miércoles, 10 de febrero de 2010
Valoración:
CRÍTICA«Dos caballeros de Verona»Autor: William Shakespeare. Versión y dirección: Helena Pimenta. Escenografía: José Tomé y Pedro Galván. Iluminación: Miguel Ángel Camacho. Vestuario: Ana Garay
21-2-2008 03:28:55
CRÍTICA
«Dos caballeros de Verona»
Autor: William Shakespeare. Versión y dirección: Helena Pimenta. Escenografía: José Tomé y Pedro Galván. Iluminación: Miguel Ángel Camacho. Vestuario: Ana Garay. Coreografía: Nuria Castejón. Intérpretes: Gabriel Garbisu, Sergio Otegui, Miriam Montilla, Saturna Barrio, José Tomé, Jesús Berenguer, Jorge Basanta, Natalie Pinot, Jorge Muñoz y el perro Illun. Lugar: Teatro Fernán-Gómez (Centro Cultural de la Villa). Madrid.
JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN
Para celebrar su vigésimo cumpleaños, la compañía Ur Teatro regresa a Shakespeare, un territorio que ha frecuentado a conciencia y, generalmente, con buenos resultados. Bajo la batuta de Helena Pimenta, han elegido «Dos caballeros de Verona», una de las primera obras del Bardo de Stratford, que debió de escribirla en torno a 1590 inspirándose probablemente en una de las historias contenidas en la «Diana» del portugués Jorge de Montemayor o en alguna adaptación teatral de la misma. Una pieza que es de las menos apreciadas por la crítica erudita, que encuentra en ella elementos y anticipos de lo que el dramaturgo llegaría a ser, aunque no los suficientes como para dejar de despacharla como un trabajo menor con el defectuoso acabado de un boceto primerizo. Cierto es que la estructura y el desarrollo de esta comedia cojean de aquí y allá, y parece hecha con retales, pero también es verdad que tiene momentos muy divertidos y jeribeques argumentales atractivos.
En esencia, trata del pulso entre la amistad y el amor a través de la historia de dos amigos, Valentín y Proteo, que sucesivamente deben partir a Milán; el segundo no dudará en traicionar al primero para medrar en la corte y arrebatarle a su amada, aunque el traicionado, que el destino pone al frente de una partida de bandidos, terminará perdonándolo y hasta ofreciéndole su dama como prueba de afecto fraternal. Una ensalada farsesca que el desbordante Harold Bloom, tan atento lector de Shakespeare, sólo salva por una las criaturas secundarias, el criado Launce, aquí denominado Lanza, un tipo descacharrante, que rezuma humor marxiano y que, Bloom dixit, es una lástima que el autor desaprovechara en esta obra tan insuficiente. Los personajes femeninos son tratados con asaz desconsideración, por lo que Pimenta se toma la revancha cerrando la función traicionado al autor, aunque con un guiño ibseniano: las dos enamoradas abandonan la sala por el patio de butacas mientras suena un portazo.
El montaje de Ur traslada la acción a los años 20 del pasado siglo, lo que permite a los caballeros lucir esmoquin y a las damas traje de noche, amén de propiciar algún uniforme mussoliniano, y eso suele resultar vistoso; el diseño de producción es francamente elegante, con nota para el estupendo vestuario de Ana Garay, la excelente iluminación de Miguel Ángel Camacho y los animados números musicales, pero el conglomerado de elementos dispares ensamblados por Shakespeare se ha traducido en una puesta en escena discontinua, que da sensación de amontonamiento y desorden, como si el ritmo se hubiera confundido con la prisa. Algo que se extiende a la interpretación, muy irregular y con muy heterogénea dicción y prosodia: a veces parece que los actores actuaran en claves diferentes, salvando al formidable Lanza encarnado por José Tomé y al perro que lo acompaña en una escena, todo un ejemplo de sobriedad.

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