y ahorcado el 31 de mayo de 1962); o Karl Silberbauer, el policía austríaco que detuvo a la niña Anna Frank, condenándola a muerte en el campo de Bergen-Belsen; o a Franz Strangl, comandante del campo de la muerte de Treblinka.

La espina que no se pudo sacar

Ésta es la vida de un hombre que se murió con la losa de no haber podido captura al doctor Josef Mengele, el «Ángel de la muerte» de Auschwitz, pero que vivió todos los días de su existencia para los muertos, para su memoria, para hacerles justicia, para no condenarles al olvido, y lo hizo mucho antes de los libros de Wiesel o de las películas de Spielberg.

Ésta es la vida de un hombre que será enterrado con todos los honores el viernes en un Israel que le veneraba: Simón Wiesenthal, cazador de nazis, soldado de la justicia, detective, ojos, cara, oídos de 6 millones de judíos asesinados.
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